Dos fragmentos literarios

- Francisco Zarco - Sunday, 12 Sep 2021 07:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Reiré, lloraré, elogiaré, censuraré, negaré mañana lo que diga hoy, y seré siempre el mismo, ligero, veleta, inconsecuente.

(“Resurrección de Fortún”, 1851)

Durante la corta etapa que Francisco Zarco dedica a su actividad literaria, de 1850 a 1855, publica en la prensa más de un centenar de textos que nos muestran a un escritor introspectivo que deja a un lado su faceta más política. A veces con humor y otras con melancolía, combinados con una visión sociológica no exenta de ingenio, sutileza y filosofía, los artículos literarios de Zarco son ensayos descriptivos, cuadros de costumbres, reflexiones personales y estudios morales escritos con un estilo propio donde plasma sentimientos contrapuestos, derivados de su conocimiento de la condición humana, la angustia vital, la soledad y la esperanza en el porvenir.

X.F.C.

El crepúsculo de la ciudad

Y esta hora de crepúsculo es la hora de nuestra época, de nuestra generación escéptica, de nuestro carácter incierto, de nuestra existencia dudosa… Todo está en crepúsculo, todos los soles que han iluminado el mundo, están en su ocaso; la dicha de los pueblos es una cuestión crepuscular; la dicha del individuo es tan efímera, tan débil, como el último rayo del sol, las inspiraciones del genio son ya vacilantes. El heroísmo ha dejado de existir, la noche del patriotismo llegó hace mucho tiempo; la política, la literatura, el amor, la moda, el entusiasmo, la fe, toda clase de creencias, de pasiones y aún de vicios está en verdadero crepúsculo. Todo es claro-oscuro, todo es incierto, todo es confuso. Por todas partes hay resplandores moribundos, nieblas que crecen. Y el ruido de la hora del crepúsculo es el ruido de la época. El comercio, la industria, el arte, todas las cuestiones sociales, políticas, religiosas y morales, hacen mucho ruido, todas se reúnen y se juntan, como se encuentran al anochecer todas las clases sociales; por todas partes rumores, bullicio, y ese conjunto de ideas vacilantes, de dudas, de proyectos, de temores, forma el caos general, el crepúsculo de una sociedad cansada de sí misma, incrédula, apática, soñolienta, y que prorrumpe como delirante en carcajadas y en sollozos. Vosotros los que sois poetas, ¡seguid, seguid cantando a la hora del crepúsculo, y haciendo comparaciones entre nubes y cortinajes, y rumores, y besos, y lirios, y virtudes! Seguid, seguid, porque yo a esta hora, cuando vengo por la ciudad, vuelvo con humor negro que ahora he querido dividir con los que me leyeren.

¿Se fastidiarán? ¿Qué se me da a mí? ¿Qué me importa que haya quien sienta tedio o cansancio? (Ilustración Mexicana, tomo I, p. 233).

Los seres excepcionales

Un hombre condena a los libertinos y se jacta de buen esposo o de buen padre. Un joven censura a los hijos ingratos y protesta el respeto que guarda a los autores de sus días. Otro critica a los holgazanes y habla de sus tareas y de sus constantes ocupaciones.

El médico condena la charlatanería de sus compañeros, su inhumanidad para con los pobres, su arrogancia, su interés, su abuso de términos técnicos para alucinar a los profanos; el abogado censura con acritud al que enreda los litigios, al que se niega a defender al desvalido, al que despoja de sus bienes a una familia, al juez que prevarica; el comerciante condena la usura, la mala fe, el agiotaje, las especulaciones ruinosas para el pueblo; el músico se burla del cantante que se desentona, del maestro que viola las leyes del contrapunto y de la armonía; el pintor se ríe del emborronador que da mal el colorido y las sombras, y no tiene gracia ni originalidad en sus cuadros; el sacerdote se escandaliza contra el párroco que esquilma al feligrés, contra el predicador que desatina; los hombres, en fin, declaman contra los inconstantes, los ingratos, los avaros, los perjuros, y gritan contra todos los defectos, contra todos los vicios, contra todas las faltas; pero todas estas censuras, todas estas declamaciones, todos estos gritos, todos estos lamentos, todas estas quejas, todas estas burlas, por grande que sea la generalidad que se les dé, tienen siempre un estribillo forzoso, inevitable, preciso: ¡Yo no soy así, yo soy un ser excepcional!

Por eso, por eso creo en los seres excepcionales. Pero mala señal es que nadie quiera ser como son los demás, y que todos se afanen por presentarse como seres excepcionales.

Extraña fortuna de nuestra época en que todos conocen, ponderan y condenan el mal, gritando que rebosa en la sociedad entera, y en que cada uno se declara libre del contagio. Si creemos en los defectos de la humanidad porque los oímos censurar, también creemos que todo defecto y todo vicio es un ensueño, una quimera, porque no hay quien no se presente como excepción de lo que reprueba.

Lo cierto es que no da la mejor idea de sí el género humano, cuando se observa que no hay quien quiera ser igual a la gran mayoría de los hombres, y que nadie quiere parecerse a los demás. (Ilustración Mexicana, tomo IV, p. 387) .

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