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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Rafael Bernal cuentista

De cuanto escribió y publicó, lo más conocido de Rafael Bernal es su novela El complot mongol. Se hace a un lado, quiero suponer que por una distribución deficiente, su obra cuentística, dramática y ensayística. La suposición se debe a que si bien perteneció al cuerpo diplomático, para nada comulgaba con los gobiernos emanados de la Revolución. Militó en el Partido Fuerza Popular, de corte sinarquista, y fue a la cárcel acusado de haber atentado contra la efigie de Juárez que está en la alameda central; él siempre negó su participación directa en esa acción, el presidente Miguel Alemán le ofreció el indulto y él lo rechazó, porque aceptarlo implicaba aceptar su culpabilidad. Es uno más de esos casos políticos —valga la expresión— “oximoronescos” que se han presentado en nuestra historia, y en la de otros países, claro. (Por mencionar sólo unos pocos: José Vasconcelos, Knut Hamsun, Jorge Luis Borges y, recientemente revelado, el de Günter Grass.)

Volviendo a Bernal cuentista, son también conocidos, creo, sus relatos policíacos, en su mayoría de corte muy tradicional, es decir, planteados como enigmas a resolver; relatos a la usanza inglesa y siguiendo la escuela de Agatha Christie y Chesterton, aunque con personajes peculiares, como don Teódulo Batanes, arqueólogo de profesión y metiche por vocación. Algunas de estas historias policíacas son de extraordinaria factura, como “La declaración”.

Con frecuencia se olvida o se desconocen los cuentos no policíacos de este autor, en su gran mayoría preñados de sentido social encubierto, de crítica a los usos y costumbres y a las autoridades, mas no de manera grotesca, sino sutil y sin olvidar la esencia literaria del texto.

De sus cuentos, uno que aparece en muchas antologías serias es “La media hora de Sebastián Constantino”, muestra magistral de tensión sostenida y habilidad en el tramado, estructurado de tal manera que la intensidad crece de manera sostenida y llega a un desenlace relampagueante. Porque otra de las características de las narraciones cortas de Bernal, es esa: desenlaces relampagueantes, sean esperados o inesperados, pero siempre vertiginosos.

Su preparación académica y sus desempeño en los ámbitos internacionales y diplomáticos le permitió explayarse en ambientes muy diversos, que van de los pantanos de Chiapas a Japón o Nueva York, sin olvidar zonas arqueológicas de México. De oído sensible, el habla de sus personajes, sin caer en un excesivo y falso regionalismo, responde a las necesidades de su historia y les da volumen y carácter a sus personajes.

Su primer volumen de cuentos, Trópico, editados por JUS en 1946, (recientemente fue reimpreso) contiene seis cuentos, todos excelentes y diferentes entre sí, aunque todos ubicados en Chiapas. En algunos hay cierto hálito de humor a veces fresco, a veces negro, amargo, mas nunca alejado de las contradicciones buenas y malas del hombre y la mujer. El siguiente fue En diferentes mundos (FCE, 1967), donde hay historias en varios países, algunas teñidas de humor e ironía, pero otras cargadas de una amargura e intensidad colindantes con sabor del drama y la tragedia. En algunos de los textos de este volumen se siente, así mismo, el enfrentamiento (como dijo León Felipe respecto a España) de un México que nace y otro que ya se fue. Tales son los casos de “El tío Merced” y “El ciclista tuerto”, con sendas tramas apoyadas en sus protagonistas y no en sus respectivas historias apuntadas hacia un final inesperado.

Existe otro título que nunca he podido conseguir, Doce narraciones inéditas (Mortiz, 2006), y desde luego los textos policíacos, afortunadamente rescatados por Martín Solares (FCE, 2015); en este volumen están las novelas y los cuentos que siguen esta tesitura (la policíaca) por mucho tiempo menospreciada por nuestra intelectualidad, calificándola de “menor” o de “puro entretenimiento”, hasta que se enteraron de que Borges, Bioy Casares y muchos grandes escritores eran aficionados al género, y a veces lo cultivaban furtivamente.

 

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