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Chilpancingo en llamas

'A la orilla de la carretera (crónicas desde Chilpancingo)', Vicente Alfonso, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2021.
Carlos Martín Briceño

 

Poca gente ha de querer vivir en Chilpancingo, la “peor ciudad para habitar en México”, según encuestas realizadas en los últimos años. Pero Vicente Alfonso, en 2016, debió trasladarse allí con su familia durante un tiempo por causa del trabajo de su esposa. A partir de esta circunstancia comenzó a escribir “una colección de asombros, de dudas, de alguien que llega y descubre algo que daba por visto nada más porque había pasado por ahí”, que al cabo le serviría para fraguar el libro A la orilla de la carretera (crónicas desde Chilpancingo), el cual le valió obtener el Premio Nacional de Crónica Literaria Carlos Montemayor 2018.

Desde las primeras páginas de este volumen, publicado recientemente por la Universidad Autónoma de Nuevo León, uno entiende que se trata de un conjunto de textos donde el autor hace partícipe a los lectores de su confección, acercándoles asuntos que a diario llaman fuertemente su atención. De allí que la crónica con la que abre, “¡La basura, jefa!”, se refiera a un problema que afectó directamente a su familia: el pésimo servicio de recolección de desperdicios en Chilpancingo. Este relato, que ejemplifica muy bien la descomposición de las cosas en esta capital, le sirve como preámbulo para entrar de lleno a temas más duros, como la violencia de género y las desapariciones forzadas pues, como bien apunta al final del texto, “a veces algunas de esas bolsas no contienen basura y son levantadas por agentes del Ministerio Público y del Servicio Médico Forense”.

A partir de ese capítulo, siguiendo las huellas de Carlos Montemayor, quien también visitó la zona años atrás con el fin de escribir su Guerra en el paraíso, Vicente Alfonso se enfrasca en una investigación periodística que abarca varios temas relacionados entre sí. Desde el recuento de las muertes y desapariciones de estudiantes atribuidas al crimen organizado, hasta terminar con un intento de valorar los pros y contras de la existencia de los grupos de autodefensa y policías comunitarias, pasando por la persiste búsqueda del informante militar que proporcionó a Montemayor los datos principales para su polémica novela.

Una de las cosas que más se agradecen en este libro es que el autor, para atemperar la crudeza de los acontecimientos, intercala, de pronto, anécdotas relacionadas con las letras. Por ejemplo: al relato “¿Dónde están?”, que se refiere a la desaparición del músico Rosendo Radilla Pacheco (emblemática víctima de las desapariciones forzadas de la “guerra sucia”, cuyo caso llegó hasta la cidh) le sigue “Por los caminos del sur”, donde el cronista evoca que fue en estas rutas, mientras manejaba un Opel blanco por la México-Acapulco, cuando García Márquez supo cómo debía escribir Cien años de soledad, la más emblemática de sus obras. Este tipo de alternancias temáticas mantiene viva la curiosidad sin que el ánimo para continuar decaiga.

Además, para darle una directriz certera a su trabajo, Vicente Alfonso se apoya en la experiencia de otros y entrevista a personajes clave, quienes aportan datos sustanciales a su investigación. Un encuentro lleva a otro. Se cita con Juan Villoro, quien le da la idea de “acomodar sus pasos sobre las huellas de Montemayor”, conversa con Salvador Martínez Della Rocca, una de las voces incluidas en La noche de Tlatelolco (Elena Poniatowska, 1971) y amigo íntimo de Montemayor; bebe café con la periodista Laura Castellanos, autora de México armado (ERA, 2007) y de numerosos reportajes sobre movimientos armados en nuestro país, quien le sugiere entrevistar al exgobernador y exguerrillero (formó parte del grupo de Lucio Cabañas) Rogelio Ortega Martínez. Finalmente será éste, en un encuentro al que accede después de mucha insistencia, quien concluye con una reflexión lapidaria cuando el cronista le pregunta si hay alguna manera de lidiar con los poderes fácticos en Guerrero: “Los señores del narco están allí porque es un gran negocio. Hay un producto prohibido que tiene gran demanda y unos campesinos en la pobreza absoluta para quienes cosechar diez kilos de goma es más rentable que cosechar diez toneladas de maíz. Esa es una parte que hay que entender y explicar. Si no se entiende y no la sabemos explicar, el campesino que siembra es un delincuente.”

Algunos pasajes personales del cronista contribuyen a dar mayor fuerza al libro, como el que narra el autor cuando asesinan a un hombre a las puertas del kínder de su hija, a vista y paciencia de maestros y párvulos, o el otro que vive cuando sube con un guía a la sierra de Atoyac, corazón del cultivo de la amapola, y escucha a lo lejos tres balazos que bien pudieron haber sido destinados a él.

A la orilla de la carretera es una lectura de palpitante actualidad en estos días violentos, porque nos recuerda que, a más de medio siglo del surgimiento del Partido de los Pobres en Guerrero, sus demandas de justicia siguen sin ser atendidas.

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