Usted está aquí: Portada / Cultura / José José "El Príncipe" postrero y el fin del amor romántico
Usted está aquí: Portada / Cultura / José José "El Príncipe" postrero y el fin del amor romántico
José José "El Príncipe" postrero y el fin del amor romántico

para Víctor Cabrera, para Víctor Pacheco
y para José Lagos, dolientes del Príncipe

para Cynthia y para María José,
por sus combates contra el melodrama

 

 

“El triste”: inicio de una leyenda sentimental

Todavía la orquesta era protagónica en el montaje escenográfico de la música por televisión; el director, José Sabre Marroquín, es anunciado antes de que la canción y su intérprete se apropien absolutamente del escenario. Ahora se dice que fue ese día, el 25 de marzo de 1970, el de su nacimiento artístico, popular, del comienzo etéreo de su leyenda sentimental, la de José José, nacido bajo el nombre de José Rómulo Sosa Ortiz en el año de 1948.

Es la final del Festival de la Canción Latina, que posteriormente se convertirá en el célebre Festival OTI, ese proyecto hispanoamericano de integración sentimental que se instala en el centro de la vida familiar y que hace de la llamada “televisión comercial” el gran productor de recuerdos comunes al pie de la “pantalla casera”. El infierno son los otros en las inmaculadas tardes dominicales en que el programa Siempre en domingo o el Festival OTI, ambos conducidos por Raúl Velasco, despliegan las banderas de los países hispanoamericanos que se alían para encontrar a como dé lugar aquella armonía familiar.

José José sale al escenario con abrigo oscuro y puños de brocado blanco, el cabello peinado con casual descuido… la imagen candorosa de un muchacho serio y estremecido, sin dramatización exagerada de lo cantado ni demasiado movimiento corporal, pura gestualidad emocional con los ojos cerrados y las manos en balanceo preciso para desplegar una canción cuya tristeza avanza hacia el inevitable triunfalismo del sufrimiento: “hoy quiero saborear mi dolor”.

José José y su voz que como avalancha de emociones le imprime un giro al amor romántico, que al mismo tiempo transfigura la balada sentimental: su figura encarna esa tristeza lacrimosa que le exige el tema: “El triste”, de Roberto Cantoral. El abandonado que sobrevive al insistir en la evocación de lo perdido (“Qué triste todos dicen que soy,/ que siempre estoy hablando de ti,/ no saben que pensando en tu amor, en tu amor,/ he podido ayudarme a vivir”), el amante castigado por el abandono, pero heroica y moralmente superior en el sufrimiento; una soledad jubilosa en el proscenio del que está naciendo como ídolo. El lamento climático del triste José José se escucha como el de un gigante herido al fondo de la caverna del amor romántico; redención del que cae de rodillas en su cuasi tragedia ante un público eufórico que le arroja claveles para cumplir cabalmente su redención ante el fracaso del amor contrariado. Su heroísmo despechado es total en la noche de la primera entrega –también total– del público: José José es el gran perdedor del festival, pero al perder lo gana todo; su tercer lugar se transforma en un “éxito” incuestionable que lo lanza a esa fama autodestructiva que vendrá en las siguientes décadas.

Tal parece que ahora, ante la verdadera muerte del Príncipe de la Canción el pasado 28 de septiembre, se nos piden recuerdos “reales” o construidos sobre este momento culminante de la televisión en español vía satélite, que en ese entonces parecía infinita en el vasto campo del continente. José José canta como nadie antes lo había hecho en la historia del melodrama, eso se dice. Su voz de barítono es un legado formativo de sus padres: tenor de ópera, el papá, José Sosa Esquivel, y concertista de piano, la madre, Margarita Ortiz. Su voz es la plegaria sentimental del mito que comienza: la metáfora monárquica sugiere un estado de gracia permanente, cercana y al mismo tiempo inalcanzable: siempre Príncipe, nunca Rey; quizás porque esta última figura pertenecía al campo cultural de la canción ranchera, en manos ya de José Alfredo Jiménez.

Espectáculo, sociedad y política… mundos que corren paralelos: en marzo de 1970 todavía gobierna el país Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de la matanza de Tlatelolco en 1968, el ancien régime como asesino de estudiantes a gran escala, un crimen que durante décadas se conserva bajo el ala del negacionismo oficial; los jóvenes que emerjan de las pantallas de televisión serán héroes a condición de que su heroísmo sea sentimental, nunca político. Y José José será, desde aquella noche de marzo de 1970, la figura principesca que se batirá a muerte melodramática, nunca completamente trágica, contra el desamor, el abandono, la tristeza, la soledad de la almohada… la irracionalidad pura de los sentimientos.

“El amar y el querer”: la última genealogía del amor romántico

El comienzo es ya presagio de tempestades, los violines se ciernen sobre la gran fábula del amor romántico; desde que el intérprete ataca los dos primeros versos de este tema, los afectos contemporáneos se dividirán en dos: amar y querer. El álbum es de 1977, se titula Reencuentro y la canción fue compuesta por el español Manuel Alejandro.

Un año antes, había dado a conocer el disco de su bautizo artístico: José José, El Príncipe, un elepé con baladas de tono jazzístico sobre las que se afirma una lírica romántica en clave melodramática: amores de cuaderno entre rosas e ilusiones, alegrías y bellas miradas que se acompañan de coros cuasi angelicales que culminan en la impoluta “Nuestro amor es lo más bello del mundo”; redención amorosa y candoroso enamoramiento heteronormado; hombre y mujer relacionándose en la certeza de la división sexual patriarcal como identidad de género incuestionable; la idealización romántica colmada de símbolos suaves provenientes del llamado “cuento de hadas”: “Imagínate que un príncipe/ te trae unas flores de color/ te acaricia entre sus brazos/ y le das tu amor.../ Ya verás que llega un príncipe/ con un poco de imaginación,/ te enamorarás de un príncipe/ que podría ser yo” (“El Príncipe”, compuesta por Manuel Marroquí).

Es “Amar y querer” (como también se le conoce) uno de los temas canónicos de José José. Su retórica es poderosa tanto como su atmósfera de tempestad que se desarrolla entre la suavidad inicial de la voz y la tormenta que desata el maniqueísmo en el abordaje del amor romántico, que avanza y sube de tono como una bandera desplegada:  “Es que amar y querer no es igual,/ amar es sufrir, querer es gozar./ El que ama pretende servir,/ el que ama su vida la da/ y el que quiere pretende vivir/ y nunca sufrir y nunca sufrir./ El que ama no puede pensar,/ todo lo da, todo lo da./ El que quiere pretende olvidar/ y nunca llorar, nunca llorar./ El querer pronto puede acabar,/ el amor no conoce final…/ es que todos sabemos querer,/ pero pocos sabemos amar.” El heroísmo posible del amante/cantante, el yo lírico/autobiográfico que, desdoblado en los excesos de la pasión,  se encuentra en esos “pocos [que] sabemos amar”, en esa primera persona del plural formada por los que, como José José, se juegan su resto emocional en la abundancia del amor, en el torrente sanguíneo del absoluto, infinito Amor, que de paso lo arrasa todo. De esta canción tremendista, enseñanza y pedagogía de los extremos, telúrica y sostenida siempre en el contrapunto entre el amar y el querer, se desprende lo irreductible: se ama o se quiere, no hay matices en la jaula totalizante, absoluta, del amor romántico.

La muerte de José José no puede ser ajena, precisamente, a la profunda crisis del amor romántico de nuestros días, es decir, a una crisis de la experiencia del “amor como categoría cultural, de género, de clase, de etnia”, como lo caracteriza Mari Luz Esteban, pero tampoco a un cambio de géneros musicales en lo que se refiere a la adopción del melodrama como divisa: la balada romántica muere de muerte natural ante el reggaeton, la bachata… y de muerte digital. Las grandes orquestas que acompañaban esta clase de baladas hace tiempo que han dejado de existir, lo mismo que la canonización de cantantes y compositores de larga trayectoria; son malos tiempos para las leyendas autodestructivas del mundo del espectáculo, o sus cuasitragedias al menos no guardan ya el impacto que tenían en la etapa de esplendor del nacionalismo mexicano, del Estado y la televisión benefactores. El mercado digital trasnacional exige todavía su parcela de melodrama y de romanticismo, pero ya no está dispuesto a pagar el precio de la exclusividad de grandes figuras o de mantenerlas contratadas durante mucho tiempo. El vertiginoso consumo mediático ha destronado a los héroes del neorromanticismo tal y como los conocimos después de los años setenta del siglo xx, tal y como se perfiló José José en su condición de estrella de la balada romántica. Además, parece que también el amor romántico, en su versión contemporánea, está herido de muerte, en un mundo en el que las “almas” ya no se funden, en el que se desfondan las nociones de matrimonio, fidelidad, traición, apego… en un mundo en el que el amor romántico se ha transfigurado en “amores que matan”: feminicidios y guerra contra el “objeto” amado, las mujeres; en un mundo en el que los feminismos se están encargando de des-romantizar las relaciones afectivas y políticas. Quizá por esto mismo, José José está destinado a ser el último cantante romántico del México moderno. Nuestro príncipe postrero.

1284
comentarios de blog provistos por Disqus