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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

 

Ruiz Saviñón y las mujeres duales del doble

 

 

La Xtabay, de Luz Angelica Uribe, bajo la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón, con las actuaciones de Helena de Haro y la propia autora es un concierto, una emboscadura de cuerpos y voces que van desde el papel y la intertextualidad y llegan al bordado de textos ajenos e influencias que funcionan como adoratorios. Es investigación pura y llana, por momentos absolutamente literaria, a tal punto que podría parecer un recital si una retacería luminosa no atravesara ese par de cuerpos que se trenzan y se confunden en un tejido, en un ramaje donde una es otra y la otra, completa, que continúa y se apropia de las palabras, incluso la voz y la entraña simbólica de su par, o de esa parte antagónica de sí misma.

No me olvido de que desde hace poco más de treinta años soy testigo de esa obsesión creativa que vi por primera vez adueñándose de un texto de Carlos Olmos, a través de dos actores, Sergio Cataño y Helena de Haro, la única que sobrevive de ese trío (sería menos culposo decir triada, para hablar de dos actores y un director) de intencionalidades que le insuflaban su cultura teatral, incipiente pero muy sólida; su cultura literaria, ya marcada por las búsquedas de un mundo habitualmente signado por el miedo y el prejuicio, a pesar de que se trata de un orden de lo clásico, de la literatura más probada y una de las de mayor influencia en el mundo moderno, de Baudelaire a Cortázar, de Poe a Vicente Quirarte y todos los adoradores y oficiantes de un mundo profundo, oscuro y desestabilizador,

Han pasado tres décadas que deberían pesar como una losa sobre la espalda de una de nuestras actrices mexicanas más solventes y poderosas, un ser absolutamente leal y maleable por las manos subversivas de este Lord que sabe encontrar en el actor ese punto de dolor. Lucidez que erotiza la escena, como ésta en la sala Julian Carrillo de Radio UNAM, donde ocurre sin cesar una ceremonia añeja de encuentro con unos muertos que viven insepultos en los cuerpos de los actores que aceptan las ceremonias de este director que quiere la obediencia total.

Digo que todo esto ocurre en la confortable sala de Radio UNAM, porque parece ser un espacio exclusivo de sus montajes y eso es un síntoma: un director teatral que gusta de montar en un auditorio y no en un teatro, en un espacio más propicio para un concierto de cámara o la grabación de un programa de radio. Cuando ya no esté nadie de nosotros aquí, alguien tendrá que proponer un busto de Eduardo Ruiz Saviñón en el lobby de la sala Julián Carillo.

El espacio teatral monocromático (Liliana y Priscila Mercenaro Pomeroy) que habita la Xtabay, acompañada de su alma dual, está diseñado para enfrentar su cuarta pared con una disposición de objetos que conviene ver de frente, como los dos micrófonos abiertamente colocados sin disimulo, un iluminado zompantli en ocre que se agrupa con unas veladoras y un clavecín que interpreta con gran energía Luz Angélica Uribe y le pone lo barroco a esos sentimientos, emociones y circunstancias referidas en cascada, que a veces amaina como una tormenta de agua y luz, y pone sobre la mesa una verdad que muerde el corazón de quienes todavía creemos que es posible la amistad entre mujeres. Estoy en deuda con el comentario a la extraordinaria indagación musical.

Me atreví a pedirle al director el texto que atraviesa a estas dos actrices para tener la posibilidad de detenerme y poder reconstruir de otra manera ese flujo extático que conduce en un solo afluente toda una historia poética de las dualidades que conforman un corpus poético fascinante, que asusta, sobre la condición por lo menos bífida de nuestra naturaleza. Recuerdo que el dramaturgo Armando García me comentó que cuando hacía y rehacía las escenas de María Santísima, dirigidas por Luis de Tavira para el CET, le dijo que había que dosificar la poesía sobre la escena porque puede volverse insoportable para el espectador no tener la oportunidad de escuchar dos veces ni de volver a la página.

Un teatro que, por lo menos los sábados y domingos de agosto, ofrece un conjunto de preguntas sobre la destructividad, lo femenino, lo insondable y lo indestructible, sobre los duelos y la melancolía interminables.

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