Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Cinexcusas
Por Luis Tovar

El triunfo de la sensibilidad

La frase que da título a estas líneas pertenece al maestro Jorge Ayala Blanco, es parte del texto que el maestro publicó el pasado 6 de julio en las páginas del suplemento cultural Confabulario y ha sido tomada porque, con esas cinco palabras, Ayala Blanco resume a la perfección la naturaleza, el significado y la relevancia de El peluquero romántico, sexto largometraje de ficción de ese cineasta inencasillable que siempre ha sido el zacatecano Iván Ávila Dueñas. Tan a la perfección lo consigue, que “el dominio romántico” ayalablanquiano es de esos textos que uno querría ser capaz de escribir y a los que bastaría citar in extenso, para no repetir (mal) lo que ya se dijo (tan bien).

Dice el maestro: “el dominio romántico [se entiende que el establecido en El peluquero…] toma partido contra cualquier comedia romántica de moda […] sobre cualquier complaciente desesperación irremediable”. El trueque sintáctico/semántico no sólo es obvio sino inevitable: quien toma partido es Iván Ávila Dueñas, y su gesto es encomiable si se toma en cuenta eso contra lo cual procede: la horda nauseabunda de filmes contemporáneos en los que lo “romántico” es permanente, deliberada y perniciosamente confundido con simplonería infinita, cursilería supina, memez rampante, lugarcomunés irremediable, clasismo craso y racismo ídem, entre muchas otras taras en que consiste la “complaciente desesperación irremediable” que se cita. Lo sabe Ayala Blanco y por supuesto, también Ávila Dueñas: la idea misma de romanticismo ha sido –y es y seguirá siendo— concienzudamente prostituida en manos del oportunismo genérico/temático de una cinematografía mexicana mayoritariamente incapaz de ahorrarse la regurgitación de sus propios e indigeridos bolos –y peor: de los ajenos–, mientras prosigan redituándoles ganancias monetarias.

 

Montale al cine

 

En alusión a Víctor, el peluquero protagonista del filme, habla el maestro Ayala de “su sensibilidad entre perdida y vulnerada”, y una vez más procede sustituir al sujeto de la acción, porque Víctor –interpretado con gran eficiencia por un Antonio Salinas pleno de contención y sobriedad– es, a un tiempo, todo lo siguiente: un personaje instalado en una época propia, marcadamente personal, que se intuye presente pero sin poder asegurarlo, en virtud de todo aquello que lo rodea, le gusta y le ocupa el día a día, y que bien puede corresponder a lo que sucedía diez, quince, veinte o más años atrás; un cine mexicano extraviado, si no es que periclitado sin remedio, y no sólo en términos cronológicos y estilísticos sino, sobre todo, espirituales; una banda sonora personal, en este caso bolerística, igualmente difícil de encontrar hoy día, salvo arrinconada en dos o tres estaciones de radio de poco alcance y menor audiencia; una capacidad de entender, avant la lettre, la importancia del hábito, la repetición y la costumbre, de rutinas y rituales, para la constitución de eso que suele llamarse “personalidad”, “estilo propio” y, por grandilocuente que pueda sonar, identidad e idiosincrasia; un manejo del tiempo muy distinto, hasta lo radical, a ése que signa la nueva colección de conceptos post, que como todos los del siglo pasado, el antepasado y cualquier otro, se quieren definitivos: postmodernidad, postverdad, postrealidad, etecé.

No: lo de Víctor –lo de Iván, pues–, consiste en una variante de la resistencia que no padece prácticamente ninguno de los malestares de la cultura actual, comenzando porque ni siquiera reclama para sí ningún título heroico, que ese nada menos sería el que corresponde a quien configura una historia por completo atípica, dueña absoluta de sí misma en términos narrativos y formales –hay que ver entre otros aspectos el montaje, de una delicadeza notable–, para desmarcarse de la degradación implícita en lo “perdido y vulnerado” a los que alude Ayala Blanco.

Este no es el cine que gana portadas farandulescas ni el que “recauda” enormes sumas monetarias; empero, comparte la definición de poesía que hace Montale: es absolutamente indispensable.

 

comentarios de blog provistos por Disqus