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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Bien sea que se haya nacido en Ciudad de México, bien sea que se haya estado en la otrora denominada “muy noble y leal ciudad” el 19 de septiembre de 2017 –y en lo que respecta a millones de personas debe añadirse, insoslayablemente, la misma fecha pero de 1985–, hay una muy alta posibilidad de ser lo primero, y casi la certeza de ser lo segundo que se indica en el título de estas líneas: sismo, temblor o terremoto, el estremecimiento telúrico sucedido hace exactamente dos años y diez días en la capital de la República Mexicana, convirtió a cada uno de sus habitantes/visitantes en protagonista, colectivo y anónimo en la totalidad de los casos, de la tragedia humana en su manifestación más básica y, por lo tanto, esencial: súbita, intempestiva, siempre inesperada e inoportuna aunque se le sepa e inconscientemente se le aguarde, la muerte sólo sabe dar dolor –atemperado a veces, pero casi siempre ciego y sin amarras– y hace sufrir por partida doble: a quien la muerte toma le inflige inexistencia, y a quien lo atestigua lo tatúa de impotencia, tristeza y desamparo.

No importa si oriundos u honorarios, chilangos a quienes hermana la tragedia compartida repitieron la experiencia vivida treinta y dos años atrás: al colapso de las edificaciones, la varilla doblegada, el concreto vencido, de inmediato y entre todos opusieron la fuerza de sus puras manos, brazos, piernas, ojos, gritos y silencios.

Aquella vez, en los ochenta, el único testimonio audiovisual de las miríadas humanas al rescate de sí mismas fue el que la televisión, omniprepotente entonces, pudo registrar; ahora, las imágenes y los sonidos del drama democrático se cuentan por miles incontables; cada celular, y son millones, capturó desde el colapso mismo de esta y aquella construcción, hasta el escombro y el laberinto repentino en cuyo fondo algún susurro, un movimiento, son indicios de que la muerte no es total ni en estas circunstancias y entonces no es que se pueda, sino que debe hacerse lo imposible por ese semejante ahí atrapado; si está vivo, puño en alto y en silencio para localizarlo; si no lo está, labor callada para que sus restos no queden sepultados en esa tumba involuntaria.

La memoria, igual de terca que la muerte, se erige entonces como Némesis de esa Nada subrepticia, incruenta y ciega por necesidad desde la perspectiva humana, proclive a entender la inconsciencia del mundo bajo los insuficientes parámetros de causa y consecuencia. Memoria y, a renglón seguido, raciocinio: entender, o cualquiera de sus sucedáneos –resignarse, por principio–, si es que sucede, suele ser a posteriori, agua pasada que no altera un ápice los hechos pero cuyo afán de ordenamiento da consuelo, alivia del vacío de la sinrazón, la pérdida y la certeza de la indefensión futura.

Eso debe ser, si está bien hecho, un documental en torno al sismo del 19 de septiembre de 2017 en Ciudad de México –y, por supuesto, extensible a cualquier suceso semejante en dimensiones y naturaleza–, el registro estructurado de lo que se le arrebata a la anarquía: hechos, circunstancias y protagonistas, que se multiplican hasta el vértigo, son representados en el micro-macrocosmos de la experiencia, el sitio y el suceso individuales, verbigracia el cardiólogo que en pleno terremoto no detuvo una cirugía a corazón expuesto, y sin alteración y sin alardes prosiguió ese día y los siguientes su labor callada, indispensable, de salvador de vidas; verbigracia el muchacho, casi niño, que en un colegio al sur de la ciudad, negativamente célebre a consecuencia de la ambición mediática y la labor mendaz, no encontró la muerte como tantos de sus compañeros y después, en su sobrevivencia tan temprana pero ya maduro a golpe de colapsos y reflexiones solitarias, encuentra en Nietzsche al interlocutor que necesita y de ahí desprende su sabiduría sin edades: “Es algo natural, creo yo, algo que siempre nos va a pasar; somos muy pequeños, insignificantes.”

Septiembre 19. Pequeñas historias épicas, Rafael Rangel, México, 2019.

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