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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Me temo que no es así

Una de las razones por las que voté por Andrés Manuel López Obrador fue la idea de que cuando llegara a la Presidencia, la educación se convertiría en una prioridad. Me imaginé que el presidente velaría por la UNAM y por aumentar el número de plazas; que por sus instrucciones se remozarían las instalaciones de todas las escuelas públicas del país y se profesionalizaría el personal de las bibliotecas. Que los científicos podrían entregarse como posesos a la investigación y que la docencia podría ejercerse como si estuviéramos en Finlandia, es decir, sin necesidad de morderse las uñas cada quincena.

Supuse que el FCE operaría con más recursos y sin recortes. Me dije que la literatura infantil tendría, por fuerza, que convertirse en un rubro favorecido para que todos los niños pudieran acceder a ella. Que aumentaría el número de coediciones entre las empresas privadas y las editoriales estatales.

Después de todo, uno de los lemas de la campaña era “becarios, no sicarios” y a la gente se le dan becas para que estudie y para que estudien son necesarios las escuelas, los libros y las bibliotecas. Y los escritores, claro.

Zaz. Cuando AMLO llegó a la Presidencia me di cuenta de que los escritores que le simpatizan se pueden contar con los dedos de una mano. Son como cinco: están a su lado, ocupan puestos de responsabilidad. No sé si los lee, tampoco sé si a ellos eso les importa: están juntos en un proyecto político que considera la cultura no originaria un asunto de élite.

Por esta razón los escritores que no están cerca del gobierno, ya sean de derecha, izquierda, arriba o abajo, están en la mira. El presidente cree que somos un gremio prescindible y levantisco. Como consecuencia y gracias a las “benditas redes sociales” todos aquellos que no escriben de forma profesional, es decir la mayoría de las personas que twittean sin parar, han podido externar sus vociferantes opiniones sobre poetas, críticos, novelistas, periodistas y guionistas. Todas las instancias culturales han sido castigadas, se ha despedido a los trabajadores de confianza y a los que se quedan se les ha bajado el sueldo aunque ganen poco. El despido, ese espectro con el que nos espantamos los mexicanos, ronda los pasillos como un vaho apestoso.

Los escritores agredidos son de izquierda y derecha, de todos los matices ideológicos imaginables. La mayoría, sin embargo, tiene dos denominadores en común: haber manifestado su opinión o ser miembros del Sistema Nacional de Creadores de Arte. A veces, las dos cosas al mismo tiempo, oh pecadores.

Y como en este país muchas cosas se ventilan en las redes sociales, he podido leer un montón de locuras. La insinuación de que los escritores son ricos, por ejemplo. Una señorita que participaba fogosamente en un auto de fe twittero en contra de los becarios del Fonca, atizaba la lumbre exigiendo que se disolviera el sistema de becas “porque los escritores tienen regalías”. Y sí tenemos regalías. Casi todos ganamos entre el ocho por ciento y el quince por ciento del precio de tapa. Es decir, si mi libro cuesta 100 pesos, a mí la editorial me pagará, una vez al año, 8 pesos por ejemplar vendido. Esto, en uno de los países del mundo donde menos se lee.

Dos: los escritores no ejercen su oficio como si fuera un hobby. Un señor se quejaba de los poetas aconsejándoles que se pusieran a trabajar en algo verdadero. Escribir poesía es un trabajo; me parece un escándalo tener que explicar algo tan obvio.

Tres: el arte será comprometido o no será. Pues la mejor forma de hacer arte es comprometiéndose con el arte mismo. Las novelas de José Revueltas no serían las obras grandiosas que son si Revueltas hubiera obedecido otra conciencia que no fuera la suya.

Tengo la sensación horrible de haber ido a una fiesta, con regalo y mi mejor vestido para celebrar una ocasión feliz. Y pum, de pronto el celebrado tomó el palo de la piñata y nos dio a mi gremio y a mí. Horrible.

 

 

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