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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Francisco Icaza: Me quiero ir al mar

Viajar al mar fue su ilusión perenne. El rumor del océano reverbera en muchas de sus pinturas; fue su fuente de inspiración, su sueño y su paraíso interior. El pintor Francisco Icaza (1930-2014) siempre quería ir al mar. Así lo consignó en el título de una exposición que tuvo lugar en 1984 en la Galería Alternativa, donde presentó una serie de obras con este tema: Me quiero ir al mar. Treinta y cinco años más tarde, el curador Santiago Espinosa de los Monteros retoma ese título evocador para la exhibición de 145 piezas que se presenta actualmente y hasta el 8 de septiembre en el Museo del Palacio de Bellas Artes. El guión curatorial –en coautoría con Natalie Gama Pourdanay– muestra la diversidad de temas e investigaciones técnicas y estilísticas en las que Icaza incursionó a lo largo de su quehacer artístico. El resultado es sorprendente, porque saca a la luz a un creador que escapa a cualquier clasificación y cuya obra no había sido mostrada con anterioridad en su gran conjunto. Es, por lo tanto, una aportación importante si tenemos en cuenta que Icaza participó en algunos de los movimientos más significativos de su época, como el cine independiente, los interioristas, nueva presencia, Confrontación 66 y el Mural efímero, acción colectiva que se llevó a cabo en la explanada de la UNAM a raíz del movimiento estudiantil del '68, cuyo registro filmado por Raúl Kamffer se presenta en una copia recién restaurada ex profeso para la muestra. También se exhibe por primera vez fuera de su contexto el mural La farándula, realizado en 1959 para el teatro del extinto Casino de la Selva en Cuernavaca, Morelos, una extraordinaria pintura en formato de media luna que rinde homenaje a Bertolt Brecht con alegorías al universo del teatro. Tuve el privilegio de recorrer esta exposición acompañada por Santiago Espinosa, cuyo sensible conocimiento del trabajo de Icaza me introdujo a su vida y obra.

Francisco Icaza fue un artista muy activo y prolífico; no obstante, su trabajo no gozó en su momento de la atención y valoración merecidas. “Nunca bajó el ritmo de trabajo –comenta el curador–; en unas temporadas trabajaba más que en otras, pero cuando no pintaba, viajaba y leía. Su prioridad fue crear dando rienda suelta a su sensibilidad sin importarle el éxito comercial. Por eso se pudo dar el lujo de pasar por muchos momentos distintos, de la abstracción a la neofiguración, haciendo homenajes a artistas tan diversos como Leonora Carrington, Pedro Friedeberg, José Clemente Orozco, las historietas de Jodorowsky, James Ensor, entre otros.”

La exposición da inicio con un poético video animado realizado por el equipo del museo donde vemos al pintor plasmado a partir de uno de sus autorretratos, alternando con algunos de los más significativos elementos de su iconografía pictórica: el mar y los pájaros. El mar, su paraíso sensorial; las aves, una especie de alter ego que simboliza la inteligencia y la libertad. El guión curatorial consta de tres núcleos temáticos: Memorabilia presenta el bagaje fundacional del artista y su interés en los retratos y autorretratos. Conforme el espectador recorre los siguientes grupos temáticos, se va adentrando en un universo de simbologías unas veces poéticas, otras crípticas. El humor es una constante que va y viene, el erotismo desbordante es tratado con elegancia y finura extremas, sus memorias de viajes por el Medio Oriente inundan de exotismo sus atmósferas misteriosas; la escritura siempre está presente y las aves cruzan con libertad absoluta los lienzos como cielos abiertos; el mar, siempre el mar, es el hilo conductor de su vida y de su obra, como se percibe en el núcleo Pájaros y figuras. Dentro de su Obra última, conmueve un cuadro que dejó inacabado y que aparece como punto final de la exposición: vemos el océano embravecido, vehemente, que explota en pasión y coraje. Fue quizás la manera en la que Icaza quiso decir adiós. Es ahí donde dejó su último suspiro: en su evocación del mar.

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