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Desde Irlanda: los hachazos de Eimear McBride

‘Una chica es una cosa a medio hacer’, Eimear McBride, Impedimenta, España, 2020.
Enrique Héctor González

 

 

“Escribir sobre el dolor es en cierto modo más fácil –afirma en alguna entrevista la autora irlandesa Eimear McBride (1976)– porque el dolor es más limpio.” Aparte de que facilidad y dificultad son términos muy relativos de tan graduales, sobre todo en asuntos de escritura literaria, la afirmación invoca quizá un principio estilístico, estético, antes que un consejo de creación. A la luz de su alucinante novela Una chica es una cosa a medio hacer, escrita, según dice la narradora, en un “lenguaje roto”, puede advertirse que tal asepsia pertenece a ambos mundos, a la pureza de una aflicción siempre intransferible (la agónica muerte del hermano de la protagonista) tanto como a la impecable precisión verbal de que la novelista hace gala: ruda, doliente, perfecta.

El libro apareció en inglés en 2013, luego de los rechazos editoriales de rigor, pero es hasta hace algunos meses que se publicó en España con menor éxito del que sin duda merece una novela como ésta, escrita con estilo (como ya casi no), con diamantina dureza y claridad, con una asertividad que ajusta el habla a la escritura (y no al revés, viejo recurso del costumbrismo literario) de modo intachable, mérito en el que sin duda colabora la traducción “muscular”, se dice ahora, de Rubén Martín.

Dicha diafanidad sintáctica, conseguida, paradójicamente, por una narración permanentemente interrumpida, cortada a hachazos por puntos, comas, trozos de palabras, traduce el agotamiento de la fuerza para vivir de la protagonista, que sólo se renueva con relaciones sexuales promiscuas, atronadoras, espontáneas, sórdidas precisamente dolorosas, que laceran aún más el ego y lo sumergen en experiencias desdichadas que se van volviendo caldo nutricio, en especial la que establece con el tío político, quien, desde los trece años, con intervalos largos, asimismo, se le aparece como un ángel violador, ofensivo, brutal, que le da sentido al sinsentido vital de la chica a medio hacer: “Quiero que pequemos para sobrevivir a esto, para poder aferrarme al vendaje de mi ser si puedo si lo necesito. Iré dice yo. Dile a tu puta esposa que su sobrino se va a morir.”

Hay en la prosa de la novela un fluir de memorias inconexas, de voces narrativas que se confunden en diálogos afiebrados incorporados casi de modo culinario, por decirlo así, a la masa narrativa, que van a dar a un cauce discursivo que no deja ver con facilidad quién, qué, cuándo, dónde se cuenta lo que leemos, y es sólo con paciencia infinita que el lector advierte circunstancias, recupera anécdotas y precisa al de la voz contante.

Aquí Freud sale despelotado, así como los estudios de género y toda demarcación ética o moral. El río de las cosas fluye y se detiene y reproduce como el que mejor, el habla llena de estridencias y demoliciones del mundo cotidiano, las ideas interrumpidas de nuestro discurso diario, nuestras conversaciones inexactas, la vaguedad de lo que pensamos y decimos en cualquier momento. Con oído agudísimo, insobornable, McBride reproduce el trastabilleo habitual de sujetos y objetos con apenas trazar las sombras de las palabras, ese continuo discurrir de los parlamentos que, si nos grabáramos y no editáramos nada, resultaría un amasijo caótico de voces mal pronunciadas, equívocos, indecisiones, todo el arsenal de malentendidos que pueblan nuestra comunicación oral y a distancia.

La religión católica, etimológicamente catódica (“hacia abajo”), es en la novela de McBride, como en Joyce, menos una vía de redención que de rendición: la familia es el espacio donde la tragedia hunde a la madre, a la chica a medio hacer, a los tíos, en la vigilia última del hermano que se muere de cáncer cerebral. Todos rezan, espasmódicamente. La prosa ayuda a conducir sus voces balbucientes por un camino hacia abajo. Y encima la caridad cristiana de esas sectas siempre dispuestas a ayudar: “Nos hemos enterado de lo de su hermano. Hermano. Oímos de usted y sabemos que querrá escuchar la buena nueva. Ah, ¿y es? Jesús la ama. Pues perfecto y tal y ¿alguna buena nueva más aparte?”

Novela asfixiante (“¿dónde está el aire allá afuera?”, “viene esa respiración ampollada”), novela donde la lógica del discurso y del dolor eluden un orden siempre artificial que les diera alivio o empatía, la escritura de McBride no pacta desde antes con el lector sino que está dispuesta a romper las amarras, a guiarlo por la ruta pedregosa, por los lagos macilentos donde las jóvenes adictas consumen sexualidad, las calles de barrio donde todo es gris y uno se acostumbra al dolor y luego ya nada pasa porque el zafarrancho vino y se lo llevó todo, incluso los últimos pellejos de existencia.

Donde Joyce dejó las cosas, esta autora irlandesa, de hasta el momento tres novelas publicadas, las retoma un siglo después para renovar las posibilidades de la narración.

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