Dos animales marinos

- Abraham Truxillo* - Sunday, 09 Jan 2022 07:34 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

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Mantarraya

Directo de los hangares de Dios, ha llegado a la Tierra –al mar– el último proyecto de su ingeniería divina. La mantarraya desprecia todas las pautas del género. Contemple las aplicaciones de la aeronáutica en entornos acuáticos. Contra el aleteo delirante del pez común, este ángel con pasamontañas opone un elegante sobrevuelo; su línea nos recuerda los drones indetectables que bombardean ciudades en la superficie.

Al fisiculturismo dentado de su primo más cercano, el tiburón, la mantarraya responde con la certeza de un lanzador de jabalina. Este fantasma de las profundidades amedrenta y disuade provocadores con un látigo que es también daga ponzoñosa.

Para la especie, es costumbre luchar por la hembra y el amor punza. Se entenderá que la primavera no sea fácil para la mantarraya. Como todos vienen armados, ojos nadan por el agua, dientes se sumergen en el desmemoriado fondo, el mar se enturbia con duelos de honor. Aun así, él intenta morderla siempre con ternura de la aleta y prenderse a ella como dos hojas bajo el agua.

La imaginación de los indios caribes concibió un apocalipsis de montañas tragadas por el mar donde las mantarrayas vuelan junto a olvidados templos sumergidos. De acuerdo con una versión apócrifa y desacreditada recientemente por el mismo Homero, Odiseo vuelve a Ítaca –una tercera vez– sólo para hallar la muerte a manos de Telégono, su hijo, quien lo abrocheta con una lanza de cola de mantarraya.

En una épica más dudosa, es fama que cierto narcotraficante mexicano calza exclusivas botas de piel de mantarraya diablo.

 

Almeja

Si seguimos a la almeja un rato, no pasa nada. El documental desperdicia doscientas horas de rodaje en la estrella (que nunca debe confundirse con la estrella). Afortunadas las almejas, no son presa del arte documental; desafortunadas, son perseguidas para representar con helénica elegancia el sexo del sexo femenino.

La sugerencia cuadra (triangula) a la primera superposición: desnuda sobre una concha aparece Venus, nacida del espumeante esperma de Saturno. Las líneas que bajan por la superficie radiada de dos caparazones finalizan sobre un pequeño monte de algas. La protuberancia que se forma en el vértice es también vórtice. Estas correspondencias no deberían reducirse –como en Botticelli– a la fácil imagen de una virgen de pie sobre una gran valva. Los pescadores del Mediterráneo las buscaron más interesados en perlas que en alimento o erotismo. En la imaginación de las eras, se las asocia con el hallazgo de una joya. Esa alma en su interior (almeja) les otorga un prestigio de riqueza, aunque su encuentro sea más bien extraordinario.

Hoy día una corporación ha visto en la almeja el símbolo de la naturaleza rendida en hidrocarburo. ¡Heráldica fósil del progreso! Mientras resulta de buen gusto como tema en los baños patriarcales, nos invita a imaginar derrames de petróleo digerido en los intestinos del globo.

La almeja nos permite entablar un diálogo culinario, ajeno a las vicisitudes de la locomoción y el oleaje. Su testimonio inspira sueños ascéticos en payas de todo el mundo. Como si fuera poca su cerrazón, la almeja decide además habitar bajo los blandos sedimentos de lodo. Ahí se dirige una vez al año, donde su reproducción ocurre con majestuosa indiferencia. Después de algunos días, las larvas se convierten en pequeños abanicos de calcio que continuarán el ciclo.

Si bien el apetito afrodisiaco no ha dudado en consumirlas vivas y escaldadas, podemos estar seguros de que su firmeza sobrepasa siempre las cocinas capitalistas. A pesar de una vida monótona, la almeja posee a sus pies –inexistentes– toda una constelación de simbolismo: la perla se esconde bajo una coraza de nácar que es necesario rendir, el olfato y el tacto se arroban al encuentro, un gusto de pulpa marina devuelve las almas otra vez al mar.

¿Por qué las deidades patrocinan tales coincidencias en sus latifundios? No lo sabemos.

 

* Abraham Truxillo ha colaborado, entre otros medios, en la Revista de la Universidad, Casa del Tiempo, Tierra Adentro y Cultura Colectiva.

Es autor del poemario Postales del ventrílocuo

(Ediciones Sin Nombre, 2011).

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