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Ramón López Velarde: el mito que crece
"El fantasma de la prima Águeda", Vicente Quirarte, El Colegio Nacional, México, 2018.
Por Marco Antonio Campos

Ganador del premio Iberoamericano 2011 Ramón López Velarde, Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954) se abocó desde muy joven a la lectura de la obra del joven jerezano. En una división que haríamos como lectores, hay obras que se leen con pasión, otras con entusiasmo, otras con gusto. Quirarte ha seguido con pasión la obra lopezvelardeana.

La edad para leer a López Velarde es la adolescencia y después cualquier edad. Es el único poeta mexicano del que se pueden leer con deleite sus mejores poemas y mejores prosas un día y al día siguiente también, y es el único que, al irnos adentrando en el conocimiento de su vida, sentimos la nostalgia inútil de no haber tenido, para decirlo con sus palabras, “la preciosa dádiva de su trato”. No hay contemporáneo suyo que haya departido con él, aun sus mayores, como José Juan Tablada y Enrique González Martínez, que no hablaran de su caballerosidad y su nobleza de alma.

Escrito con la elegante prosa que caracteriza a Quirarte, el libro, El Fantasma de la prima Águeda, que publicó en 2018 El Colegio Nacional en su colección Opúsculos, se compone de cinco ensayos: “El Poeta en la Rotonda”, “Esbozos para un retrato”, el texto que da título al libro (“El fantasma de la prima Águeda”), “El poeta en la prosa” y “Una mitología llamada Ramón López Velarde”, de los cuales preferimos los tres últimos.

No sabemos quién fue la prima Águeda, o si es la suma de dos o más muchachas de su parentela materna, es decir, de los Berumen, pero Águeda ya es parte del imaginario erótico de la poesía mexicana. Hay un capítulo del libro de Martha Canfield (La provincia inmutable), donde realiza una inteligente interpretación técnica de “Mi prima Águeda”, en base a la importancia del sonido de las o, de la acentuación métrica, del tratamiento de las rimas, de la demora que producen los esdrújulos y de las consonancias y las asonancias. En su examen Vicente Quirarte trata de recuperar la sensualidad secreta que enciende cada verso y en donde la insinuación incestuosa no está exenta.

El negro era el color obsesivo de RLV. Los trajes que él usaba eran de ese color. Quirarte detalla algunos aspectos (añadimos alguno): negro es el vestido de Águeda, negro vestía la niña huérfana jerezana Isabel Suárez por el luto reciente, negro es el terror que de niño sentía cuando se le aparecían los espectros nocturnos, negro –en su imaginación– es el vestido de Margarita Quijano en el campo amarillo, negros los guantes de Fuensanta, negro han de vestir las jerezanas cuando él muera porque quedarán “un poco viudas”… En una intuición magnífica Quirarte escribe: “Imaginar a sus mujeres de negro, vestirlas de negro, recortar los trajes para su galería de imágenes, es una vanidad inconsciente por convertirlas en viudas, obligarlas a ser la primera novia y jamás la última.”

En una segunda parte del texto –como Gabriel Zaid en un perspicaz ensayo de los años ochenta (“Un amor imposible de López Velarde”)–, Quirarte enfatiza de López Velarde la negación o imposibilidad de amar, y claro, matrimoniarse. Uno de los textos centrales de los que parte Vicente es “Obra maestra”, es decir, donde el zacatecano, como soltero irrevocable, se compara a sí mismo con el tigre, que en una jaula de un poco más de un metro cuadrado hace ochos en el piso de la soledad, y sentencia que el hijo que no tuvo, el hijo negativo, es su obra maestra. Quirarte liga asimismo la calculada ruptura en San Luis Potosí de Ramón y María Nevares con la del filósofo danés Kierkegaard y Regine Olsen (Diario de un seductor). Si bien la soltería le viene a RLV por decisión propia desde la primera década del siglo XX, como puede leerse en su correspondencia con su mentor y amigo Eduardo J. Correa, debe haberse acentuado con la enfermedad venérea contraída, por ir “una vez y otra vez al jardín de los deleites”, como cuenta en su bello y terrible poema en prosa de El minutero (“La flor punitiva”). Si por las prostitutas sufrió el contagio, con ellas seguiría gozando. Bernardo Ortiz de Montellano, como ocasional testigo, y el crítico potosino Luis Noyola Vázquez, por confesión de amigos íntimos del poeta, escribieron, cada uno a su manera, que no había día que López Velarde no pagara parte del gasto con las prostitutas.

En “El poeta en la prosa”, Quirarte imagina a López Velarde leyendo Ensayos y poemas, de Julio Torri, libro publicado en 1917. Quizá López Velarde le deba algo en su idea de hacer un libro de brevedades de distintos géneros (el cual sería póstumamente El minutero), a la lectura del libro de Torri, al que admiraba.

“Sé poeta, aun en prosa”, escribió Baudelaire, y López Velarde lo cumplió a cabalidad. En sus textos en prosa López Velarde citó dos veces a Torri. Una, en 1916 (“La dama en el campo”), donde dice que en el texto que está escribiendo “no ha querido zurcir un ensayo, pariente (de lejos siquiera) de los que debemos a la maestría de Julio Torri”. Es decir, López Velarde ya lo elogiaba antes de publicar Torri su primer libro, el cual fue tal vez una respuesta al halago que recibió de Torri en Revista de Revistas, a propósito de La sangre devota: “López Velarde es nuestro poeta de mañana, como lo es González Martínez de hoy, y como lo fue de ayer, Manuel José Othón”. La otra mención al coahuilense es en diciembre de 1920, en una famosa reseña sobre El plano oblicuo, de Alfonso Reyes, en el cual López Velarde ubica a Torri en una breve lista de buenos prosistas del momento al lado de José Juan Tablada, Rafael López, Romero Muñoz y el mismo Reyes.

Poniéndose el atuendo de López Velarde, convirtiendo al zacatecano en su alter ego, Quirarte realiza una creativa interpretación de un tercio de los veintiún textos que componen Ensayos y poemas: “La oposición del temperamento oratorio y el artístico”, que enfureció a Antonio Caso al sentirse aludido; “De la noble esterilidad de los ingenios”, en el cual Quirarte orienta desde el título hacia el propio Torri y a varios ateneístas; “Del epígrafe”, el cual, cuando éste está bien colocado, es parte artística del texto que se creó; “Fantasías mexicanas” y “Vieja estampa”, de tema colonial, que Quirarte desdobla como escenas de un filme; “De una benéfica institución”, que tiene varias y variadas lecturas; “El raptor”, que es una suerte de aventura pasionalmente desesperada de un hombre de campo, y “Circe”, en el que el autor hace que López Velarde identifique su difícil destino con las mujeres.

En el último ensayo del libro, “Una mitología llamada López Velarde”, Quirarte busca responderse la causa del mito, comparándolo o contrastándolo con otros poetas y escritores mexicanos que han creado una imagen emblemática: Juan Díaz Covarrubias, joven escritor y médico veracruzano, fusilado a los veintiún años por los conservadores al mando de Leonardo Márquez y Miguel Miramón en Tacubaya el 11 de abril de 1859, cuando como médico civil había ido a auxiliar a los heridos; Manuel Acuña, con cuyo suicidio el 6 de diciembre de 1873 terminan emblemáticamente los tres romanticismos mexicanos; Manuel Gutiérrez Nájera, un “galeote de la pluma”, quien parece que no dejó un instante de escribir en el breve curso de su vida, y José Vasconcelos, como alto intelectual y denodado hombre de acción. Quirarte integra a López Velarde en la lista: “Fue un tipo de héroe más opaco y por ello más enigmático.” Por ese secreto o misterio es tal vez el único autor mexicano del que se ha explorado sin descanso la última línea de su escritura y el rincón más recóndito de su vida. Un secreto develado de López Velarde sólo sirve para crear más secretos.

Cierto: fue hombre de escasos y buenos amigos. El primer círculo lo conformaron Pedro de Alba, Saturnino Herrán, Enrique Fernández Ledesma, Rafael López y Jesús B. González, pero prácticamente llevó muy buena relación, lejana o próxima, pese a los siete años que vivió en Ciudad de México, con todos los buenos poetas y escritores, incluyendo jóvenes como José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano, Manuel Maples Arce y Ermilo Abreu Gómez, que luego escribirían sobre él páginas de entrañable afecto.

“El mito López Velarde nació el mismo día de su muerte”, escribe Quirarte. Desde entonces y durante casi un siglo el mito no ha dejado de crecer. ¿Murió a tiempo López Velarde?, como se pregunta Quirarte. Para el mito, pienso que sí; para el gran poeta que fue, no lo creo. Para saber que el campo pródigo podía dar aún por un buen tiempo cosechas prodigiosas, basta leer “La suave Patria”, terminada en abril de 1921, el bellísimo y complejo libro de El Minutero, publicado dos años después de su muerte, y varios poemas inolvidables del libro póstumo en verso El son del corazón (1932).

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