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La poesía que viene del norte
'Ciudad negra, antología de poesía de Ciudad Juárez (1980-2013)', Jorge Humberto Chávez (antologador), Bonobos, México, 2018.
Por José María Espinasa

Jorge Humberto Chávez es un caso sorprendente en la poesía mexicana. Es la cabeza más visible de un movimiento literario surgido en Ciudad Juárez hace treinta años. Tal vez sea el verdadero objeto, aunque no estaba entonces tal vez ni en el horizonte, de ese mirar al norte del país de las narraciones de Roberto Bolaño. Chávez ganó hace unos cinco años el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar, pero debes saber que ya no hay río ni llanto. Se trata de un libro desigual, pero con algunos de los mejores poemas de los últimos tiempos escritos en nuestro país. No fue su primer libro y entre un público minoritario era ya conocida su calidad de poeta.

Jorge Humberto Chávez ha desarrollado también una importante labor como difusor de la poesía a través de los festivales que ha dirigido en su natal Ciudad Juárez o en San Luis Potosí. A medio camino entre y una y otra labor ahora aparece un peculiar libro, Ciudad negra, antología de poesía de Ciudad Juárez (1980-2013), que se había vuelto ya necesario tener. Las antologías cuya unidad está dictada por la geografía suelen ser proyectos que naufragan en la voluntad de afirmación local y se ven lastrados por el provincianismo. ¿Alguien se acuerda de aquella serie de antologías por estado que se publicaron por regiones hace como unos veinte años?

Hay ciudades con un lugar en nuestra tradición literaria, regiones que cambiaron nuestro derrotero literario en el siglo pasado –Chiapas, Veracruz, Jalisco– y también han ocurrido movimientos vinculados a ciudades. Un antecedente directo del que retrata Ciudad negra son la Guadalajara de los años setenta y la Tijuana de los ochenta. La condición localizada en este caso, en una ciudad paradigma de la violencia, el sexismo y el narcotráfico, le otorga al hecho casi una condición de milagro –el escribir poesía después de Auschwitz, de Adorno, puede ser transformado en escribir poesía en Ciudad Juárez– y muestra cómo en la literatura su historia y evolución está muy ligada a la actividad de las personas, de los individuos. En este caso al escritor potosino David Ojeda, quien hace ya casi cuarenta años daría un taller literario en la ciudad fronteriza.

De allí han surgido varias voces que hoy son imprescindibles, incluso más allá de la del antólogo. Por ejemplo, la de su hermano, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, de quien su poesía reunida apareció editada por la Universidad Veracruzana. Afectado por una grave enfermedad, ahora ha modificado su escritura hacia la novela. Poesía con ácido sentido del humor y un verso mucho más conciso y directo que el de su hermano, Miguel Ángel basa su estética en una comunicación directa con el lector, apoyada en sobreentendidos emotivos y crueles parodias de sí mismo en un contexto asolado por la pobreza y el machismo, el desgobierno y la corrupción.

De la misma edad –ambos nacidos en 1962– es Joaquín Cosío, poeta que se ha vuelto célebre como actor del cine mexicano, gracias a su interpretación de El Cochiloco en El infierno (Luis Estrada). La sombra del estrellato cinematográfico se refleja en recitales abarrotados. Desparpajo, oído para la expresión popular y alta intensidad lírica caracterizan una escritura que también se alimenta, como la Jorge Humberto, de referencias cultas y la música de rock. Esta última, y en general toda la cultura gabacha, forma una urdimbre que permite identificarlos en un paisaje generacional. Ninguno de los poetas, salvo tal vez Jesús Gardea, de quien nos ocuparemos al final, niega esa condición fronteriza. Cosío, sin embargo, no ha querido explotar en su poesía la condición de actor icono de una estética de la frontera con la convicción de que suele construirse en peligrosa proximidad con el estereotipo. La Ciudad Negra de este libro, como La ciudad del pecado del cómic y la película, puede perder su negrura en la repetición de clichés. Sin embargo, como se ve en la poesía de Cosío, la lírica preserva mejor sus contenidos iconoclastas que, por ejemplo y contraste, la narración.

La esperada turbulencia de una lírica borderline depara muchas sorpresas. Una de ellas, como ocurrió también con el movimiento en Tijuana unos años antes, cuando se trasladan muchos de sus miembros a Ciudad de México, adquieren un tono culto que pasa por cierto hermetismo. Pero los poetas juarenses no migran a la ciudad capital, la modernidad, así sea una modernidad de terror, cercana al día después; la tienen allí mismo, con todos sus contrastes. Esa fue la intuición más fértil del movimiento infrarrrealista, aunque su concreción lírica no les haya correspondido a ellos.No obstante, en la evolución de estos poetas en los tres decenios que cubre la muestra no es la misma. Al núcleo formado por Cosío y los hermanos Chávez, en torno a Ojeda, cuando el papel de cohesionador lo toma Jorge Humberto surgen otros registros. Mención aparte merece Dolores Dorantes, la única voz femenina de la antología, por sus búsquedas formales. Supongo que hay más voces femeninas en Juárez y que Jorge Humberto no las incluyó –se le ha reprochado, sin razón, cierto sexismo-, pero con esta escritora están muy bien representadas. Por su lado la (poca) poesía que Gardea escribió está en otro registro y pienso que no forma parte de esa lírica de la Ciudad Negra (hay que recordar que su Comala particular se llamó Placeres).

 

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