La Casa Sosegada

- Javier Sicilia - Tuesday, 04 Jan 2022 23:19 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
'Las plegarias' de Francisco Torres Córdova

 

Desde hace quince años la poesía en México ha tenido que enfrentarse a uno de los problemas más extremos de su quehacer: el mal, la negación absoluta del sentido, el lugar de lo mudo donde el lenguaje fracasa. Como en Auschwitz, cuyo horror hizo exclamar a Theodor Adorno: “Después de Auschwitz es imposible escribir poesía”, los poetas, en un México cuyas atrocidades no encuentran todavía un nombre que pueda enmarcarlas, nos enfrentamos a un dilema semejante.

En Alemania hubo tres grandes poetas que asumieron el desafío de Adorno –Paul Celan, Nelly Sach y Bertolt Brecht– y en la lengua alemana, degradada por el nazismo, en esa lengua que hizo posible el galimatías de Auschwitz, lo intentaron.

En México, los poetas que aún saben lo que escribir poesía significa en un mundo que la hace imposible, también lo han intentado en nuestro español roído, gastado, descuartizado como los cientos de miles de cuerpos desaparecidos en tambos de ácido, en fosas clandestinas, en el asesinato, en las márgenes de la orfandad, de la indigencia, de la migración, de las adicciones, del crimen, de la enfermedad…

Yo, que he decidido guardar silencio ante tal horror y me he vuelto extremadamente exigente e intolerante con los poetas, encuentro sólo un puñado de poemas que, como algunos de los que escribieron Celan, Sach y Brecht, han logrado llevar ese horror a las orillas del español, a a ese sitio dónde la palabra roza lo inefable del mal antes de quebrarse.

A ese puñado de poemas pertenecen los Monólogos compartidos. Las plegarias de Francisco Torres Córdova, que Ediciones Sin Nombre acaba de editar y que reúne los poemas que el poeta publicó de 2016 a 2019 en estas mismas páginas.

La palabra “plegaria” es hermosa. No sólo es pedir, suplicar, es también lo que, entendida en su sentido estricto, la poesía es en parte: la voz de una tribu que habla a lo sagrado, a lo que nos trasciende, a aquello que contiene los significados perdidos.

Hay, así, en Las pleagarias de Torres Córdova, algo que recuerda a los Salmos y los profetas. En ellos –“profeta quiere decir “mensajero”, “portavoz”– un pueblo sufriente habla y pide lo que injustamente se le quitó y se le debe. Recuerdan también –aunque no es el lugar desde donde el poeta habla– lo que en la tradición católica se llama “comunión de los santos”, en la que enlazados en el misterio de la Palabra, vivos y muertos compartimos el amor y la esperanza en medio de las tribulaciones. Cada “plegaria” de Francisco Torres Córdova nos une así en una especie de asamblea invisible. Allí, unidos en la súplica, nos volvemos aquel que la pronuncia: un monólogo que, semejante a la asamblea eucarística, se vuelve coro, intercesión de todos en el sufrimiento del otro. Somos así, en cada una de esas plegarias, el desaparecido, la violada, el adicto, el anciano, el agónico…

Lo que hace más conmovedoras estas plegarias es que están escritas con un lenguaje que, dadas las condiciones de degradación de nuestra lengua, no pertenece ni quieren pertenecer a ningún género literario. Están escritas más allá o más acá de ellos, allí donde la palabra nace de una honda escucha del sufrimiento humano y frisa las orillas del sentido.

Yo, que conozco en carne propia el sufrimiento de ese pueblo, de esa dura fraternidad de los despojados, las he rezado, como en una asamblea litúrgica, en voz alta, una por una, cada día, con un nudo en la garganta. Ellas me dicen, nos dicen en nuestro dolor, en nuestra angustia, en nuestro clamor y en esa inhóspita esperanza que nace cuando se ha aprendido a desesperar de todo.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los Le Barón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

 

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