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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

En la ribera del río de la memoria

¿Dónde, si no es en la memoria, están aquellos actos y seres que nos formaron, los actos banales, sublimes o crueles de la existencia? ¿Dónde están la inocencia primera, los gestos iniciales del amor y los miedos superados? Este tópico, el ubi sunt de nuestras vidas, es una de las actividades primordiales de la mente humana: recordar y revivir lo que ha quedado en el pasado, modelarlo y añadirlo continuamente a ese caudal que somos: ríos fluyentes y memoriosos.

Este es el tema del libro de cuentos La memoria donde ardía, de Socorro Venegas. El título, elegido con deliberación por Venegas, es una glosa de un verso de Francisco de Quevedo que se refiere precisamente a la memoria fervorosa del escritor que busca restituir, devolver al mundo el ser que ha desaparecido por medio de la evocación amorosa: la memoria en donde ardía. El desafío de la muerte, de la ley severa quevediana por medio del lenguaje.

La memoria donde ardía es, pues, un libro sobre el pasado, el amor, la muerte y la ausencia. Con un lenguaje poético y preciso en el que cada adjetivo elude el lugar común, la autora traza un peregrinaje que va de las islas a los ámbitos urbanos con un ritmo mesurado y evocador. El hilo comienza a correr desde una habitación donde hay un póster con una pintura de Goya, a la caliente calle morelense; desde la selva cubana donde esperan tres parcas santeras listas para desenredarlo, hasta el desierto donde las niñas azules juegan con niños en lugar de jugar con muñecos; de hospitales públicos en Ciudad de México, a Real de Catorce. Los personajes esperan trenes, viajan en coches, languidecen en camas de enfermo, maduran en sueños. Este camino es un laberinto en el que Venegas ha dejado señales vibrantes como espejismos: los adultos están a merced de sus emociones, los niños son sabios y frágiles; la maternidad es un arduo aprendizaje que contrasta con el mito de la espontaneidad del amor maternal y la ruptura puede ser más nutricia que el amor.

Venegas también aborda la soledad que deja el parto. En estos cuentos, la madre no da a luz; el bebé mismo es la luz que al nacer deja un cuerpo en penumbra y sólo su risa podrá devolver la vida a una mujer que languidece porque se siente insubstancial debido a su ausencia.

El niño, y esta es una de las vetas más ricas de este libro generoso, es un pez que se mueve como una sombra plateada en agua sombría. El agua de un mar que parece negro por la arena oscura de su fondo. El pez del llanto, de la sangre, del sudor de los amantes que se encuentran bajo una luna amenazante. El agua como el líquido amniótico donde nada el bebé anclado al cuerpo de la madre por el cordón que lo alimenta, el “nadador infinito”, que en los ratos de quietud se convierte en una leve vibración. En estos relatos el cuerpo de la madre obedece a las leyes naturales y produce leche que se desperdiciará en otra forma del llanto. Los senos pesados en contraste con la levedad de la existencia del hijo.

También es un libro en el que se describen inusuales ritos de pasaje, en el que dos veces la inocencia termina con un sorbo de alcohol. En un cuento la niña bebe de la botella del padre y descubre en este acto de rebeldía una complicidad llena de ternura. En otro cuento el niño bebe acompañado por la madre y esa tarde en la que se beben dos cervezas comienza el fin de la niñez. Los niños en este libro son inocentes y sabios. Aunque estén cerca de la muerte: abandonados o enfermos, están vivos, vivísimos. Son seres aéreos que se arrojan de un columpio en pos del aire, van tras una gaviota o se elevan impulsados por un terremoto sobre la cama de un hospital.

Un libro donde el poder de la memoria se une a un lenguaje preciso y flexible para compensar con la dádiva de un recuerdo metamorfoseado a los equivocados, a los sobrevivientes, a los que descubrieron tardíamente el amor. Un libro, pues, para todos.

 

 

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