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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

 

A propósito de “La mujer ” de Juan Bosch

 

 

 

No es extraño que cuando un joven escribe su primer cuento y lo felicitan, o le hacen observaciones, se sienta inclinado a indagar más sobre lo que es la escritura de ficción. Habrá los que a las primeras de cambio se den por vencidos y olviden el “incidente” o esa “perversa debilidad”. También habrá los que de veras atraídos o con verdadera vocación de escritor, perseveren en el ejercicio y, cediendo a la pregunta de qué hacen los escritores serios, profesionales, se metan a indagar los “secretos de la cocina” de esos autores.

Hace décadas se enfatizaba el papel de la inspiración en el proceso creativo; posteriormente se privilegió la idea del oficio y la técnica como indispensables. No obstante, ya desde el siglo XIX autores como Poe resaltaban que el arte de la escritura no era sólo cosa de inspiración. Este autor, admirado por todos los cuentistas, creo, escribió su Filosofía de la composición y Cuentos contados dos veces, en los que expone que en todo proceso creativo nada queda al azar ni se reduce a la inspiración. El joven quedará convencido de eso y más adelante, posiblemente, se tope con el “Decálogo del perfecto cuentista”, de Horacio Quiroga, o los apuntes sobre la técnica del cuento de Chéjov que, a su manera, reforzarán los planteamientos de Poe, y escribirá siguiendo sus consejos, y posiblemente complique un poco su textos cuando encuentre a Piglia con su tesis de que todo cuento son dos, uno que se ve y otro que está atrás, y el que no se ve es el más importante, el verdadero cuento; de ahí que aferrándose a dichos expertos, actúe como el Chapulín Colorado, y todos sus cuentos estarán fríamente calculados.

Tal vez el compendio al respecto más completo sea Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, del extraordinario narrador dominicano Juan Bosch, quien alrededor de 1958 escribió este ensayo por encargo del también emblemático narrador Miguel Otero Silva. Bosch había publicado aproximadamente en 1932 su cuento “La mujer”, que él mismo dice es el más antologado de todos los que escribió —que no fueron pocos, y tampoco son pocos los de factura excepcional. Sus Apuntes sobre el arte de escribir cuentos se publicó en el diario El Nacional, de Caracas, en 1958, y posteriormente, en 1985, en Santo Domingo. El texto es ampliamente recomendable para los cuentistas, maduros o principiantes.

En esta ocasión no es este ensayo como tal lo que me interesa, sino la introducción explicativa que le añadió veintisiete años más tarde, en la edición de 1985, porque si sus cuentos parecen obedecer a la idea de que el cuento debe estar fríamente calculado desde la primera línea (lo que implica soslayar el papel de la inspiración, las musas y similares), en esta introducción nos informa cómo nació “La mujer”, uno de los cuentos más rigurosos que conozco. Bosch dice que el cuento lo escribió a fines de 1932 y “tiene una historia que se puede contar sin caer en subjetividades, y una causa que no puede explicarse de manera objetiva.”

Al parecer, cierto día de noviembre de 1932, Bosch se sentó frente a su máquina de escribir para escribirle una carta a un amigo. Puso la fecha, luego el nombre de la persona a la que iba dirigida y después de mi “querido amigo” siguió escribiendo pero el tono epistolar se perdió de inmediato. Y a pesar de ello siguió escribiendo con pasión, de manera incontrolable, muy rápido hasta el final, y de aquel impulso resultó “La mujer”, cuento al que, dice, no tuvo que corregirle nada, ni siquiera la puntuación. Parecía haber nacido de la erupción de un volcán que en lugar de lava arrojó palabras, sentimientos, impresiones.

Convencido de una cuentística obediente del rigor y propósito definido, durante mucho tiempo se preguntó qué había sucedido. No lo convencían las ideas de inspiración, musas o similares; sin embargo, aquel cuento tan perfecto había “brotado” solito, surgido de una especie de trance hipnótico. Años después encontró la explicación: aquel relato había sido producto de las impresiones que recibió cuando viajaba con su padre por una región semidesértica. Aun cuando esa rememoración se había presentado, no excluía ni el rigor ni la objetividad características de sus cuentos.

 

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