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La arquitectura como una forma de la biografía

'De la tierra al cielo. Cinco arquitectos mexicanos', Elena Poniatowska, Seix Barral, México, 2019.
Xavier Guzmán Urbiola

Cinco entrevistas se reúnen en este libro a igual número de arquitectos mexicanos. Algunas resumen una larga serie de pláticas que la autora mantuvo durante años con sus amigos; es el caso de Luis Barragán, Diego Villaseñor y Francisco Martín del Campo; otras, al parecer, fueron realizadas ex profeso para este volumen: Teodoro González de León. Una es singular, porque el entrevistado la estructuró: Andrés Casillas.

Los sujetos de la investigación de Poniatowska, esos seres humanos detrás de los arquitectos en quienes puso la mira, pertenecieron o pertenecen a generaciones diversas, poseen intereses y maneras de entender su trabajo distintos, así como un carácter bien definido. ¿Qué los emparenta además de ser arquitectos y ser los objetos del escrutinio de una de nuestras periodistas más destacadas? Ella dice en el prólogo que su libro: “pretende ser un homenaje a los creadores de muros, casas, edificios públicos y privados […], porque si algo une a los cinco –además de su devoción al arte– es el amor a México, a sus materiales, a sus paisajes, a sus necesidades físicas y emocionales”.

Sin embargo, creo que los eligió también porque tenían algo que decir, no sólo a sus colegas sino a un público general, que a su vez está interesado en entenderlos. A Barragán se le metió hasta la médula. Él, con los brazos cruzados, sus trajes de franela gris perfecta y sus manos de dedos alargados, habló de las aportaciones de la arquitectura vernácula en los pueblos y ranchos de su infancia para, desde la elegancia y el silencio, universalizar lo local. Ella durante años percibió en sus labios “su erotismo velado”, su “espíritu franciscano suave y tenebroso”.

Con González de León, Poniatowska mostró su frustración al reconocer que lo entrevistó “muy tarde en su vida (y en la mía)”. Así, ante el resultado previsible, ironizó: “me habló de las 10 vueltas diarias que le daba a su alberca techada, de cómo cuidaba su salud, del All Bran que desayunaba”. Por lo tanto, decidió balacearlo a preguntas hasta que él no pudo sino suplicarle: “ya, ya…, párale”. Me la imagino con su sonrisa y sus ojos chisporroteantes. Entonces le contestó con humor: “Falta poquito”, al tiempo que continuaba la refriega.

De Villaseñor rescató su formación “contrastada” en la entonces Escuela de Arquitectura de la unam, con maestros como Félix Candela o José Luis Esquerra, frente a sus encuentros con Luis Barragán y Chucho Reyes. En estas pláticas, estos últimos lo sentenciaron o lo advirtieron: “no, pues ya te echaron a perder”. Por fortuna, explicó, tenía cerca a su padre, quien le dio admirables consejos sobre la fealdad de las obras de algunos de sus maestros y sobre temas de “construcción”.

Martín del Campo es en apariencia el más joven de los incluidos en el libro. Un buen constructor y coordinador de un equipo eficientísimo en una empresa enorme de desarrolladores inmobiliarios; es el más técnico y el que más ha mirado al exterior. Ella lo conoció “de recién nacido”; él se explayó explicando cómo ha evolucionado y se ha perfeccionado el conocimiento que tenemos hoy de la mecánica de suelos y cómo los despachos de cálculo estructural mexicanos se han internacionalizado.

Entrevistar a Casillas fue para Poniatowska una delicia y se nota. Con sus ochenta y cinco años es el más joven de los incluidos en el libro. Ella no lo interrumpió, sólo en contadas ocasiones, y lo dejó irse de largo como hilo de media. Él está psicoanalizado. Con una estructura clara narró a su entrevistadora el tránsito hilarante de un jovencito rebelde, atrevido e irresponsable, que al correr sus aventuras llegó a tocar el fondo de su alma, de su vida, de su estructura social, y solo, completamente solo y estando tan lejos como en Isfahán, Persia, cayó en una depresión grave. Ahí empezó a preguntarse: ¿qué hago aquí, de qué y de quién estoy huyendo? Esto, al dar un cambio a la entrevista, de la comedia al drama, hace que el lector pase de la diversión y sorpresa al asombro, tristeza y, por supuesto, al interés por seguir leyendo para descubrir cómo aquel joven inició el cambio de su mantra, o salvó su alma y, con ellas, su vida, para ponerse a proyectar y construir.

En este libro no se hallarán análisis complejos de las obras de estos arquitectos, tampoco revelaciones sobre los distintos componentes de sus proyectos y edificaciones: contextuales, espaciales, estructurales, de habitabilidad, menos aún explicaciones técnicas. Sí, en cambio, un apartado fotográfico, “Fierros en el periférico”, de Graciela Iturbide, y un par de finos dibujos de Alberto Beltrán. Asimismo, una serie de ideas y/o teorías de los entrevistados y, puesto que los arquitectos en un noventa por ciento de los casos las exponen o escriben por dos razones (o son propagandísticas de lo que quieren hacer, o son justificatorias de lo que ya hicieron), aquí se descubrirán más reflexiones del segundo tipo que del primero. Esos arquitectos decidieron enfrentar a su entrevistadora en la arena en que se sienten más seguros: la arquitectura intuitiva, espiritual, del silencio y alejada, en apariencia, de las teorías (Barragán, Casillas); los grandes corporativos, edificios enormes y conjuntos mixtos (González de León y Martín del Campo); las elegantes palapas modernizadas de las playas mexicanas (Villaseñor). Ella, partera socrática (puesto que toda “obra artística es autobiográfica”, decía Barragán en palabras de Emilio Ambaz), ayudó a que cada uno ventilara su vida y la expusiera, así como los empujó a hablar de su trabajo y a explicarlo, no sólo a los arquitectos sino al común de los mortales, para con ello satisfacer nuestro interés y, por tanto, entender mejor su obra, pues muchos a diario la vivimos, padecemos y disfrutamos.

 

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