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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La perfecta materia del instante

 

A S.G.S., siempre, mucho y bien…

 

“Maldigo el paraíso que cuando se presenta no dura lo que una estrella fugaz”: primero tenue, apenas insinuándose; poco a poco más clara y definida, esa línea quedó flotando en su memoria cuando, hacia el final de la película, los fuegos artificiales no dejaban de hacer eso que saben: existir apenas, pero con tal plenitud y belleza que la duración precaria no frustra ni sabe a condena, sino parece condición indispensable: ¿habrá paraísos de larga data –eternos, inclusive–, como el que la cultura judeocristiana promete a los suyos? ¿Acaso será, por el contrario, una suerte de profunda sinonimia lo que entrelaza ambas ideas, la del placer sin mella y la del instante de brevedad inmensurable? Más aún: ¿sería deseable, si posible, algo equivalente a un orgasmo sin final?, ¿podría soportarse?

Hecha para no prevalecer –en sentido estricto: para la intrascendencia, sólo que esta última palabra cuesta y duele–, a la especie humana nos ha dado desde siempre por la búsqueda y la construcción de todo aquello que perdure: pirámides, menhires, murallas, esfinges, templos, columnas, iglesias, monumentos… ansiamos la certeza de que nuestra impronta habrá de existir más que nosotros, los fugaces, que de tal modo alcanzaríamos –¿lo hacemos?– una posteridad que nos niega el organismo, ese conjunto momentáneo de fluidos, células, moléculas en combustión constante… y en este punto el pensamiento se detiene, sin saber muy bien lo que hace mira hacia adentro, como buscándose a sí mismo, y se reconoce impulso eléctrico; menos que minúsculo, microsegúndico, pero vigente y comprobable, y entonces literalmente la chispa salta y se constela: la química del cuerpo lo quema sin prisa y sin pausa, desde su nacimiento y hasta el día postrero; al interior de cada órgano hay algo como un fuego lento y permanente, y a ese calor indispensable lo coronan la imagen, el concepto, la memoria: el pensamiento mismo.

Imposible no advertirlo: el apretado mazo de papel y pólvora y colores, hecho para perforar el cielo y que apenas alcanza a darle la caricia de su cálido disparo, como todo lo que surge de las humanas manos comparte con su creador los atributos esenciales: para ser quien es se yergue, apunta hacia arriba la mirada, vuela cuanto puede y, tan alto como le den las fuerzas, estalla, brilla, es lluvia hirviente… y luego nada, o casi: rescoldo, trozo de carbón de vuelta hacia su origen, Ícaro multiplicado en esquirlas incontables que no pesan ni un gramo y que la vista va perdiendo en un descenso tan lento que, forjado con total silencio, suena como letanía de luz agonizante.

Debe ser por eso –vale decir, por el impulso atávico y, por lo tanto, irrefrenable, de jugar a las vencidas con la muerte– que jamás se es testigo de un fuego artificial aislado: moribundo el anterior el siguiente va en ascenso y, cuando éste explota, el fenecido dibuja su estela de humo delicado, indicándole al sucesor la singladura que de inmediato ha de seguir, todo mientras el ciclo recomienza en el alto espejo de la reiteración: abajo, las manos primero fabricantes de ese fuego agazapado, después liberadoras de eso que tanta semejanza guarda con el centro de la Tierra visto a escala cósmica, han calculado minuciosamente la espera entre uno y otro, para que sea como la sucesión de las generaciones: que no desaparezca la primera sin antes proyectar hacia el futuro la siguiente.

Así los paraísos, los únicos posibles, los verdaderos: nobilis factum humanae, microcósmica celebración del fuego surgido de la chispa que, desde el origen de los tiempos, fue el diálogo fructífero entre pedernales, que halló perfecto asilo en la madera y se hizo adulto bajo la forma del hogar, pero sin que olvidara ni por un instante su naturaleza niña: juego y fuego y al revés, perfecta materia del instante.

 

Poetas del cielo (Emilio Maillé, México-Brasil, 2018).

 

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