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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Cuenta saldada

 

Hace treinta y un años, el guionista, dramaturgo, poeta, letrista y director cinematográfico oaxaqueño Ignacio Ortiz (Teposcolula, Oaxaca, 1957) escribió y dirigió su primer trabajo fílmico: el cortometraje Luna tierna (1988). Al año siguiente fue la pluma detrás de la pantalla para el cortometraje documental La paloma azul (Carlos Carrera, 1989), e inmediatamente después para otro corto, éste de ficción, dirigido por el sonidista Antonio Diego: La otra orilla (1990). Su labor guionística, de probada eficacia, fue aún más patente en los largometrajes La mujer de Benjamín (1991), La vida conyugal (1993) y Sin remitente (1995), todos dirigidos por Carlos Carrera. Como largometrajista de ficción debutó con La orilla de la tierra (1994), a la que siguió, casi una década más tarde, Cuento de hadas para dormir cocodrilos (2002); menos tiempo transcurrió para su tercer largo, Mezcal (2006), y otros cuatro años para que concluyera El mar muerto (2010).

Circula en redes una brevísima biografía de Nacho –como lo nombra la legión de quienes lo apreciamos--, según la cual en 1969 vio una película por primera vez, y fue desde entonces que el cine lo obsedió; tanto, que a sus dieciséis se unió a un cine itinerante que, de pueblo en pueblo, daba funciones –al estilo de las Vidas errantes (1985) y el Érase una vez en Durango (2011) de Juan Antonio de la Riva, antecedentes mexicanos inevitables para la memoria--; que habiéndose mudado a Ciudad de México se inscribió en un curso de guión en el Centro de Capacitación Cinematográfica, y que más adelante abandonó la carrera de medicina para volver al CCC, a estudiar dirección.

En resumen, a sus sesenta y dos años de edad, Nacho lleva cuando menos cuatro décadas con la mente y el corazón inmersos en una pantalla cinematográfica, así como la mitad de su vida alimentando a esta última, todo lo cual se menciona aquí en razón de pertinencia pues algo, si no es que mucho, tiene de autobiográfica la película más reciente surgida de su creatividad multidisciplinaria: Traición (2018) tiene como protagonista –encarnado de manera convincente por Juan Manuel Bernal, actor que no deja de mejorar con el paso del tiempo-- a un proyeccionista itinerante que, en 1969 precisamente, todavía siendo niño escapa de casa y se va con el hombre que habrá de heredarle oficio, camión y talante: Félix, que así se llama ese hombre a quien un golpe de azar literalmente caído del cielo convertirá en muy otra cosa, puebleando se enamorará de Lupe, suripántica sirena del desierto, quien más pronto que tarde habrá de abandonarlo y cuya hija –de ella, seguro; de él, puede que--, de nombre Misela, a su vez heredará de Félix no el oficio ni el camión/Cine Lupita al que muchos años después hallarán desvencijado pero hermoso, coronado por una planta de nopal enhiesta donde alguna vez hubo un motor; no heredará eso sino el talante nada más, lo cual ha de comprobarse al final de la trama, en una secuencia que por supuesto aquí no será descrita.

Tal vez más que traición, lo que aquí se cuenta es la cuenta saldada entre hija y padre, juntos no se sabe hasta qué punto de sus respectivos derroteros, luego separados y finalmente vueltos a juntar y que, obsesivos como el sol canicular sobre sus cabezas, son conducidos de nuevo y por última vez a sus senderos de rocas agrestes, arrollos mínimos y cantos rodados; cuenta saldada entre un capitán del Ejército –interpretado por un estupendo Noé Hernández-- quien, andando las décadas desde los ochenta hasta la actualidad, pasó de persecutor a subordinado, y un Félix que hace demasiado tiempo canjeó las fantasías fílmicas por las del poder sobre los hombres; cuenta saldada entre un pasado personal que signó como con fuego el desamparo, primero a Félix y después a Misela, y un presente de facturas emocionales inescapables, y cuenta saldada, en fin, para un cineasta que sabe serle absolutamente fiel a sus obsesiones y ha entregado la que quizá sea la más personal de sus películas.

 

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