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El tiempo histórico y el origen de la humanidad

Los seres humanos nos hemos encontrado, desde siempre, inquietos ante nuestra existencia. La ignorancia sobre las causas primeras, sobre la definición esencial del ser y los fines últimos, han producido los cuestionamientos más básicos y por ello, los más importantes.

Muchas culturas se han encargado de dar cauce al tiempo histórico y a los orígenes de la humanidad. Fundados en mitos de creación, el ser humano no apareció desnudo al comienzo de la historia, sino producto directo de una evolución que justifica el presente. En algunos casos es una línea descendente y en otras ascendente. En otros el tiempo es una gran helicoide en donde se regresa al origen, el eterno retorno de los ritos que renuevan los símbolos del primer comienzo. Tal y como somos hoy, es el resultado de experiencias de los dioses que realizaban ensayos de creación que, por alguna u otra razón, terminaban en catástrofes.

En los Trabajos y días, Hesíodo narra el mito de las edades. En la primera, la de oro, los dioses crearon a seres mortales que no conocieron el sufrimiento; eran tiempos de Crono. Gea los sepultó, pero Zeus los convirtió en démones, protectores de los hombres. La segunda edad fue la de plata, en la que los niños vivían con sus padres durante cien años (longevidad similar a la de los relatos bíblicos), pero llegada la adolescencia fueron violentos y no ofrecían sacrificios a los dioses, por ello Zeus los enterró. En la de bronce los hombres nacieron de los fresnos y fueron guerreros empuñando sus armas; su propia violencia los destruyó. Después vino la edad de los héroes y semidioses, más justa y mejor. Esta es la edad del período mítico de la Guerra de Troya y de Edipo.

La actual es la edad de la raza de hierro, la peor de todas. Los hombres nunca dejarán de sufrir fatigas y dolores. Despreciarán a sus padres tan pronto envejezcan, no se honrará al justo y al bueno, sino al malhechor y al violento. Esta raza también desaparecerá por Zeus, cuando nazcan con las sienes blancas. No existirá ninguna defensa contra el mal.

Para Hesíodo, como para Jorge Manrique en sus coplas, cualquier tiempo pasado fue mejor. En otras tradiciones los intentos de creación no demeritaban el resultado de lo creado, lo perfeccionaban. La Leyenda de los Soles de la tradición náhuatl narra la sucesión y los intentos en la creación del mundo, en donde Quetzalcóatl y Tezcatlipoca sucesivamente crearon los soles, que es la historia del universo. Los primeros cuatro soles fueron tigre, viento, lluvia y agua. Una vez destruidos, los hombres se convirtieron en gigantes, monos, pájaros y peces.

En El pueblo del Sol, Alfonso Caso considera que existen otras tradiciones en las que existe un sentido de progreso en los distintos ensayos que hacían los dioses. El orden sería de peces, aves, monos y gigantes. Es decir, una progresión hacia el perfeccionamiento. En esta última era ya se comía el teozintle, el antecedente directo del maíz. Para el azteca, dice Caso, “no todo tiempo pasado fue mejor; la edad de oro no hay que colocarla en el principio de las cosas, sino que son los dioses los que al ir ensayando sus múltiples creaciones lograron encontrar al fin la solución que los lleva a la creación de una humanidad perfecta y un alimento perfecto”. Es sería el quinto sol, creado en Teotihuacán, que terminará por un terremoto.

En el Popol Vuh hay igualmente una idea de progreso. Primero se crearon las aves y los venados, pero no podían elevar sus rezos al cielo. Después los hombres de barro y los de madera, pero no tenían corazón. Sólo cuando usaron al maíz para crear a los hombres, éstos pudieron alabar a los dioses. Se trata de un concepto que compartieron igualmente los mexicas en torno a la idea de macehual: merecimiento recíproco entre el ser creado y los dioses.

En una perspectiva netamente histórica y renacentista, en su Ciencia Nueva, Giambattista Vico se refiere a los cursos y recursos de la historia. Ahí la providencia rectora que vigila el orden de los ciclos del tiempo histórico. Existen para Vico tres naturalezas que son la edad divina o infantil, en donde predomina el salvajismo y se rige bajo sistemas teocráticos; la edad juvenil en la que prevalece el heroísmo y hay persistentes luchas de clases, y la edad senil, que corresponde a la verdadera humanidad, en donde reina la ley y la razón. Son cursos sucesivos en los que al final se vuelve al comienzo, es decir, el recurso.

Ya sea la creencia en mitos fundacionales o en el pensamiento ilustrado, el sentido del tiempo histórico y el origen de la humanidad es constante. ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? ¿En una dirección única que avanza o retrocede? ¿Somos acaso el mejor invento de los dioses? Quizás pronto vendrán de nuevo a enterrarnos, para crear un mejor grupo de humanos. En el curso histórico, lo único que permanece es la expresión de Galileo “y sin embargo, se mueve”.

 

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