La música: eco de lo eterno y lo sagrado / Entrevista con Anindo Chatterjee

- Alexander Naime Sánchez-Henkel - Sunday, 05 Jan 2020 08:03 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Nacido en India, a sus sesenta y cinco años de edad, Anindo Chatterjee es considerado uno de los mejores músicos del mundo, dotado de una habilidad para tocar melodías cristalinas con su tabla. Miembro de una familia humilde de músicos amateurs, Chatterjee es gente de montaña; vivió su infancia sin electricidad ni drenaje y Calcuta, la ciudad más cercana para estudiar música, estaba a horas de distancia. De visita en México y poco antes de viajar a Phoenix, donde ofrecería un recital de dos horas para mil personas, conversó en exclusiva para La Jornada Semanal.

La tabla es el rey de los instrumentos de percusión. Consta de un par de tambores: uno pequeño de hierro llamado Dayan y otro más grande llamado Bayan. El Dayan se toca con los dedos y palma de la mano derecha, mientras que el Bayan se toca con los dedos, palma y muñeca de la mano izquierda. El Dayan es brillante y cristalino. El Bayan es resonante y produce un sonido basal. La tabla es el instrumento simple más sofisticado del mundo y su versatilidad permite tocar lo mismo como acompañamiento que como como solista.

Anindo Chatterjee recuerda las actuaciones solistas de tres horas de duración de su gurú Pandit Prakash Ghosh en la década de 1980. “Siempre estuvieron llenas. Desde las 5 pm hasta las 9 am, recuerdo estar con mi familia escuchando música clásica afuera de los escenarios. Éramos miles escuchando a un solo músico tocar tabla.”

Anindo es uno de los músicos más respetados en India, país que tiene una población de mil 300 millones de personas. Platicando con él, pienso que sus fans equivalen, quizás, a toda la población de México (129 millones). Y eso aun sería una minoría.

“El ritmo es parte de cada cuerpo, de cada persona… la música puede no serlo. El ritmo me pertenece porque lo ejecuto en vivo, con mis manos, pero la música no es mía, no me pertenece, es de mis antepasados y de quienes vienen. Yo sólo mantengo la música viva durante este momento.”

La tabla se usa ampliamente en la música de India, Pakistán, Nepal, y Bangladesh –países que comprenden veinticinco por ciento de la población humana.

¿Qué tipo de música se toca en esos lugares? Para entender a veces es necesario comparar.

La mayoría de la música tiene al menos tres elementos principales: melodía, ritmo y armonía. Debido a su naturaleza contemplativa y espiritual, la música clásica de India se centra en lo melódico. El ritmo da textura, sensualidad y propósito a la melodía. La armonía, en el sentido occidental, no es parte de esta música, y es importante no buscarla.

En la música clásica occidental, las interpretaciones de la música del pasado (Bach, Mozart, Beethoven...) son más comunes y desplazan a la música clásica contemporánea (Graciela Agudelo, Phillip Glass, Arvo Part, Jóhann Jóhannsson). En Occidente se vincula el amor por el pasado a una aversión por el futuro. La adoración al pasado excluye al presente.

El tipo de música clásica en India no es una adoración al pasado sino una intensificación del presente. “A mis sesenta y cinco años –confiesa Anindo con poca modestia –ya toqué, ya disfruté, ya transcendí. Ahora, lo que quiero es compartir lo que acumulé en esta vida con jóvenes, para que la música siga, porque es de todos.”

Los antiguos indios quedaron profundamente impresionados por el poder espiritual de la música, y para aquellos que lo toman en serio, la música clásica implica una devoción y un compromiso de muchas vidas.

“Cuando conocí a mi gurú, Pandit Prakash Gosh”, dice Anindo, “yo tenía apenas seis años. Desde entonces sabía que me tomaría seis o nueve vidas alcanzar el nivel de su conocimiento musical.”

¿Seis o nueve vidas? Anindo cree en la reencarnación y, por ende, en la acumulación de conocimiento en el alma a través del tiempo. Está seguro de que en su vida pasada fue músico y que en la siguiente también lo será, y así acumulará vibras y almacenará conocimientos para poder anular el tiempo y alcanzar la divinidad a través de la música.

Para Anindo, la tabla puede ser una actividad social o un pasatiempo individual, pero siempre que se toma en serio se vuelve una experiencia espiritual. La música que toca en su tabla es mucho más cercana a nuestro pulso interno, al tambor que llevamos dentro.

Por ser tambor, los sonidos son básicos y mínimos; por ser básicos y mínimos, los sonidos son primitivos; por ser primitivos, los sonidos llegan de una forma peculiar, como sostener tu propio corazón en la mano. Ahí, en lo básico, en lo mínimo, la música –como la vive Anindo–, se vuelve “divina”: ritmos de lo frágil y temporal haciendo eco en lo sagrado y en lo eterno.

 

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