El mutismo de los gritos

- Vilma Fuentes - Sunday, 17 May 2020 07:20 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Una estancia de dos meses en una clínica de reeducación motriz es una experiencia que marca y hace reflexionar. Son los tiempos del coronavirus.

En la clínica donde me encuentro después de una operación del fémur, las visitas han quedado prohibidas. Excepto el personal médico, nadie entra ni sale del establecimiento. Un edificio moderno de seis pisos con grandes ventanales que abren apenas una decena de centímetros, balcones sin acceso, salas de kinesioterapia cerradas, un gran comedor y un salón donde luce un piano de cola, dos espacios casi desiertos a causa del posible contagio que obliga a mantener la distancia entre las personas. Son también los tiempos del confinamiento. Los días pasan, iguales unos a otros, y los internos parecen acostumbrarse a la limitada vagancia en su encierro.

Veo a hombres y mujeres que dan vueltas alrededor de una terraza rodeada de árboles frondosos. Por una causa que me sigue siendo enigmática, las personas que avanzan, ayudados por bastones, sostenidos por muletas, dan vueltas en sentido contrario a las manecillas del reloj.
El sol comienza su ocaso: los pájaros diurnos revolotean antes de refugiarse en sus nidos, las aves nocturnas vuelan anunciando con su trino la noche como los otros anunciaron antes del alba el amanecer.

Poco a poco, las vueltas de los caminantes terminan con la búsqueda de un sillón donde descansar. Pequeños grupos se forman, según las preferencias, el tiempo transcurrido en la clínica, los días pasados compartiendo esos días. Oigo sus voces, escucho briznas de sus pláticas.

Las charlas parecen obedecer a un ritual. El clima, desde luego, abre las puertas a la conversación. Siguen los comentarios sobre la calidad de las comidas, tema arduo, cargado de quejas y añoranza de buenos guisos. La intimidad permite preguntar y describir cómo pasaron la noche, si el dolor se calma o se agudiza, si se hacen progresos motrices. Las confidencias entre algunas personas vienen poco a poco: el telefonazo de una nieta, la viudez, los hogares que parecen tan lejanos, una cotidianidad exterior que desaparece en el horizonte como las velas de un barco. Nadie habla del coronavirus que flota en el ambiente ni de los confinados en sus recámaras –a causa de una sospechosa fiebre, más vale aislarlos. Después
de todo, demasiado se habla del Covid-19 en la televisión. Tampoco se menciona la probable salida de la clínica. Acaso el silencio pueda exorcizar al coronavirus y vuelta a la vida anterior. Fuera de los horarios para despertar, ingerir pastillas, desayuno, baño, ejercicios, reposo, comida… y de nuevo el sueño. Nada que decidir ni discutir. Ningún visitante interrumpe el ronroneo tranquilo del encierro. El confinamiento se vuelve costumbre.

Vivir debe ser un hábito difícil de perder. Las costumbres se forman con una rapidez que no da tiempo de verlas instalarse. Se incrustan en la vida cotidiana imponiéndose al paso de los días con una suave docilidad que domestica al más rebelde. La rutina aligera cualquier peso y vuelve indispensables, como el aire que se respira, gestos y actos que, de habernos sido anunciados, habrían parecido impensables antes de convertirse en el tejido mismo del destino.

Enfermedad, vejez, soledad, dependencia, la muerte de un ser querido, dolor físico y tantas otras situaciones consideradas catastróficas o insoportables, cuando se es joven, se tiene una buena salud, se goza de amigos y amores, se vive mal que bien, libremente; inimaginables antes de vivirlas, pueden volverse tolerables y llegar a transformarse, incluso, en costumbre. Una situación, a la que se apega quien la vive como si esa manera de vivir, vuelta hábito, fuera mejor por conocida que lo desconocido.

Tarde, entrada la noche, atravieso los corredores vacíos y bajo a la terraza de la clínica, solitaria a esas horas. Raros pájaros atraviesan el cielo oscuro. En el silencio, los gritos se escuchan con más fuerza. A lo lejos, los presos en la cárcel de la Santé vociferan desde las ventanillas enrejadas de sus células. Se comunican entre ellos o con el exterior, suplican o protestan, insultan, piden auxilio. Sólo llega el aullido de sus voces, no las palabras.

El hospital Cochin se extiende al norte de la
clínica. Junto a ella, separada por un muro,
el tranquilo huerto de un monasterio. Al sur, al otro lado de una avenida con altos castaños, se levanta la temible y legendaria prisión de La Santé. En Cochin se escucha a veces algún grito, pero es de dolor. Los enfermos se pliegan al poder médico. En la base de esta pirámide se encuentran los pacientes. En la clínica, los confinados siguen el orden diario casi con aplicación. Los prisioneros de La Santé gritan, se rebelan quizás a su encierro. Tal vez buscan cómo evadirse. ¿O también sienten temor a enfrentar la vida del otro lado y se les vuelve una costumbre su confinamiento y un hábito aullar de noche como aúlla un lobo a la luz de la luna? No llaman a nadie. Acaso, sólo desean escucharse romper el silencio noche tras noche. Una mera costumbre.

 

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