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Por una reforma del pensamiento

'La mente bien ordenada. Repensar la reforma. Reformar el pensamiento' Edgar Morin, Siglo XXI editores, México, 2020.
Andrea Tirado

 

Como bien lo indica el título, La mente bien ordenada, la apuesta principal del libro es la propuesta de una “mente ordenada”, en oposición –o como alternativa– a la mente que la educación tradicional ha propiciado hasta ahora. Dicho concepto es retomado de Michel de Montaigne quien, al formular el fin de la enseñanza, propuso que “es mejor una mente bien ordenada que una muy llena”, es decir, aquella donde el saber se acumula y se apila, pero no dispone de principios de selección u organización que puedan darle sentido. Por el contrario, una mente bien ordenada abarcaría tanto una aptitud general para plantear y abordar los problemas, como principios organizadores que puedan relacionar los saberes y darles sentido. Morin se propone pensar, repensar y buscar las fisuras en el sistema educativo actual.

El autor manifiesta que, si bien los desarrollos disciplinarios de las ciencias han aportado ventajas sobre la división del trabajo, también trajeron consigo los inconvenientes de la sobreespecialización y de la compartimentación del saber; es decir, produjeron conocimiento y elucidación, pero también ignorancia y ceguera. Morin se encargará entonces de exponer algunos de los principales desafíos a los que nos enfrentamos hoy en día.

Uno de ellos –originado en el siglo XIX– sería la gran disyuntiva entre la cultura de las humanidades y la cultura científica, generada por ambas partes, pues el mundo técnico y científico ve como mero lujo estético a la cultura de las humanidades y, a su vez, las humanidades sólo ven en la ciencia un agregado de saberes abstracto. Esto tiene como consecuencia privilegiar una inteligencia que únicamente sabe separar, que fractura lo complejo del mundo en fragmentos desarticulados, fracciona los problemas, y unidimensiona lo multidimensional. Según el autor, esta situación se da desde el jardín de niños, en donde se instruye a separar los saberes y desarticular los problemas, en detrimento de su interrelación e integración.

Por otro lado, la sobreespecialización tiene, según Morin, consecuencias no exclusivas del ámbito educativo, pues, en un futuro, serán consecuencias que repercutirán social y cívicamente. Al volvernos “especialistas” en nuestros temas, nos convertiríamos en seres incapaces de entendernos y aprehendernos como un todo, olvidando que la aptitud para contextualizar, integrar y organizar el conocimiento es una cualidad fundamental de la mente humana. Aún más lejos, la sobreespecialización conduce al debilitamiento de una percepción global que, a su vez, induce al debilitamiento de responsabilidad: cada individuo tendrá tendencia a hacerse responsable exclusivamente de su labor especializada, disminuyendo el nexo con su localidad y demás conciudadanos. Emerge entonces otro desafío, de carácter cívico, en el que parece debilitarse la solidaridad entre los individuos.

Por ello, y por los demás desafíos expuestos por el autor, es urgente una reforma de la enseñanza, dada, a su vez, por una reforma del pensamiento que permita repensar las relaciones para hacer uso pleno de la inteligencia de las dos culturas interrelacionadas. Una enseñanza que promueva “mentes ordenadas” sería una en la que no exista la disyunción entre ambas culturas; sin embargo, no buscaría tampoco disolver las fronteras entre disciplinas sino más bien transformar lo que éstas generan. Pensar y/o enseñar desde una mente bien ordenada podría volvernos más aptos para responder a los desafíos de la globalidad y complejidad en la vida diaria, social y política.

El problema de la enseñanza ya no debería centrarse únicamente en cómo transmitir un saber, sino en reflexionar sobre los efectos, cada vez más graves, de seguir fragmentando los saberes y pensar un camino para articular unos con otros. Si como bien dice Morin, “somos hijos del cosmos” pero es nuestra propia humanidad, “nuestra tan estudiada conciencia” la que nos ha vuelto extranjeros a él, ¿cómo reconciliarnos con el ser físico, biológico, cultural, cósmico y espiritual que somos? ¿De qué forma dejar de ser ajenos al mundo que pertenecemos? ¿Cómo impedir que nuestros pensamientos nos sigan separando de los mundos que nos habitan? Un camino posible es confiar en que la condición humana también puede ser enseñada desde la literatura, la poesía y el cine, dice Morin, (y nos atrevemos a añadir: música y danza), en forma viva y activa.

Es preciso asumir la doble naturaleza del ser humano, como ser biológico y cultural, sin inclinarnos por una u otra, y preparar a las mentes para responder a los desafíos que la complejidad creciente de los problemas plantea al conocimiento humano. La reforma de la enseñanza debe conducir a la reforma del pensamiento y viceversa para, por ejemplo, aprender que “la vida verdadera estriba más en el florecimiento de uno mismo y la calidad poética de la existencia”.

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