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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Chicuarotes de brocha gorda

 

Respecto de Chicuarotes (México, 2019), segundo largometraje de ficción del preponderantemente actor Gael García Bernal en calidad de realizador, antes que la ejecución fílmica en general y la dirección en particular, conviene enfocar la mirada en el argumento. Su autor, Augusto Mendoza, tomó un curso de guión en el Centro de Capacitación Cinematográfica y, según él mismo cuenta, de inmediato comenzó a escribir sketches para la primera temporada de un miasma televisivo, La familia p. Luche, donde colaboró por espacio de dos años, luego de los cuales siguió escribiendo para televisión. En materia cinematográfica, además del de Chicuarotes, Mendoza es autor de los guiones que sirvieron como base para El Santos contra la Tetona Mendoza (Alejandro Lozano, 2012), así como los dos largoficciones dirigidos por Diego Luna: Mr. Pig (2016) y Abel (2010).

Esta trayectoria profesional arroja buenas luces para diseccionar la naturaleza y características del guión de Chicuarotes: el primero de los filmes mencionados –El Santos contra…— no requirió la creación de personajes, que ya estaban más que establecidos muchos años antes, de modo que a Mendoza sólo le correspondió estructurar una trama, fallida por lo demás. Por su parte, la historia que se cuenta en el segundo adolece de autocomplacencia, inverosimilitud y cursilería: todo está orientado a la muerte sensiblera del protagonista. Es en el tercero donde Mendoza muestra más talento y sensibilidad: el simbólico parricidio, contado en clave agridulce, en el que Abel consiste, ironiza eficientemente en torno a los lugares comunes del melodrama mexicano clásico.

Será que la pluma se le llenó de peluche, pero el guionista parece haber olvidado sus mejores prendas en la construcción de Chicuarotes. Quizá sea porque se trata de un texto escrito al menos hace trece años, hacia 2006, es decir cuatro antes que el de Abel, por lo que cabe admitir tintes de novatez; empero, como causas de falencia suena más plausible la intervención, necesariamente dañosa, de un argumentista tan fallido trabajando en solitario como Carlos Cuarón –véase si no esa cosa horrenda llamada Besos de azúcar—, así como de Juan Elías Tovar, cuya experiencia parece limitarse a los guiones para una serie televisiva titulada Poncho Balón.

Sin embargo, Mendoza sostiene que la de Chicuarotes no es una historia que haya cambiado gran cosa, y más: que el guión es “muy, muy personal”. Eso demostraría, por un lado, que para lograr una historia eficiente cinematográficamente no basta con escribir desde las entrañas, pues por mucho que una ficción tenga como sustento la realidad experimentada en carne propia –y con mayor razón en tal caso—, resulta menester deshacerse de lo que un enorme poeta llamaba “la babosa emoción”.

Eso último es lo que no sucedió en Chicuarotes: los trazos tan de brocha gorda en un argumento traicionado en su sencillez y elementalidad –pareja de amigos buscan cambiar su situación precaria por medios punibles, con resultados catastróficos—, desembocaron en un tremendismo indisfrazable, como quiere el realizador del filme, de “tragedia griega”. No hay tal, sino una colección de situaciones dramáticas desbarrancadas a melodramáticas –es decir, de modo involuntario, pues si ese hubiera sido el propósito los resultados habrían sido muy distintos—; de nuevo no hay tal, salvo una o dos excepciones, sino una galería de personajes que de tanto que se quisieron arquetípicos acabaron en estereotípicos: el patiño tierno y solidario, el gay de clóset, el padre alcohólico y violento, la noviecita comparsa, el malo-sin-matices y, en conjunto, los lúmpen condenados al uroboro de su desgracia.

Una verdadera lástima, toda vez que se trate de San Gregorio Atlapulco, sitio de la ficción, o de Tulyehualco –de donde es oriundo el guionista—, la de Chicuarotes no necesariamente es una historia anacrónica ni tampoco, como quiere Unoqueotro, una que esté prohibido contar porque ya se ha contado antes y muchas veces.

 

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