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Una cita en el Fondo. Los 85 años del Fondo de Cultura Económica / Crónica

La cita no era con alguna persona en particular. Mejor dicho, no era con nadie. Más claramente, y aunque suene a paradoja, la cita era doble: nada más consigo mismo y a la vez con una pléyade completa de seres, pero no de carne y hueso sino de papel y tinta. El punto de reunión era el número 975 de avenida Universidad, a la sazón tercera sede del Fondo de Cultura Económica. Corría el año de 1984 y el FCE celebraba su primer medio siglo de vida.

Fue desde entonces que la curiosidad lo impulsó a buscar el dato: la primera sede del Fondo, poco mencionada, estuvo en el 32 de la céntrica calle de Madero, y debió ser poco después del 3 de septiembre de 1934 que aquellas pequeñas oficinas fueron habilitadas para que, con los 22 mil pesos fideicomitados por el ya extinto Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas –de la Secretaría de Hacienda provinieron 5 mil; del Banco de México, 10 mil; del Banco Nacional de Crédito Agrícola y Ganadero, 2 mil, y mil más del Banco Nacional de México–, la primera junta de gobierno del FCE tuviera un sitio donde trabajar. Compuesta por Adolfo Prieto, Gonzalo Robles Fernández, Manuel Gómez Morín, Eduardo Villaseñor, Emigdio Martínez Adame y Daniel Cosío Villegas, a la junta se uniría muy pronto el tipógrafo y editor José c. Vázquez.

Seis años más tarde, y compartiendo sede con la Casa de España –de seguro como consecuencia directa del exilio español, muchos de cuyos miembros, tan pronto llegaron a México, formaron parte activa de las nacientes labores de la editorial–, el Fondo se mudó al 63 de la calle Río Pánuco, a pocas calles de la glorieta de la Palma en Paseo de la Reforma, donde permaneció durante casi tres lustros, hasta 1964, cuando tuvo su propia casa en el citado 975 de avenida Universidad, en la colonia del Valle al sur de Ciudad de México. Por cierto, ese mismo año nacería la hoy cincuentenaria publicación emblema del FCE : La Gaceta del Fondo de Cultura Económica.

Casi tres décadas después, el Fondo estrenaría nueva sede y algo más: el traslado al sureño Picacho, a unas instalaciones apabullantes si se les comparaba con la elegantísima modestia de su primera casa propia, significó también la primera vez que el FCE fue utilizado como refugio y/o premio para políticos de diversa laya y nivel: del expresidente Miguel de la Madrid, de gris memoria, hasta José Carreño Carlón, alguna vez vocero de Carlos Salinas de Gortari, por la dirección del Fondo han transitado directivos que van de la total pertinencia a la ídem suspicacia: lo mismo ese magnífico editor que es Joaquín Díez-Canedo Flores –hijo del homónimo hombre de libros, igualmente miembro distinguidísimo del FCE originario, luego fundador de la mítica editorial Joaquín Mortiz–, que una Consuelo Sáizar públicamente decantada en términos políticos hacia el más lamentable polo, así como el citado Carreño Carlón, funcionario priista de larga data y alguna vez diputado por ese partido.

De rituales recreados

 

Pero estamos en 1984, la carretera Picacho-Ajusco todavía es digna de tal nombre –si bien ya se había mudado allá El Colegio de México, y la Universidad Pedagógica se aledañó casi de inmediato– y el Fondo de Cultura, como también suele llamársele, ha crecido tan saludablemente que sus múltiples brazos se hallan extendidos, a mediados de aquellos críticos años ochenta, a diversos puntos de la ciudad, el país y el continente, e incluso más allá de éste.

Sin embargo, su sede es su sede, y frente a lo que años después será un Wal Mart más –en esos tiempos seguía siendo la muy local Aurrerá–, no sólo circulan por sus talleres y oficinas, que es como decir sus venas, el papel y la tinta, los manuscritos originales y la mecanografía, las pruebas finas y la tipografía que comenzaba su computarización, sino también ofrece directamente los frutos de su labor: lo primero, y muchas veces lo único, que el transeúnte descubre al pasar frente al 975 de avenida Universidad, es la mejor bautizada de las muchas librerías del Fondo: la Daniel Cosío Villegas, creador, gestor y primer director del FCE, formalmente desde 1937 aunque, en realidad, desde que fue concebido por él, hace ocho décadas y media.

Y allí la cafetería, el sitio de la cita con nadie que es con todos: para 1984 ya se había sumado a prácticamente cualquier biblioteca personal, casi completa, la entrega inaugural de la colección Lecturas Mexicanas, no la primera pero sí la que más justificaba el feliz equívoco emanado del nombre del FCE : bien se sabe que el adjetivo “Económica” no alude a la accesibilidad en el precio de sus publicaciones sino al origen de la que, sin lugar a dudas, es actualmente la casa editorial más relevante en el mundo de habla hispana. Empero, igual que la Colección Popular y los Breviarios, entre otras colecciones, las Lecturas Mexicanas democratizaron, en el mejor sentido, el acceso a publicaciones dignas, útiles, necesarias, de jubilosa posesión, imposible o duramente alcanzable en otras circunstancias.

La cita en el Fondo, pues, era con autores recién descubiertos, ya conocidos o re-conocidos, revisitados, viejos, novedosos… los nombres saltan, asaltando la memoria y reclamando su mención, pero son tantos que decir alguno implica la injusticia de soslayar la mayoría. Sólo quizá uno es imperdonable: no lo piensa mientras toma mesa en la cafetería y se instala con taza y cenicero, pero ahí mismo, a unos cuantos metros dentro, en su oficina, en aquel 1984 con seguridad Alí Chumacero está leyendo.

Ignorante de coincidencia tan feliz, toma su libro –un libro, todos los que ha leído y que leerá– y recrea el ritual gutenbergiano de dialogar con esos muertos que, como los de Zorrilla, gozan de cabalísima salud, entre otras razones gracias a lugares, a labores como las que se resumen en las tres letras del Fondo.

 

 

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