Bemol sostenido

- Alonso Arreola | t: @LabAlonso / ig: @AlonsoArreolaEscribajista - Sunday, 10 Jan 2021 10:19 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
'Rompan todo' y el canon Santaolalla (I de II)

 

El irresoluble problema de este documental salido a finales de 2020 se halla, para empezar y como mucho se ha dicho, en el doble postulado que lo bautiza: a) “Rompan todo” y b) “historia del rock en América Latina”. No es difícil desarmar tan frágil supuesto y, a partir de ello, cuestionar el andamiaje entero. ¿Vale la pena el esfuerzo? No, pues se trata de una pieza menor con altas dosis de clichés, nepotismo y olvidos. Sin embargo, creemos que resulta positivo entrar a ciertos aspectos de su polémica, pretexto valioso en tiempos de relajación mental. Además, la historia la hacemos todos.

Dejando de lado cualquier originalidad, su guión ignora metodologías que ayuden a la definición central de “nuestro rock”, lo que de suyo es harto complejo –por más que suceda en el mismo idioma– pues sus vestigios digitales son insuficientes y no se puede llegar a ellos echando mano de los amigos de siempre. Así, faltó humildad, trabajo para una investigación profunda que luego pudiera aspirar a cierta justicia histórica. Entendemos las sutilezas culturales, generacionales y estéticas involucradas, pero tanto el fácil estridentismo de tarima –de bares a festivales– como el relajado testimonio de guarida –de comedores a estudios personales– terminaron por robarle seriedad y sentido a su promesa.

Dicho eso, los testimonios elegidos para delinear el camino son pobres en número, variedad y lucidez; son los autorizados por el “canon Santaolalla”, ése que persiste en un ecosistema de certidumbres personales y no en la vibrante realidad colectiva que se sacude entre las sombras. Algunos de los entrevistados cuentan con éxito más o menos sostenido, pero a varios les falta estatura y olvidan lo aprendido desde las conquistas europeas. Esto: no importa el entusiasmo, la historia no toma la forma de quien la cuenta. Así, el ejercicio queda en la superficie, adherido al mismo comportamiento político que pretende cuestionar sin mancharse, sin romper nada.

Sobra decir, además, que nos parece impensable hablar de “América Latina” sin acercarse a cada país que la integra. Otro problema es la inclusión desordenada de pietaje de archivo donde gobiernos represores calientan los bulbos de la protesta social. Porque se va volviendo una obligación forzada más que un leitmotiv natural. Y es que si bien durante algunos años hubo enormes limitantes, una vez que se estableció la industria del rock fueron los propios músicos –o su mayoría– quienes abandonaron toda crítica al sistema. Esto por ya no señalar incongruencias temporales o generacionales graves.

Claro, hubo dictaduras como las de Pinochet y Videla, guerras como las Malvinas, terremotos como el de México, levantamientos como el del EZLN, situaciones a las que el rock respondió. Pero habría que ver si tal reacción dio frutos de largo aliento; si se trató de bandas aisladas o de movimientos masivos con grandes gritos de batalla. Porque disfrazar la rebeldía adolescente con activismo nos parece un despropósito. Nuestro rock ha sido menos revolucionario de lo que pretende plasmar la serie.

Con semejante título, también se esperaría que finalmente hubiera luz para el rock urbano; para el rock experimental que nunca verá la miel de las masas, pero que influye en músicos notables; para el rock progresivo y el metal profundo; para las fusiones latinas que van más allá del ska y, claro, para el pop rock de inteligencia electrónica que en nada se relaciona con Nortec. Sí. Santaolalla pudo dar en el clavo y enaltecer las propias huellas si no hubiese caído en la tentación de una falsa humildad que termina exacerbando su vanidad totalizante. A diferencia de Sócrates, no aprendió que mientras más sabía más ignoraba.

Terminaremos la próxima semana con otros asuntos, como el desatinado trato a las mujeres. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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