Apócrifos / Javier Perucho

- Javier Perucho - Sunday, 21 Jun 2020 07:26 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

A mi padre, Félix Díaz Morales,
en su retorno a la tierra

Meditaciones a la orilla del sueño

En Pinos, donde sólo se oye el viento de la mañana a la noche, desde que uno nace hasta que muere, con los ojos abiertos, el tiempo destrozado y la música concreta de los árboles petrificados, escribiré la semblanza de mi muerte: No moriré en un día nublado, ni con frío de invierno. No me iré tiritando de frío, ni con miedo ante lo desconocido. Yo, Amparo Dávila, nada más sabía de los muertos que transitaban en la noche: fui el huésped de su oscuridad.

 

Compadre lobo, adiós

En una jaula de palabras, la princesa de hierro cometió un gazapo por vivir enclaustrada entre obsesivos días circulares: dejó a su muchacho en llamas, ardiendo como un fantasma azteca por su amor. Desde entonces se convirtió en la muchacha que tenía la culpa de todo. Luego escribió con tinta sangre del corazón una novela virtual –con un epígrafe: A la salud de la serpiente–, donde apenas apuntó: Quiero escribir pero me sale espuma, después intentó rememorar, a rienda suelta, en un retablo de inmoderaciones y heresiarcas, sus batallas de amor perdidas, pero en un salto de tigre blanco, nada más bocetó un proyecto para un yo ficticio y otro más para el tango del desasosiego.

 

Maravillas malabares

A pesar del miedo ambiente y otros miedos, cuando la gente de la ciudad toma la palabra y teje los sueños de un escarabajo sobre los pliegues de la historia de un vestido negro y entre los renglones de un cuaderno imaginario, Lenin, en el futbol, pasea al perro.

 

Samperiana

¿Te acuerdas, Julia, cuando la Gioconda en bicicleta, la pantera de Marsella, la mujer de la gabardina roja, entre otras mujeres –ellas habitaban un cuento– y yo, Guillermo Samperio, el príncipe de Medusa, volvimos a escuchar ese adagio de Mozart al filo de la luna? Al fondo se escuchaba el rumor del océano. ¿Te acuerdas, Julia?

 

Dulces compañías

Obsesiones de un escritor: el temor a Dios, una cerveza de nombre Derrota, los ojos de los hombres, las cuarentonas, la imaginación, los poemas de un oficinista, el amor, la noche y una novela para leerse: Las memorias de un liguero.

 

Rauliteo

Los pateadores de San Sebastián, los urbanos de Ambulavio, estampan su itinerario solar en el libro de las queridas cosas y sobre los cuadernos en breve: Henos aquí, Lausía, a salto de río siguiendo la agonía del salmón, entre parentescos, la rama de cóleras, el pan de tribulaciones y los viajeros en sí mismos en el río de los años, ya que nuestro nombre en juego así se mantuvo durante el presagio y las cosas de la rutina grosera. Como un tributo a Rauliteo y a los pateadores, en el futuro las lámparas oscuras serán como los soles, como las catulinarias y las sáficas de la emérita gramática fantástica de los silencios de Homero.

 

Estas ruinas que ves

Durante el siglo pasado, en la edad de las tinieblas, estas ruinas que ves se convirtieron en la arena errante. Julián Hernández, por el principio del placer, no me preguntes cómo pasa el tiempo, tampoco sobre la sangre de Medusa, porque en una isla a la deriva, tarde o temprano, morirás lejos mientras lidias tus batallas en el desierto. Por el viento distante miras la tierra, los elementos de la noche, los trabajos del mar y la ciudad de la memoria. Desde entonces, bajo el silencio de la luna, irás y no volverás.

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