Italo Svevo y el tabaco como vehículo universal

- Ricardo Guzmán Wolffer - Sunday, 04 Apr 2021 08:10 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En la pluma de un gran escritor como Italo Svevo (1861-1928) el tema del consumo de tabaco en cualquiera de sus formas, pero sobre todo en cigarrillos, adquiere relevancia intelectual y por supuesto social. En ese marco de ideas, aquí se discute el uso y abuso de las drogas “legales” y los posibles desaciertos de la censura.

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Italo Svevo (Italia 1861-1928) es uno de los mejores autores de su generación. Famoso por sus novelas, como La conciencia de Zeno, en la recopilación Del placer y el vicio de fumar se acopian varias de sus menciones sobre cigarros, cigarrillos y tabaco, hechas en varios de sus libros y artículos. Escritor de las costumbres de las altas clases sociales europeas, los problemas de sus personajes con fumar, dejar de fumar y cómo hacerlo se vuelven pretexto para hablar de temas más generales.

Si el tabaco es uno de los placeres individuales, Svevo lo relaciona con otros. Desde las escapadas amatorias con una organizada fémina que recibe a sus “clientes de cigarrillos” ciertos días y en horas específicas, hasta el peculiar placer de dejar el cigarrillo una y otra vez, internación y fuga de una “casa de salud” de por medio. Su pluma excepcional permite ver la trascendencia de eso que parece no tenerla.

Si hoy se ha legalizado el uso lúdico de la marihuana y ha comenzado el largo camino para replicarlo con otros narcóticos, el texto de Italo sirve, de entrada, como muestra de la antigua mirada sobre el tabaco: más un capricho que una adicción capaz de provocar enfermedades mortales. El actual tratamiento para dejar de fumar es muy distinto del que narra el autor, quien es aislado en un cuarto con todas las comodidades para que no tenga oportunidad de fumar. Sin embargo, un poco de dinero y brandy para su “enfermera” le abren el camino para salir caminando y regresar muy divertido al lado de su mujer, quien tampoco se toma a mal la peculiar broma del fumador. El cigarrillo es oportunidad para hablar de la comunicación marital. En otro texto leemos las promesas de novios que el joven le hace a la futura esposa: dejar de fumar.

Fumar es ocasión de hablar sobre los hombres casados de cierta edad, que buscan unos momentos con esta mujer joven que sabe cómo atenderlos. Fumar también sirve como vehículo social. Lejos quedaron los tiempos donde, en aviones y trenes, se asignaban áreas para fumadores. Impensable entonces limitar, incluso en zonas abiertas, lugares para fumadores, hoy prohibidos en cualquier espacio cerrado de acceso público; lo cual, por cierto, apenas ha incidido en la disminución de fumadores. Prohibición por vencer para adolescentes desinformados o reto a soportar las recaídas físicas para adultos fumadores, el tabaco llama a muchos. En una pandemia que llama a la reclusión, fumar en solitario, sin ser visto por menores, es una posibilidad inamovible para millones.

El uso de tabaco, droga legal estigmatizada desde hace décadas por los posibles efectos en fumadores pasivos, cada vez nos recuerda más la manera en que los Estados inciden en la vida privada. Si hoy se avisa en cines y plataformas que las películas o series contienen personas fumando, con la misma importancia con que se informa la exposición de violencia o sexo explícito, bajo la necesaria prevención del tabaquismo en menores de edad, en México tales medidas chocan con la falta de una política pública que no sólo prevenga el consumo de drogas ilegales, sino también impida su siembra, venta y exportación. Se atacan películas y personajes de fantasía con argumentos de cuidado social, cuando en la realidad mueren miles de personas en todo el país por conflictos directos de la delincuencia organizada, vendedora de drogas que provocan daños irreversibles a niños y adolescentes, capaz de introducir cigarrillos con sustancias de pésima calidad para venderse fuera de establecimientos y sin pago de derechos.

Si el uso del tabaco es vigilado en manifestaciones artísticas y culturales, confiemos en que la censura no señale también a los artistas fumadores, como Svevo, quien elogia largamente los placeres de leer y fumar, y no vayan a retirarse de la oferta de consumo sus obras, como ha sucedido con películas otrora consideradas magníficas, hoy tildadas de racistas o promotoras de conductas indebidas, en medio del culto a la personalidad mediática, donde parecen importar más los blogueros y youtubers (hasta puestos de elección popular se les ofrecen) que quienes ofrendan la vida en la sisífica lucha contra el Covid.-19. Es inolvidable el legislador, exministro de la Suprema Corte, que presentó (y obtuvo) una suspensión de amparo para fumar dentro de la Cámara de diputados con la Ley contra el uso del tabaco ya vigente.

Por un lado, Svevo se preocupa en voz de sus personajes por dejar de fumar, para dar ejemplo a su descendencia y para no soportar enfermedades físicas; pero por otro explica lo bien que le saben los cigarrillos fumados bajo el engañoso lema de ser “el último”. Su hábil pluma logra antojar al lector a probar esos cigarrillos que a él le resultan de una exquisitez casi gastronómica. Svevo logra un eficaz llamado a la autodefinición: somos lo que decidimos, mientras asumamos las consecuencias.

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