Cinexcusas

- Luis Tovar | @luistovars - Sunday, 15 Aug 2021 10:16 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Presidio cibernético aceptado

 

Conocida en España sobre todo por la comedia romántica Ahora o nunca (2015), uno de los nueve largometrajes de ficción que ha dirigido hasta la fecha, la barcelonesa María Ripoll fue contratada por la económicamente más poderosa compañía de streaming cinematográfico para dirigir Guerra de likes (México, 2021), cinta coprotagonizada por Regina Blandón, actriz mexicana cuya excesiva recurrencia ya dejó bien claros sus muy estrechos márgenes histriónicos, y por Ludwika Paleta, de quien pudo decirse lo mismo cuando menos desde hace tres lustros. El guión es de Olga Iglesias, Jason Shuman y Eduardo Cisneros, quienes han tenido escasas incursiones fílmicas luego de trabajar mayormente en televisión: por ejemplo, Cisneros escribió “argumentos” para una decena de capítulos de esa cosa llamada La familia P. Luche y colaboró, aunque no le dieron crédito, en otro miasma derbeziano, pero fílmico, titulado No se aceptan devoluciones.

 

La resignación inconsciente

Con Guerra de likes sucede algo muy similar a lo que se mencionó aquí mismo hace poco respecto de Fondeados: el afán por delinear un argumento que forzosamente desemboque en un final capaz de ocasionar diabetes, de tan edulcorado, provocó no sólo que la tríada de guionistas de Guerra de likes redujera a valores mínimos elementos como perfil y volumen de los personajes, así como construcción del conflicto, sino que en ese proceso de aligeramiento máximo soslayó lo que de más interesante podría tener el tema: una visión de verdad crítica, por más que fuese moderada, a la actual problemática consistente en la transferencia que, alrededor de todo el mundo, millones de personas hacen de la vida real a la llamada virtual. A eso alude el like en el título de la cinta: a la dependencia psicológica que los usuarios de redes sociales han desarrollado, y padecen, de ser notificados, al momento, de los “me gusta” en los mensajes, fotografías, videos y demás escuetos y vacíos contenidos publicados en dichas redes. La contraposición de una influencer dependiente lo mismo en lo económico que, sobre todo, en lo emocional, de su reiterada presencia virtual –encarnada por Paleta–, con una mujer a quien la virtualidad cibernética no le generaba sino desinterés –el papel de Blandón–, ofrecía la posibilidad ya no se diga de ahondar, sino al menos siquiera de tomar algo de distancia del fenómeno, para mirarlo mejor. Pero como el propósito de la empresa productora consistía sólo en “entretener”, asume como hechos y valores entendidos, diríase naturales, la existencia de algo llamado influencer y su cauda de insustancialidad convertida en asuntos atendibles, algo que desde luego sucede en el mundo verdadero y de lo cual el filme pretende hacerse eco, sólo que en línea de validación plena, puesto que al poner a la publicista “sin seguidores” a competir, en términos de personalidad, con la influencer, no lo hace cuestionando absolutamente nada –como equivocadamente podría creerse a partir de la intervención de un personaje secundario, cuya “crítica” es irrelevante de tan epitelial–, sino dándolo todo por hecho: Guerra de likes pareciera proponer el despropósito de que ya sea por gusto, por conveniencia o porque no queda de otra, no hay quien escape del grillete cibernético de ambicionar siempre una cantidad mayor de “seguidores” y “amigos” en redes sociales y, por consiguiente, de obtener siempre con aumentada frecuencia los anhelados “me gusta”. En la cinta, sobre todo las causas, pero también las consecuencias de ese modo de proceder son vistas como si fuesen tan normales como la ley de la gravedad o la noche y el día; tanto, que ni siquiera se alude a su naturaleza y el fondo de la trama consiste, según eso, en la oposición y posterior reconciliación de dos amigas con personalidades diferentes. Nada de víctimas de las redes, pasto del consumismo virtual ni prófugas de la aceptación ficticia del desconocido a quien se apela a la hora de volver público lo que es privado, sino la resignación inconsciente a vivir en un presidio cibernético, e incluso agradecerlo.

 

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