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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La lisonja y la crítica

 

Más vale un crítico sensato que un adulador inspirado. Escribir esto me causa nerviosismo en los tiempos que corren, pero estoy segura de que digo la verdad. Y este nerviosismo que me crispa, no debería tener lugar en un país democrático. Pero al presidente no le gustan las críticas, aunque sean razonables.

En mi vida, y eso que de niña me tocaron los desfiguros de Echeverría, había escuchado tanta fervorosa y colorida adulación en torno a la figura presidencial. Las lisonjas así, tan descaradas y pasionales, me parecen muy dañinas. Además, dan pena ajena.

AMLO es, sí, el primer presidente elegido por una mayoría tan amplia y entusiasta, un hombre a quien se le hizo una guerra política sucia y salió avante gracias a su trabajo y perseverancia. Creo que Fox y Calderón hicieron trampa en 2006.

Pero no es Dios, aunque quienes lo rodean lo traten como si lo fuera. Se ha dicho que está en comunión mística con el pueblo; que sólo oír sus “mañaneras” inspira a sus colaboradores; que es el mejor presidente del mundo –lleva menos de un año ejerciendo el cargo, por lo que me parece que esto es imposible de comprobar– y que nos ha hecho felices a todos menos a los malvados resentidos y fifís.

Yo no estoy feliz y eso que voté por él. Para que este gobierno me garantizara la porción que me corresponde de tranquilidad (no digo felicidad) por ser una ciudadana honrada, tendría que haber bajado la violencia y ha aumentado. Las chicas que salieron a protestar por los feminicidios serían escuchadas y sus demandas atendidas, pero en un principio se les trató como criminales. La ciencia, la cultura, el deporte y la ecología no serían los patitos feos, sino asuntos de primer orden. Ya ni digo de la medicina pública. El presidente se ufana de que ya los altos funcionarios no se harán cirugías plásticas con dinero del erario, lo cual me parece muy bien. Lo que ya no me parece tanto es el desabasto de medicamentos y el despido de un montón de médicos. Tampoco entiendo cierto drama que se opone a la sobriedad que asocio con la austeridad republicana: ¿Por qué recurrir a las emociones más básicas cuando existen los argumentos?

A nadie beneficia que los reyes de España pidan perdón. Basta con que los asesinos y violadores mexicanos se vayan a la cárcel y no salgan porque el mp hizo mal su trabajo. Después de todo, los narcotraficantes son de aquí. Ellos, con sus cómplices, han desgarrado el país y han destruido centenares de miles de vidas.

¿Por qué todo el tiempo se habla del “pueblo bueno”? ¿Cuál es el malo? (Además de Felipe Calderón, a quien gustosa le dejo el calificativo). ¿Los científicos? ¿Los académicos? ¿Los malvados escritores? (Ay, la FILIJ).

Uno de los efectos más dañinos de la adulación es la cizaña. Separa al adulado del resto, de sus gobernados.

Todas estas objeciones se hacen sin dolo. No tengo intención de criticar por impaciencia. Pero menos deseo unirme al coro que canta glorias que no veo. No sé por qué se exige una aquiescencia total. Ese no es el pacto de la democracia; la democracia se hace entre todos, no desde la coronilla de un señor iluminado.

Cuando los emperadores romanos, no precisamente modelos para la vida democrática, desfilaban con sus triunfos, es decir, después de haber vencido a los enemigos de Roma, eran dioses por un día. El triunfo era un largo desfile y el emperador iba hasta adelante con la cara pintada de rojo, sobre una carroza. A su lado iba un esclavo diciéndole al oído, “Tú también vas a morir” entre los vítores del pueblo. Porque hasta el César debía recordar que, en verdad, era sólo un hombre.

La lisonja, según la Biblia, envenena y debilita al adulado. La crítica es necesaria en cualquier situación, porque somos humanos. Una perogrullada como ésta no tendría por qué ser escrita aquí, pero al presidente le dieron una medalla por méritos de atletas a quienes él no apoyó. Con eso me explico.

 

 

 

 

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