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Humanismo (y ecumenismo) para todos
"Cartilla moral", Alfonso Reyes, (Edición y prólogo de Javier Garciadiego), El Colegio Nacional, México, 2019.
Por Alejandra Atala

La duda ante la belleza no cabe cuando de actos amorosos se trata. Bien decía Argüelles que decía Garibay que decía que Luis Rius decía que “no se puede vivir como si la belleza no existiera”, y creo que es una sentencia que no requiere de la ciencia o de la especulación para ser comprobada. La belleza es o no es; este opúsculo nos la muestra y lo confirma, primero, por el tiempo, la entrega, el respeto de Garciadiego para elaborar las setenta páginas que preceden a la Cartilla moral y después, por el resultado tan valioso como agradecible tendido sobre la fluidez narrativa, la elocuente articulación y la cronología de los hechos, en momentos tejida con las múltiples y misceláneas voces de los lectores de este polémico texto, que dieron historia a esta obra alfonsina. Dada la fina urdimbre de esta edición, queda claro que el camino del conocimiento es el amor y andarlo es un acto amoroso.

Trece son las ediciones, contada ésta de El Colegio Nacional –la más reciente que ha tenido la Cartilla moral, de Reyes– y doce son las brevísimas lecciones con dos resúmenes en las que se tendió la lúcida pedagogía del autor regiomontano para aportar algunos de los códigos que van bordando la moral. Dice la autora francesa de El amante, Marguerite Duras, en su ensayo “Escribir” que “todo libro es inocente”. Este opúsculo y su caminar por el tiempo es un ejemplo de ello, primero y antes que nada, frágil e inerme ante el desconcertante silencio de Jaime Torres Bodet, que en 1944 estaba al frente de la Secretaría de Educación Pública y quien dio la encomienda a Reyes para su escritura, con la pretensión de acompañar la Cartilla alfabética. Parece que ese silencio rotundo y manifiesto espetado al rostro del autor, traía consigo un designio que fue tornándose en indiferencia a la Cartilla ya escrita y luego en sucesivos rechazos revestidos con argumentos anodinos.

Qué susto –¿o disgusto– les dio, primero y posiblemente, al mismo Manuel Ávila Camacho, por el comentario que Reyes le hace a Torres Bodet acerca de su mención en la obra, y años más tarde, en 1992, a los dirigentes del SNTE con la aparición de los setecientos mil ejemplares de un manual que tenía que ver con la ética y el civismo, rechazado por “moralista, anacrónico y fuera de contexto”. Sin embargo, en el alma, en el pensamiento, no existe el tiempo; de ahí que no considero, por su pertinencia y vigencia, que esta Cartilla, como se ha dicho en este y en aquel medio, sea anacrónica. Si así fuera, tendríamos que determinar anacrónicos todos los libros escritos unos cuantos años atrás y de ahí, por marcar una fecha, hasta Aristóteles, Sócrates, Platón y la misma Diótima de Mantinea.

De ética, de moral, de civismo, de educación, pero sobre todo de humanismo se trata la Cartilla moral, de Reyes, de tradición judeocristiana, sí, pues es la cultura a la que inevitablemente pertenecemos. Es una guía sencilla y refinada que lleva de la mano al educando hacia los veneros de la buena convivencia, dejando caer con suma elegancia la piedra al agua de la conciencia y que en su choque con la superficie blanda irá generando las ondas, como esos círculos concéntricos de los “respetos” en los que Reyes asienta una tangible estructura a los actos y sus repercusiones o consecuencias, partiendo de la persona hacia sí misma, pasando por la familia, la sociedad, la patria y la nación hasta llegar al Cosmos.

Nada es fortuito. La Historia va haciendo su bordado, esa historia con mayúscula inicial de la que habla León Tólstoi en Guerra y paz a modo de disertación filosófica: “La Historia, es decir, la vida inconsciente, la vida común, la del enjambre de la Humanidad, se aprovecha de cada momento de la existencia (de cada uno) de los reyes como de un arma para conseguir sus propios fines.”

Así pues, queda claro que la Historia con mayúscula también ha hecho de la suyas con la Cartilla moral, de Reyes, para traerla hoy a nuestras manos, a nuestros ojos y a nuestro criterio.

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