Biblioteca fantasma

- Eve Gil - Sunday, 24 Nov 2019 08:01 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Le llamo “Manuelito” porque quiero engrandecerlo y no al revés. Ni siquiera es pequeño, salvo por su apellido.

 

Síndrome de Werther con tango

Le llamo “Manuelito” porque quiero engrandecerlo y no al revés. Ni siquiera es pequeño, salvo por su apellido. Luego de leer su primera novela, que en realidad es producto de infinitos borradores, La vida es un tango por Calderón de la Barca (Ediciones Periféricas, México, 2019), más ganas me dan de hablarle en diminutivo a Manuel Pérez-Petit, porque pese a ser un hombre de cincuenta y dos años (nació en Sevilla, España, en 1967), sigue siendo el niño prodigio que narra esta extraña historia de amor, que justo por rara refleja fielmente la realidad, tan loca como “un tango por Calderón de la Barca”: Hoy amamos, mañana no. Mañana encontramos al amor de nuestra vida que transmite la inequívoca señal de sentir exactamente lo mismo que nosotros… una semana más tarde, lloramos desconsolados en la banca de un parque de París, completamente solos y confundidos.

Manuel, joven poeta sevillano más que prometedor a principios de los noventa, organizador de todo tipo de simposios y festividades literarias en el colegio mayor Larraona; amigo de prestigiados –algunos legendarios poetas– con edad para ser sus padres, incluso abuelos (Ángel Urrutia entre éstos) que no tenían empacho en confiarle trabajo inédito. Allí, entre “esas maderas de imitación medieval”, el joven de melena leonada que, como buen niño terrible –no tan terrible, no tan posado en su caso– acarreaba una ornada pipa como extensión de sí mismo, rodeado de un 99.9% de hombres maduros, conocería al amor (al que sigue siéndolo, pensaría, si me atengo al novísimo dolor que derraman estas líneas y a la tristeza que el propio autor enmascara tras su perenne y blanco sentido del humor) en la persona de una chiquilla algo más joven que él que lo busca para solicitar que se le permita participar en una de las tertulias del colegio, coordinadas, sí, por Manuelito, pero siempre abiertas. Si algo no ha sido nunca nuestro romántico héroe, es elitista. Si algo no es tampoco, es un macho. Conmueve verlo esmerarse frente al espejo, como haría cualquier muchachita; como lo haría una mujer sin importar su edad, que desea que su novio o su amante con el que está a punto de tener un encuentro, la considere la más hermosa de las mujeres, al menos por esa noche.

Conforme avanzo en la lectura, más me acuerdo de Las cuitas del joven Werther, de Goethe... “¡Uy, qué lejos te fuiste! ¡Mira que comparar a tu amigo nada menos que con Goethe!” Lector que no sabes leer, que lees demasiado aprisa o lees con las vísceras, como por desgracia leen la mayoría de los “críticos” nacionales. No, no estoy comparando a Manuelito con Goethe. Estoy comparando lo que me hizo sentir el joven Werther con lo que me hizo sentir este joven y prometedor poeta enamorado de una chava con manos de virgen dolorosa que no sabe lo que quiere, como no lo sabe la mayoría de las chavas a esa edad, aunque nuestro muy maduro héroe lo sabía… y casos se dan, aunque sean excepcionales. La prueba es que casi treinta años más tarde, Manuel Pérez-Pétit me hace vibrar (no sé a ustedes) con el sonido de un collar arrancado y sus cuentas rebotando sobre unas baldosas mojadas de París. Ese “¡Sí!” que al cabo de pocos días (no un mes, ni un años: semanas) se transforma en un “siempre no”.… y no una: ¡dos veces! Y no es que el narrador protagonista esté aguardando un reparo a su corazón destrozado (¡tiene su orgullo!), es sencillamente que Manos de Virgen (¿es Antea su nombre?) nos resulta tan hermética como al propio Manuelito. Parece ingenua. Pero también podría ser una verdadera hija de puta narcisista. Lo importante aquí es la bellísima escritura de Manuel Pérez-Pétit, la forma en que desarrolla una historia que parece no ir hacia ninguna parte, como no van este tipo de historias donde una de las partes no corresponde –o no quiere corresponder– los sentimientos de la parte resuelta a entregarlo todo, “...yo vivía ciego de remate, hasta la locura, lleno de pétalos, apenas consciente de mi discapacidad incurable [...] hiciste conmigo un universo nuevo capaz de levantarse de sí mismo [...]”

 

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