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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Mauricio Davison, el perturbador exagerado

La exageración, texto y puesta en escena de David Olguín, es una obra sobre las temporalidades que concretan lo eterno, un ejercicio sobre los límites y la transfrontericidad (qué palabra tan larga) de la memoria, sobre el dolor y el arte de envejecer, es una obra sobre la(s) impaciencia(s), la(s) de la juventud, la(s) de la vejez; un montaje sobre el tiempo y sus cimientos representados en esa llaneza que Gabriel Pascal traza como escenografía que también ilumina: tablas –en lo general son tablas–, conforman ese camino que recorren los seres del teatro. Entradas y salidas en un espacio con subidas y bajadas, un escritorio y una silla plegable.

Mauricio Davison y Mar Aroko son los intérpretes en las antípodas de la edad, de la experiencia. Son espejo uno del otro, una asistente del director que también es actriz y se prueba en el ejercicio de la autoridad que le dio el director para llevar a buen puerto el ensayo, mientras el director David Olguín se empeña en llegar contra el tráfico que lo retrasa (o al menos esa es la excusa de su ausencia) de la cita para cumplir con el ensayo programado donde el viejo actor exige la presencia del director: tengo sesenta y ocho años siendo puntual, sesenta y ocho años de llegar siempre a tiempo.

Mauricio Davison en el papel de Mauricio Davison, representando el tempo del actor. La exageración parece ser una especie de apunte alrededor de El mercader de Venecia, que hace unas semanas estrenó Olguín también en El Milagro, con la actuación de Davison en el rol o papel o la misión de Shyloc. Pero también Mauricio Davison recordando Miscast, recordando a Gurrola, a Margules, hablando de un tono de interpretación bajo una forma de grandilocuencia que termina por someter lo literario a lo escénico.

Conmueve Davison, uno de nuestros más grandes actores, declarándole la guerra como siempre al entretenimiento estupidizante, aferrándose a lo suyo, al teatro. Habla, pelea, esa autonomía relativa del actor frente al texto y al director. Olguín le ha propuesto actuar, lo contempla como si estuviera en una vitrina donde el director controla todo, dosifica el aire, la luz, pero todo parece como si no estuviera. Por más cobijado que esté, el actor es el animal de la soledad, siempre le hará falta un poco más de atención.

La grandeza de David Olguín consiste en dejarnos observar con sus ojos su amor al teatro, su amor y su devoción a los maestros. Es uno de nuestros dramaturgos que no deja de expresar su arte como una práctica profunda de la gratitud, amplificada con la generosidad del retratista que nos resguarda de la caricatura, de la parodia, para tomarse muy en serio que la persona que está sobre esas tablas es real, es un actor que está habitado por toda una vida de representaciones.

David decide que el epicentro de esta puesta sísmica sea Mar Aroko, quien juega con sus piernas atléticas que (casi) se desnudan cuando sube, baja, se sienta y deja frente al público el hueco negro de su falda que atrae la mirada pero que, de ningún modo, tendría que ser un foco de atención para el poderoso actor que no deja de acariciar ese bastón de mando escénico que lo distingue del principiante, del asistente de dirección tentado por mangonear al gran actor.

Mar ordena, llama al aterrizaje pero también se mira fascinada ante este gran homenaje al teatro: lo que Davison fue (un gran actor exagerado, impostado en muchas ocasiones), lo que Davison es (memoria del teatro, multiplicidad de registros, colocación, precisión minimalista del gesto): impaciente, exigente, genial.

David nunca llega; sólo es una manera de hablar de la ausencia como uno de los grandes recursos del teatro, donde siempre se habla de alguien que no está, que llegará, que ha partido. David es un gran paréntesis que contiene la escena total, al actor deseante porque Davison no cesa de desear, sabe ya que la eternidad está condensada en un instante, ése en el que la joven Mar tal vez acceda a mostrarle sus senos jóvenes. Todos los lunes en El Milagro.

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