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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Espantada y mexicana en el espejo

En el melancólico y preciso poema “La noche que en el sur lo velaron”, Jorge Luis Borges incluyó estos versos resignados: “y somos desganados y argentinos en el espejo/ y el mate compartido mide horas vanas”. Es el retrato brevísimo de una actitud espiritual: apática, triste, enferma de impotencia, de derrotada conversación con la pava de mate en la mano. Siempre he pensado en las posibles variaciones mexicanas y suelen estar relacionadas con el miedo. Pocas veces como ahora.

Nunca he sabido bien a bien qué se espera de una persona que se asume como mexicana. Por supuesto daba por sentado que para ser una buena mexicana debía ser honrada, trabajadora, compasiva, tragona, sonriente (estos dos últimos adjetivos son parte de un pintoresquismo dañino) y hospitalaria. Que debía conocer nuestra historia y nuestras leyes, estar lista para contribuir con mi trabajo al bienestar común y no dar mordida. Pero supuse que este puñado de características era más bien universal.

Claro que tendría que haber crecido en Finlandia para no darme cuenta de que México es un país mestizo, racista y cruel, y que sus hijos, perdón por la cursilada, suelen asumirse españoles o indios, asunto ocioso si los hay, ya que todos somos mexicanos. El tener que escoger entre las dos herencias me parecía un ejercicio banal. Uno es no sólo la sangre, también el lugar donde crece. ¿Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo? En la preparatoria me asomé a El laberinto de la soledad y entendí que la identidad era un asunto arduo, pero me quedaba claro que todos somos fruto de las dos culturas. Separarlas es, como dijo en una ocasión muy linda una sobrina querida, como querer separar la arena de dos cubetas cuando ya ha sido mezclada.

Aclaro que los aztecas son sólo una de las naciones que habitaban este país y que si comer tacos de carnitas es “celebrar la caída de Tenochtitlán” prefiero la receta porcina a la original azteca, que en los días de fiesta era taco de persona. No todos somos descendientes de los aztecas y algunos tenemos derecho a espantarnos ante el tzompantli. A mí la sola imagen me hiela la sangre, como ya sé, ya sé, también me horroriza la idea de las espeluncas de la Inquisición. No es mi deber como mexicana pensar que Mictlantecuhtli es un dios lindísimo. Mi familia es de Michoacán y de Yucatán, y los purépechas no se llevaban bien con los aztecas. Eran enemigos. Yo soy chilanga, amo esta ciudad. Soy una revoltura, pues, como todos. No tiene nada que ver con mi ser una ciudadana consciente.

Nunca he creído que deba ser fanática, nacionalista, maniquea, bronca y macha. Por desgracia, en los días que corren, estos son los signos que muchos han escogido: o eres PRIAN o chairo; fifí o naco –detesto ese epíteto–; sociedad civil o morenista; sincero o maiceado; populista o monárquico.

Oigan, no. Hay millones de mexicanos que no somos fifís y tampoco nos asumimos como seguidores incondicionales de todas las decisiones que ha tomado este gobierno, sobre todo porque hay muchas que van contra la seguridad, la cultura, la salud, la educación, el ambiente, el empleo. Pero eso no nos convierte en enemigos del pueblo.

El día que escuché al presidente decir que la mayor parte de la sociedad civil es de derecha, me dieron ganas de salir corriendo a… a… no bueno, no hay dónde que no me reciban con un portazo, pero mi decepción tampoco me convirtió en prianista, como dicen en las redes sociales.

Ya no sé qué hacer: veo, por ejemplo, cómo pasan los peseros dejando tras de sí una estela negra que nos deja las anginas en carne viva, después de los días de emergencia ambiental que hemos pasado apenas. ¿Será posible plantearlo en este espacio? O, ¿me dirán que soy fifí porque no me gusta tener tos, lagañas negras y los cuellos de las camisas como si trabajara en salvamento arqueológico de la CDMX?

¿O tengo que ser autocensurada y triste en el espejo?

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