Artes visuales

- Germaine Gómez Haro [email protected] - Sunday, 05 Jan 2020 07:53 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Los 2 mil 501 migrantes de Alejandro Santiago

 

Entre 2004 y 2006 participé en la realización de la serie de diez documentales sobre la plástica oaxaqueña contemporánea titulada Otro modo de ver, dirigida por Albino Álvarez. La curaduría de la serie integró una selección de los creadores más destacados de la región que se dieron a conocer a partir de los años ochenta, década en la que se originó el boom cultural propiciado por Francisco Toledo. Entre esos artistas se incluyó a Alejandro Santiago (1964-2013), un creador muy peculiar nacido en Teococuilco de Marcos Pérez, pequeña población enclavada en la Sierra Juárez. El documental dedicado a su trabajo de esos años se titula Los ausentes y registra el proceso de elaboración de un proyecto titánico al que dedicó los últimos años de su vida con pasión y vehemencia. Cuando comenzamos la filmación, el proyecto estaba en la primera fase de desarrollo y fuimos testigos de la voluntad inquebrantable que lo llevó a vencer toda suerte de obstáculos hasta concretar su sueño: la creación de 2 mil 501 figuras de barro de tamaño natural que representarían a los 2 mil 500 migrantes que salieron de su pueblo natal “al otro lado” en busca de mejores oportunidades; el documental evoca a los millones de mexicanos que a duras penas se ganan la vida en el país vecino, y a todos los demás que se siguen viendo obligados a partir. Constatamos el esfuerzo colosal que Alejandro hizo, siempre apoyado por su esposa Zoila, para conseguir el financiamiento de un proyecto tan desmesurado, complejo en todos los sentidos. Pero el artista siguió su voz interior y no se dio por vencido, ni aún cuando un torrencial aguacero inundó su taller en Santiago Suchiquiltongo, Etla, y destruyó más de trescientas piezas que esperaban su entrada al horno. Animado por sus propios ayudantes que ya habían hecho suyo el reto, recomenzaron de cero. Alejandro pintaba de sol a sol, organizaba exposiciones e invertía todas sus ganancias en la producción de sus migrantes. En el documental vemos las manos ágiles de los trabajadores que aprendieron de Alejandro el oficio del modelado en arcilla y con una soltura increíble trabajaron cada pieza dotándola de rasgos estilísticos propios a través de texturas, engobes y colores para conferir a cada personaje una identidad individual. Después de mucho bregar, llegó el afortunado apoyo de la Fundación Rockefeller, con el cual adquirió un horno de alta temperatura donde finalmente podía “cocer” numerosas piezas a la vez. Contra viento y marea, su sueño se hizo realidad: en 2007, las 2 mil 501 figuras de barro viajaron a Monterrey a presentarse todas juntas por primera vez en el Fórum Internacional de las Culturas en el Parque Fundidora, megainstalación que tuvo un efecto sobrecogedor. A lo largo y ancho de una extensa planicie jardinada desfilaban los migrantes con sus rostros taciturnos y apesadumbrados, evocando a la multitud de hombres, mujeres y niños que tienen que dejar su terruño empujados por la pobreza extrema, con el miedo en las entrañas pero la frente en alto.

El deseo de Alejandro fue que sus migrantes de barro viajaran por el mundo llevando su mensaje de denuncia y como un canto a la esperanza y a la solidaridad. Tras presentarse en varias ciudades de nuestro país y en el extranjero, han llegado al Colegio de San Ildefonso 501 piezas de este impactante conjunto escultórico. Los migrantes de Alejandro Santiago conmueven porque son metáfora de uno de los dilemas éticos más dolorosos de nuestro tiempo. La instalación tiene lugar dentro del marco de la celebración del 30 aniversario del Centro de Investigaciones Sobre América del Norte (Cisan) cuyo objetivo es promover el análisis del fenómeno migratorio. Para ahondar en el trabajo de Alejandro Santiago, se proyectan los documentales Los ausentes mencionado líneas arriba y Reencuentros: 2501 Migrantes, de Yolanda Cruz. Alejandro Santiago se nos adelantó muy pronto, a los cuarenta y nueve años de edad. Su legado es inconmensurable: un arte de vocación social que no deja a nadie indiferente.

 

 

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