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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Los cineastas que vos matáis…

 

Los pasados miércoles 31 de julio y jueves 1 de agosto, en la Cineteca Nacional fue proyectada María de mi corazón (1979), de Jaime Humberto Hermosillo. Asimismo, ideado y coordinado por el cineasta Juan Antonio de la Riva, acaba de dar inicio el ciclo de conversaciones denominado “Recordando a nuestros cineastas”, que se realizará todos los jueves de este mes, a las 18:00 horas. Los filmes elegidos son Para servir a usted (1971), de José Estrada; El principio (1973), de Gonzalo Martínez Ortega; Retrato de una mujer casada (1982), de Alberto Bojórquez; Estas ruinas que ves (1979), de Julián Pastor, y finalmente El rincón de las vírgenes (1972), de Alberto Isaac.

Prolongación del ciclo previo, “Conversando con nuestros cineastas” –cuyo propósito obvio fue que el público pudiera charlar en directo con el autor de lo que se acabara de ver–, “Recordando a…” busca colaborar en el llenado de uno de los huecos más grandes en la cultura cinematográfica nacional colectiva, como se desprende al ver qué cineastas y de qué época fueron seleccionados: no se trata de los mejor conocidos Arturo Ripstein, Jorge Fons y Felipe Cazals, por mencionar a la tríada setentera insoslayable, sino de algunos de aquellos otros que, más a la callada, dieron cuerpo y sustancia a una cinematografía cuya riqueza y diversidad ha sido obviada de manera absurda, en parte debido a la permanencia mantenida por los “tres grandes” –eso sí, con sus respectivos altibajos, algunos marcadísimos–,así como al hecho de que sus carreras terminaron siendo muchísimo más luengas que las de sus colegas, relegados a un olvido muy injusto , del cual este ciclo quiere rescatarlos, así sea mínimamente, y aunque no forma parte de “Recordando a…”, al respecto bien puede incluirse al autor de María de mi corazón.

 

gozan de cabal salud

 

La filmografía de Estrada, Martínez Ortega, Bojórquez, Pastor e Isaac –fallecidos todos, por cierto–, es algo así como un misterio inexplorado para el público cinéfilo mexicano contemporáneo, hecho que tiene clara explicación en la ingente inopia cinematográfica padecida por cualquiera que voluntariamente se someta a la frecuente, consistente y poco menos que exclusiva exposición a un solo tipo de cine, en este caso, al que semana tras semana es ofrecido por la cartelera comercial, compuesta –como bien se sabe– por una porción más que leonina de cine estadunidense frívolo, superficial, deleznable y perfectamente olvidable, cosa que suele suceder tan pronto se abandona la sala de proyección.

Es explicable, aunque por supuesto no sea positivo, que el asistente promedio al cine desconozca una etapa entera –en realidad más de una– de la cinematografía de su propio país, pero lo que no es ni positivo ni explicable y, en opinión de este juntapalabras, tampoco perdonable, es que ese cine, esa época, esos realizadores, también le resulten desconocidos, y casi en términos absolutos, a quienes se dedican en este país a la generación de discursos que se quieren o pretenden críticos.

Ignorarlo prácticamente todo acerca de la filmografía nacional de las décadas que corren, grosso modo, entre 1960 y 1990, como se deduce fácilmente al leer o escuchar a un número demasiado grande de quienes se dedican a la crítica cinematográfica –o dicen que eso hacen, cuando en realidad se quedan en meros comentadores o, peor, recomendadores de estrenos–, es tanto como confesar, involuntariamente, que se desconoce por completo ese período histórico-cultural sin el que, por supuesto, las claves y las pulsiones temáticas, formales, conceptuales, psicológicas, etcétera, del cine realizado ulteriormente, parecieran surgidas de la nada, creadas por generación espontánea, sin asideros de ningún tipo, lo cual por supuesto es perfectamente falso.

Podrían hacer la tarea en casa, pero a más de un asistente al Salón de la Crítica recientemente celebrado en Guanajuato le vendría de maravilla apersonarse los jueves del mes de agosto en la Cineteca Nacional.

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