Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
P11_Mono.jpg

P11_francisco-torres-cordova.jpeg

Francisco Torres Córdova Foto: Isolda Osorio

Una prosa sin prisa

'Monólogos compartidos. Las plegarias', Francisco Torres Córdova, Ediciones Sin Nombre, México, 2021.
Enrique Héctor González

 

Hay una urgencia que sólo puede deletrearse lentamente porque, desde el absoluto absurdo de la existencia, todo resulta siempre paradójico: la de la miseria y el infortunio. Francisco Torres Córdova lo sabe y en eso estriba la bondad de su escritura. Sus Monólogos compartidos no son las ocurrencias fantásticas de Arreola en su Bestiario, ni van tocados por la ironía, como las prosas breves de Carlos Monsiváis, aunque la frase larga de las viñetas verbales de este libro, polivalente, múltiplemente alusiva y metafórica, reúna la diligencia poética del uno y la taimada avidez por denunciarlo todo del otro. Se trata, más bien, de textos sucintos que, si no llevaran título, presumirían un extraordinario parentesco con el rigor formal de los que el escritor peruano Manuel Mejía Valera recogió en Adivinanzas, sólo que en las Plegarias de Torres Córdova no hay nada que pronosticar: el lector se deja ir entonces en el lujo, en el flujo incesante de sus imágenes (“los ojos sanos en sus cuencas –dice del (Dis)capacitado– pero roto o deshilado el nervio lazarillo de la luz que la vierte en la mente y la memoria”), en la mera lujuria del lenguaje con que el autor atisba a lo distinto, lo que se extingue y no, lo que vemos sin ver. Entonces el apremio se vuelve lentitud y la escritura deletrea con parsimonia la emergencia del horror.

Son las suyas pequeñas prosas sin punto y aparte, prosas con personajes sin nombre y como surgidas del rumor del agua de los sueños. Sin embargo, esa es sólo su ascendencia formal, porque su ritmo, a menudo modulado por la acentuación simétrica de las frases, forma una galería de voces devastadas, infestadas de espanto, solas, abandonadas a su propio silencio, abonadas al hedor de su sino desierto y desesperado: cadencia en la carencia. Como “esta mañana es otra vez ninguna parte” para el migrante, para el adicto, para el árbol a punto de ser talado, la prosa juega asimismo a ser un hueco verbal, aspira a desaparecer para ser mejor escuchada y entonces su voz embozada se erosiona al nombrar, dibuja un surco preciso y exacto que delimita con claridad, naturalmente poética, la distancia entre el discurso y el hecho.

“En el denso sudor de su desahucio”, dice por ejemplo del enfermo terminal, la vida nos y los humilla, a ellos, los que el tiempo, un episodio fortuito o una herencia indeletreable han dejado a la orilla, y a nosotros que asistimos, con cierto pasmo, al concierto de su deshonra gracias a las artes verbales de un autor que no arremete contra el olvido o el silencio en el que viven, sino que puntualmente se hace eco de ese grito remoto para darle a su monólogo compartido la dimensión que merece en un mundo de distancias milimétricas e infranqueables, de ciudades de espaldas donde el sórdido saludo casi inaudible de un desconocido quiere ser un abrazo fraterno de calidez incalculable, donde la compañía es un lunes de resaca y la conversación un hilito de sangre en la nieve de la mudez.

La aspiración de estos monólogos no es menor: ser palabra luminosa si bien destinada a desaparecer, pues la voz que la pronuncia sólo conoce la oscuridad. El autor ha logrado articular (ya se sabe, en el dominio de la paradoja) la voluntad de un ser sin habla en una reflexión que la vuelve evidente a partir de la impecable intensidad con que metaforiza ese dolor no para enaltecerlo o depurarlo sino, solamente, para dignificarlo. Porque la delicada sintaxis con que las historias son referidas, consciente de su propia fuerza, generosa en hipálages (“su afilado torrente de cristales”), afiebrada por el énfasis formal de redundar o acallar los nexos entre palabras y frases (“Todo yo sin costo ni cargo ni carga ni pago ni acuerdo ni recibo ni remedio”, dice de sí propio el niño de la deuda en su monólogo), deviene prosa cuya elegancia es vivo contraste con la elementalidad del sufrimiento más común y evidente, con la notoria uniformidad de la aflicción.

Porque las plegarias de Francisco revisten un examen de la existencia menos franciscano en su ausencia de conmiseración (esa compasión malsana, ese compás de lástima autoindulgente) que maravillado del esmero con que la injusticia y el azar estrechan nuestras vidas, las vidas de sus veintidós retratos al óleo condensan las angustias y desgracias lo mismo del enfermo terminal que del migrante marginado, de la mujer forzada o la anoréxica, puntualmente convocados, en un estilo poliédrico, sobre la superficie pulimentada de una escritura sin desperdicios que a su vez es espejo espinado, imagen rota que, como escribe el mismo Torres Córdova, deviene remedo sin remedio de “la llanura blanca vasta lisa seca roja sola dura cruda pura del dolor”.

(El título particular de estos primeros monólogos, Las plegarias, nos hace esperar la reunión de otros de los que el autor nos ha compartido en las páginas de este suplemento. Así sea.)

Versión PDF