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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

IA- Inspiración Artificial

Se viene la internet de las Cosas, IOT por sus siglas en inglés (Internet of Things). Esta será posible gracias a la red 5G que han comenzado a probar las principales compañías de telecomunicaciones en países cuyo mercado es clave (como México). La primera de las cinco vías fue la telefónica. La segunda incluyó mensajes de texto. La tercera, la 3G, aceptó internet. La cuarta, alta velocidad. Ahora con la quinta carretera –operativamente estable en unos tres o cinco años más– se evitará la llamada latencia (la relación acción-reacción entre comandos de larga distancia) y, sí, aumentará de nuevo la velocidad de datos. La meta es que objetos de uso cotidiano (su refrigerador) o altamente especializados (un robot médico), interconectados por medios sobre todo inalámbricos, respondan rápida y eficazmente a indicaciones lejanas generadas por ordenadores, teléfonos y dispositivos inteligentes. Esto suena, más que esperanzador, inevitable.

No lo señalamos para quejarnos con melancolía pensando en tiempos analógicos. Sólo deseamos cuestionar algo que en la creación artística se ha replanteado cada vez más, desatendiendo la veta humanista que debería animarla por definición y naturaleza: la suplantación de la inspiración por la eficacia de una “inteligencia” no humana, creativa pero ajena al mundo sentimental. ¿Su origen? Hay miedo de quedarse atrás, tal como pasa a quienes envejecen sufridamente luchando contra las mutaciones de su aspecto. Las nuevas tecnologías representan la “juventud” del ser social. Todos quieren probar sus mieles invisibles, sus firmes y pequeños circuitos, su esbelta promesa de felicidad mientras millones de trabajos antes ejecutados por personas quedan a cargo de “inteligencias” menos exigentes y problemáticas. ¿A dónde vamos con esto?

Alondra de la Parra dirigió la Octava Sinfonía de Schubert –la llamada Inconclusa– en la sala Roberto Cantoral, este mismo año. No. No fuimos a verla. Nos enteramos tarde… y de cualquier forma no hubiéramos asistido. Dicha sinfonía fue “completada” por un algoritmo originado por el smartphone insignia de Huawei, Mate Pro 20, junto al compositor Luca Cantor. Y no. No nos damos golpes de pecho y no, no es como cuando la famosa computadora Deep Blue de IBM le ganó al ajedrecista Garry Kaspárov en Nueva York. Hablamos de inteligencia artificial que se autoconstruye.

Antes de morir a los treinta y un años de edad, el gran Franz Schubert abandonó la pieza en cuestión sin terminar los últimos dos movimientos de cuatro totales. Durante décadas se interpretó de esa manera, lo que nos parece lógico y respetable. ¿Se imagina que un software siguiera escribiendo una novela inconclusa de Cervantes o Shakespeare? Hay morbos que no merecen la pena. ¡Son tantas las obras humanas esperando nuestro descubrimiento! No nos parece atractivo que se “restaure” una composición musical como si se tratara de un muro egipcio, gigante y pesado, necesitado de reconstruirse con vacíos de cemento sin jeroglíficos para mostrar algo de su grandiosidad.

¿Lleva mucho tiempo gestándose esta posibilidad? Lo sabemos. ¿Los resultados de este y otros experimentos son gratos al oído? Por supuesto. ¿Se pueden establecer parámetros a partir de escalas, métricas, dotaciones, tímbricas y estilos para que algoritmos arrojen “ideas” sin detenerse, sin la obstrucción del cansancio? No hay duda. ¿Cuál es el problema entonces? Que a la miríada de obreros y profesionistas que dejarán su espacio a un robot se añadirán compositores innecesarios a un sistema que, tecleando un par de minutos, obtendrá la música para programas, series, películas, publicidad y radio, sin volver a pagar derechos de autor.

Así, de aceptar, popularizar y estandarizar este procedimiento quitaremos el ingrediente más importante del arte; la música carecerá de una verdad sustancial: la conciencia del Tiempo que corre y puede ser vestido, manipulado, transformado por quienes pastorean los días en las colinas de la muerte, evaluando su paso por la Tierra. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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