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José Emilio Pacheco a los 80: la visita de las imágenes

José Emilio Pacheco se movía con propiedad en la poesía, en el ensayo, en el cuento, en el artículo de prensa, la novela o el teatro, pero lo hacía con más extrañeza en las arenas movedizas de la inmediata realidad. Sea esta lo que sea, si pensamos con Vladimir Nabokov que cada vez que mencionemos la palabreja “realidad” debería ir entre comillas. A lo mejor ser poeta sea una forma de entrecomillar lo que para otros es irrefutable.

Creo que unos versos de “José Luis Cuevas hace un autorretrato”: “aquí me miro ajeno/ me desdoblo/ para mirarme como miro a otro”, podría ser una divisa de su hacer poético. A lo mejor sea una forma suya de pintar con palabras, lo que los teóricos del ámbito académico llaman écfrasis,
que a lo mejor no sea otra cosa que aprender a pintar, a dibujar o esculpir con palabras. Pienso también en su poema “Malpaís” en el que sus palabras son paisajes rocosos, cantos rodados de parajes donde los cactus son como percheros del viento.

Intento atrapar imágenes, esquirlas de encuentros con José Emilio y me asaltan hechos sencillos y frases y gestos que, como en un poema suyo, afirman que “el día se devora”. El día, que sufre la autofagia del tiempo. La memoria es caprichosa y en mi caso filtra momentos sencillos pero de alguna manera luminosos.

Camino unas cuantas cuadras vespertinas con el poeta por el centro de la ciudad. En un pequeño café donde planeamos, o sería mejor decir planeo hacerle una entrevista, hemos visto una tarde ciclotímica: llovió, cayó granizo, salió un solecito hipócrita y sabanero y, de nuevo, a capricho, volvió a llover con entusiasmo. Nunca había oído una descripición más adusta y precisa del clima bogotano que la suya: “Qué clima más nervioso el de esta ciudad.”

Debo decir que tengo en mucha estima sus cuentos y sobre todo sus ensayos. Lo creo uno de los mejores ensayistas de su generación, si no el más. Pero también debo decir que admiro su obra hablada, esa manera de crear analogía y juntar lo injuntable.

Fue por un excelente ensayo que lo conocí antes de conocerlo personalmente, “Las brujas o las iluminadoras de la noche,” un suscitador escrito que me había conducido algunos años atrás a la lectura de La hechicera, el libro esclarecedor de Jules Michelet que traza un fresco ominoso de un tiempo del hombre que ahora, con acentos más claramente políticos y religiosos, pasó del supremacismo de la religión triunfante, de un capítulo de la vida del hombre que devino macartismo, a un índice contemporáneo de desobedientes, de nuevos herejes refractarios a la mansedumbre. Es el suyo un ensayo que esclarece la oscuridad y que hace pensar en un aserto de René Char: “La lucidez es la herida más cercana al sol.” Hay una afirmación de Pacheco que me impactó
por su síntesis histórica de la La hechicera: la idea de que la primera rebelión de la mujer no fue el derecho al sufragio sino la brujería.

Asistir a sus heréticos ejercicios de la memoria fue siempre para mí algo admirable. Lo digo sin sorna; nadie como Pacheco para saber y recordar pequeños datos anómalos y en apariencia inútiles, casi patafísicos de autores y libros.

Una mañana, en el restaurante de un hotel costarricense donde compartimos un desayuno largo en condumios y en tiempo, me preguntó qué estaba leyendo. Le mostré una antología de Hart Crane, ese poeta que se suicidó arrojándose al mar entrando al Golfo de México. Aprobó mi lectura y a la vez el pan del lugar y luego me contó algo que me resultó a todas luces paradójico: el padre de Crane fue, me dijo, el inventor del salvavidas. De regreso
a mi país, como un nuevo rico de ese exótico conocimiento disparatado, les conté a unos amigos acerca del suicidio del poeta, de su muerte por agua salobre, de la muy rara y dolorosa ironía de que su padre hubiera sido el inventor del salvavidas.

Muchos años después le conté a Pacheco, en un nuevo encuentro que tuvimos en Medellín, que alguna vez yo había exhibido como una medalla ese hecho de humor negro y casi surreal y que por supuesto había citado la fuente. Sonrió y me dijo que le apenaba que yo no hubiera entendido: que los salvavidas a los que se refería eran esos pequeños confites redondos y perforados en la mitad y que lo había hecho millonario, pues cada agujero del popular salvavidas le representaba un gran ahorro en azúcar.

Bien, quisiera aclarar que mi memoria de José Emilio Pacheco está hecha de esos pequeños asuntos que prodigaba, pero antes que nada de su inclaudicable pasión por un mundo del que compartía grandes y pequeños sucesos, claves de lectura, amores o disensos.

Su memoria prodigiosa entreveraba las sensaciones de asombro de sus primeras lecturas y el tono de la voz de su abuela que lo inició en ellas. Era como si a su avidez cultural le interesara todo, algo así como un gran fresco en el que pueden convivir sin permiso sor Juana o Nezahualcóyotl, el olor de un pan o sus conversaciones con una legión de autores colombianos a los que frecuentó en los libros y la amistad, dos instancias donde se encuentran muchos diálogos inquietantes y fecundos, como este que sigo teniendo en su memoria l

 

 

 

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