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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

La vigencia crítica de Christine Nöstingler

Comentaba en la entrega anterior que Konrad, el niño que salió de una lata de conservas, de Christine Nöstingler (1938-2018), dirigida por Andrea Salmerón, que en la escenografía propuesta por Tania Rodríguez está una de las claves de esta obra, porque desde el plano plástico y en el vestuario elaborado por Jerildy Bosch, colocando en sus hechuras las desmesuras humorísticas de la comedia, se ha puesto el primer impacto que se recibe al entrar en la sala, la invitación al juego y al sueño.

Lo que han hecho por el texto esta dupla de artistas plásticas es ofrecer un mundo cuyo horizonte se ha desarticulado y su arquitectura se ha liberado del poder que poseen los ángulos de noventa grados, para descomponer en sugerentes esbozos de paralelepípedos los muros, las ventanas y las líneas de un horizonte que cubre la casa de Berti Bartiolotti (interpretada con excelencia y delirio por Olga González), quien será la madre adoptiva de Konrad (en la línea actoral desbordante de imaginación corporal/gestual de Meraqui Pradis, quien, a decir de Andrea Salmerón, tuvo que abstenerse de salir a convivir con el público infantil para no tener que enfrentarse a la dura realidad de que ese Konrad de la escena es en realidad una actriz adulta).

Me resistí a dejar en sólo una entrega el comentario de una obra que forma parte de un contexto que desborda esta puesta rigurosa, rara avis en el teatro infantil mexicano, de creciente calidad y rigor, pero que todavía dista de ser una oferta competitiva, honesta y de calidad en la cartelera de fin de semana.

Insisto: quise ampliar el comentario porque si bien la versión de Paulina Barros Reyes Retana (con un nombre tan largo como el de la obra) es suficiente para quedarnos con esta pieza de Nöstingler, me parecía necesario subrayar que la obra de esta escritora austríaca o, más bien, de lengua alemana, más allá de la historicidad que enmarca la literatura en esa lengua, ha escrito una obra innolvidable que ahora, a un año de su muerte, entrará en los litigios editoriales correspondientes, encareciéndola o ocultándola de las librerías (sobre todo) de viejo.

La historia de Konrad es de una vigencia que Nöstingler intuyó en 1975, publicada en 1977 y está actualizada para nuestra cotidianidad consumista: las compras por internet, la visibilización y el reconocimiento de las mujeres que logran criar solas a sus hijos sin la literalidad de la imagen masculina en sus hogares, que hace visible también el tema de la adopción, que relativiza la idea hermosa pero esclerotizante del psicoanalista inglés Donald Winnicott, sobre la madre suficientemente buena, y trabaja con humor y esmero la sexualidad de una mujer capaz de sostener una relación romántica y erótica (fuera de la conyugalidad) de “dos veces por semana” con un hombre, Egón (Pedro Mira le da una vida enorme con gran creatividad corporal y gestualidad a su personaje), que también aguarda con lealtad el día de sus encuentros que derivarán en esa creación que es la parentalidad.

Berti Bartolotti es una mujer compulsiva de las compras electrónicas en línea. No recuerda haber pedido un niño educado y dentro de una lata, que llega un día, cerrada, y le produce una ansiedad enorme el enigma enlatado: nada menos que un niño robot, bien portado, pseudo maduro y con una rigidez que tal vez sea posible si se incorpora en un chip la Cartilla moral que impulsa la 4T.

Bautiza, es un decir, nombra Konrad a su nuevo y único hijo y, junto a su novio, el farmacéutico Egón, “buscarán la manera de formar una familia imperfecta para el perfecto de Konrad” quien logrará descomponerse y finalmente ser rechazado por la fábrica de autómatas, la cual, cuando descubre su error, va a reclamarlo inútilmente pues Konrad ha encontrado que entre otras cosas el amor, y el descubrimiento de los otros, nos echa a perder hasta fundirnos en el reconocimiento auténtico de la colectividad que somos, que nos habita y habitamos.

Se presenta sábados y domingos en el Teatro Helénico, a las 13:00 horas.

 

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