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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

 

No volveré, el retorno de Alberto Lomnitz y Estela Leñero

 

 

No volveré, de Estela Leñero, bajo la dirección de Alberto Lomnitz (con la asistencia de Ireri Romero) es una obra de cinco personajes con cuatro actores: Julieta Ortiz Elizondo (Marta), Arturo Reyes (Ismael y D.T.: “con cabello color zanahoria y máscara que remite a Donald Trump), Fernanda Rivera (Sonia) y Bernardo Velasco (Aurelio). Me remito por ahora a este conjunto de creadores que se reunieron en torno a un proyecto que acogió Teatro UNAM para acotar los ataques frontales de Donald Trump, quien culpa a nuestro país de permitir que las caravanas de migrantes crucen México sin impedimentos para llegar a Estados Unidos.

Es importante dar este contexto porque estamos frente a un producto único, que no volveremos a ver en las mismas condiciones, pero documenta lo que un teatro de la emergencia es capaz de hacer cuando los antecedentes artísticos comunes entre creadores hacen posible una puesta en escena tan bella, rigurosa y conmovedora como la que logró Alberto Lomnitz, quien no se detiene para reconocer el trabajo de Ireri Romero.

El trabajo de Lomnitz sobre el teatro de Estela Leñero es cada vez de mayor calidad. Lomnitz tiene excelencia y rigor, y Estela Leñero consigue cada vez mayor hondura en la poética de sus textos. Hay un enorme escrúpulo en el bordado fino de cada frase, que si bien está inscrito en un realismo que hace legible la obra, lo que permite que sea perdurable es su aliento poético en cada frase y situación. Digo frase y pienso en ese tejido apretado, fino, lleno de matices y de transversalidad en el trabajo actoral, en el gesto y su intención, que hace la actriz genial Julieta Ortiz Elizondo (una disculpa para todos los que odien los adjetivos en una aproximación tan breve como ésta) que permite introducir y darle continuidad al conjunto de las actuaciones que giran en torno a esa madre michoacana que va rumbo a la madurez; es un trabajo que irradia su ritmo y su poder a todas las actuaciones: la de Fernanda Rivera en el papel de su hija Sonia; de Arturo Reyes como Ismael y dt, el enamorado, extremadamente indeciso y prudente de Marta, y de Bernardo Velasco, que interpreta a Aurelio, su hijo incestuoso por partida doble, en esos hogares “provincianos” donde todas las mujeres son de “alguien” y se les niegan segundas y terceras y cuartas oportunidades para un amor que les permita rehacer la vida arruinada en la espera y la rutina.

El texto maduro y poético de Estela Leñero está bordado con una gran experiencia sobre la escena. Ya Lomnitz había conducido esa máquina deseante que es Julieta Ortíz Elizondo en Roma, al final de la vía, de otro dramaturgo de enorme potencia y sensibilidad, Daniel Serrano, donde la actriz interpreta a una de dos amigas, una de dos hermanas, como en la nouvelle de Daniel Sada (Una de dos), que dudan entre partir y quedarse, entre seguir en lo mismo o arriesgarse a lo desconocido. La apuesta vuelve aquí, y ahora Lomnitz resuelve el conjunto con una precisión de relojero: sabe que la cuerda activada no permitirá que el motor de esa pieza fina se detenga.

Aunque este montaje no se repita más, queda la memoria de un trabajo excepcional y un texto vivo que muestra las múltiples traiciones de las que somos capaces con nosotros mismos, pero también de la valentía honrosa y digna que podemos llegar a conquistar para defender nuestros desafíos: desafío a la soledad, a la sumisión, a la docilidad, a salirnos del engolfamiento autoritario y patriarcal de todas las formas del incesto que nos alienan y esclavizan, con nuestra madre, con nuestra hermana, y también en los virajes hacia nuestro propio sexo que, enclosetados, llenan de culpa y vergüenza.

 

 

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