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El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad / Viaje al infernal corazón de Occidente

Hay momentos en la narrativa moderna, los más luminosos tal vez, en que el relato, buscando eficacia, queda de pronto en el territorio mucho más demandante y proteico de la poesía. Algo en el flujo de las palabras las aleja de lo novelesco y las aproxima a Lautréamont y Rimbaud, como claramente sucede con El corazón de las tinieblas (según tradujo Sergio Pitol Heart of Darkness), el momento más “poético” en toda la prosa de Joseph Conrad. Bertrand Russel no está solo en su juicio cuando admite que es la obra que más admira de su distante amigo, la que “expresa de manera más completa su filosofía de la vida”.

Jorge Luis Borges de plano se vuela la barda al aventurarlo intempestivamente “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” y lo equipara con otro poema, La Divina Comedia, cuyo infierno “es un establecimiento penal en forma de pirámide inversa, poblado por fantasmas de Italia y por inolvidables endecasílabos”. En cambio, “harto más terrible es el de Heart of Darkness, el río de África que remonta el capitán Marlow entre orillas de ruinas y de selvas”.

El inglés denso y aún así grácil del autor de origen polaco, nacido Józef Teodor Naecz Korzeniowski en 1857 en un territorio ocupado entonces, qué raro, por el imperio ruso, transmite en esta novela de 1902 un hechizo poético comparable a Pedro Páramo o La metamorfosis. Piezas de perfección cerrada, cada una poema mayor en su lengua respectiva (recreados a veces en milagrosas traducciones como la de Pitol, inspirada y a la vez fiel, digna de nuestro castellano y del inglés de Conrad).

En fin, que este relato hipnótico, casi todo él entrecomillado para mayor impacto de la voz insomne de Marlow, caudalosa como un gran río, se lee como un poema en prosa. Lo son el peligroso Congo de la tragedia y el dócil Támesis donde el estremecido novelista escucha de Marlow una adjetivación que raya con los horrores de h.p. Lovecraft, sólo que sin fantasías maniáticas sino pura y desnuda realidad humana. De hecho, la palabra clave del dantesco transcurso literario y fluvial que estalla al final, en boca de Kurtz, el agonizante demonio blanco, es precisamente “the horror, the horror”. Aquí confluyen las estampas de violencia ilimitada o sus secuelas que pueblan el libro, la mortandad gratuita, la cruel expoliación que siembra el hombre blanco en las riberas oscuras del río Congo, convertido teatro de patéticas sombras que ya ni sangran, desfiguradas por el terrible dios de la avaricia ajena.

 

Este es el fin...”

La primera gran paráfrasis de Heart of Darkness la debemos a un poema de t.s. Eliot, Los hombres huecos (1925), que en la versión de José María Valverde quedaba así:

 

Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños

en el reino del sueño de la muerte

esos ojos no aparecen:

ahí, los ojos son

luz del sol en una columna rota

 

… No me acerque yo más

en el reino del sueño de la muerte

revístame yo también

de tan deliberados disfraces

pelaje de rata, piel de cuervo, palos cruzados

en un campo

comportándome igual que el viento

sin acercarme más

 

No ese encuentro final

en el reino crepuscular

 

Eliot nos induce a considerar el Final definitivo: “Así es como acaba el mundo/ No con un estallido sino con un quejido.” No dejemos de notar el
efecto similar de Jim Mor
rison en The End, la canción emblema de la otra gran paráfrasis apocalíptica de la noveleta de Conrad. Será el poema de Eliot lo que lea Marlon Brando-Kurtz durante el desenlace de Apocalypse Now (1979), película de Francis Ford Coppola que si bien desvió notablemente la trama del unilateral horror congoleño al trasladarla a la guerra de Vietnam entre dos ejércitos, trajo a la imaginación contemporánea la locura postnietzscheana en una selva que todo lo devora, donde el genio occidental fuera de madre, un último Fausto, anida al final del camino, en el fondo del infierno. Como en Coppola, el Kurtz de Conrad lee poemas, y los escribe. Ahora bien, quien desee una adaptación cinemátográfica apegada al relato original, puede acudir a Heart of Darkness, del estupendo Nicholas Roeg (1993), donde el Marlow de Tim Roth es tan convincente como el de Martin Sheen, aunque John Malkovich no logre la ebullición terrible del Kurtz de Marlon Brando.

Cabe preguntarnos cuánto pesó Conrad en José Eustasio Rivera para La vorágine (1924). A su Arturo Cova sencillamente lo devora la selva, luego de apostar su corazón a la violencia. Ello, toda vez que en Nostromo (1904), vasta novela caribeña de Conrad (publicada por la unam en 1970 con un inteligente prólogo de Sergio Pitol) podría estar el verdadero origen de Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, pero esa es harina de otro cuento.

 

Las buenas intenciones coloniales

En sus poco más de cien páginas, Heart of Darkness ha dado pie a lecturas múltiples, incluso desde el desagrado, como las del novelista bloomsburiano e.m. Foster o del crítico f.r. Leavis, quienes la encontraban verbosa y vacía. Pero su impacto es tremendo. Con el tiempo destacarían los análisis sobre la letalidad del colonialismo occidental. El poderío y la bonanza de Europa se sustentaron en su vampirización de los demás continentes. Cinco siglos de explotar literalmente América, Asia, África y Oceanía permitieron la admirada y avasalladora cultura conjunta del renacimiento Mediterráneo, el teatro isabelino, la luz de Flandes, la Enciclopedia, el Sturm und Drang, el Racionalismo inglés, y así hasta Picasso y los fauves. Pero pocas veces un europeo volvió atentamente la cabeza hacia la destrucción cometida (en hacerlo Conrad se hermana con Bartolomé de Las Casas) a costa de los “salvajes”, “bárbaros”, “caníbales” y “aborígenes” arrasados durante las conquistas y “descubrimientos” de América del Norte, degradados como basura
en Australia, doblegados en todas las Asias y todas las Áfricas; peor que a bestias se trató a la humanidad subsahariana.

La gesta africana quedó tipificada en exploradores inescrupulosos, oportunistas y falsarios como el célebre Herry Morton Stanley. El hombre blanco salvador con su Avanzada del progreso (título de otro cuento de Conrad, 1896, sobre la sumisión al blanco en Sierra Leona, “aquella tierra de oscuridad y dolor”). Hoy cabría imaginar a tipos como Stanley en algún horrendo reality show. Una vez domeñados, los aborígenes darían pie a modas encantadoras: el orientalismo, las chinerías, el africanismo de ojos azules, el canto andino en los bares de Madrid, la música de Mali en París. El colonialismo asimilado a las buenas intenciones es otro rasgo del europeo blanco.

La respuesta del pensamiento anticolonial y descolonizador de Aimé Cesaire, Lepold Sedar Senghor, Frantz Fanon o James Baldwin está en gran deuda con la aventura fluvial de Conrad. La oblicua relectura del excepcional escritor anglo-alemán w. g. Sebald no necesita ser explícita para urdir un bello co-relato de la realidad y la (poca) ficción del corazón de las tinieblas en Los anillos de Saturno (1995), paseo histórico enmascarado por la literatura sobre la destrucción del mundo a causa el capitalismo europeo, su colonización bestial de los presuntos brutos o la depredación del arenque atlántico. Nada más brutal ha existido que las hordas organizadas de Europa a nombre de cierto Dios, sus reyes, cancilleres o compañías comerciales.

No es una historia que les guste escuchar a muchos europeos. La experiencia del Congo desnudada por Conrad y otros tiende a ser ignorada por su “vaguedad”, o vista como excepción histórica, una desviación que al igual que los hornos crematorios de Hitler no opaca la grandeza de los logros de Occidente, el oro del Vaticano y Versalles, las artes sublimes, la ciencia como estado superior de la inteligencia humana, etcétera. A fin de cuentas, a finales del siglo xx Bruselas es para Sebald un sepulcro blanqueado, de un alma no menos lúgubre que cuando la ciudad fue visitada por Conrad cien años atrás. Hoy capital de Europa, Bruselas era la capital de Leopoldo ii, el genocida mayor en la historia europea, quien la ornamentó a fondo. Nunca son nombrados por Conrad el rey (“el gran hombre”) ni su capital majestuosa. Un monarca que sin pisar jamás sus colonias (los reyes y emperadores rara vez lo hacían) se las apropió personalmente y con ilimitada avaricia las emació de marfil, caucho y gente entre 1890 y 1908. El canto trágico de Heart of Darkness será por siempre su condena definitiva.

 

Las oscuridades del corazón

Como bien ha señalado Mario Vargas Llosa –un hombre conservador con más presencia pero menos solvencia pública que Joseph Conrad, y también novelista excepcional–, resulta increíble el silencio cómplice de la memoria europea, ya no digamos belga, en torno al terrible reyezuelo (hermano por cierto y protector de nuestra desdichada Emperatriz Carlota de psiquiátrica fama), quizá el mayor genocida de la historia, por encima de Hitler y Stalin. No fue ociosa la preocupación de Vargas Llosa. En El sueño del celta (2010) emprendió una narración imaginaria en forma de crónica sobre Roger Casement, el diplomático británico de origen irlandés que proporcionó a Conrad las claves y bisagras necesarias para abrir la puerta de su propia pesadilla en el Congo leopoldino como marino mercante. El desdichado Casement sería el detonador de la portentosa narración de Conrad y, bien pensado, el verdadero Bartolomé de Las Casas de esta historia, pues sus informes exhibieron el holocausto leopoldino.

En un recuento autobiográfico de 1912, Conrad reveló que “en 1868, a los nueve años o por
ahí, mientras contemplaba un mapa de África y ponía mi ded
o sobre el espacio vacío que representaba el misterio no resuelto de ese continente, me dije con seguridad y audacia que ya no son parte de mi actual carácter: ‘Cuando crezca iré ahí’”. Se le hizo en 1890, a los treinta y tres años. El precio fue alto. Regresó del Congo con una larga y penosa enfermedad que lo afectaría por el resto de su vida. g. Jean Aubry, editor de sus cartas, escribió en 1927: “Podría decirse que África mató al marino y fortaleció al novelista.”

Un exégeta de la novela, Jerome Thale, subrayaba en 1955 el sentido final del relato de Marlow (contradiciendo y no el irónico elogio de h.l. Menken al decir que “el sentido de la historia de Kurtz reside en su falta de sentido”). Para Thale, “la terrible revelación de Marlow es que en Kurtz descubre, no sólo a un hombre que se torna en el Mal, sino la posibilidad universal de que eso ocurra”. O sea, puede ser cualquiera. Lo confirmó la desgracia europea del nazismo, con sus Goebbels y sus Eichman.

Asumiendo el fatalismo del propio Conrad, podemos sospechar que el terrible corazón de las tinieblas seguirá regresando. Hace apenas un par de años, tras una larga batalla en tribunales, las comunidades me’phaa de la montaña de Guerrero vencieron al gobierno mexicano y a una empresa canadiense que pretendían extraer cantidades fabulosas de oro en las tierras indígenas. El nombre del proyecto minero, créase o no, era Corazón de Tinieblas l

 

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