Bestiario marino

- Abraham Truxillo - Sunday, 23 Feb 2025 08:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Erizo

Biznaga semoviente del océano, animal cuasi planta: el erizo no entiende de razones y siempre está a la defensiva. La estrategia es de sobra conocida en la tierra y en todos los reinos, a lo largo del collar del bulterrier y del brazalete punk. El erizo se acoraza puntiagudo, vive encerrado en su propio miedo, amenazado de sus púas imaginarias como un condenado en la doncella de hierro. Para su desgracia, en las playas los niños aprenden a desprenderlo fácilmente de su roca con espátulas improvisadas y a ponerlo de cabeza: no hay nada más penoso que ver a un erizo vuelto abajo. Por el envés carece de coraza; es blando y comestible. Mueve sus espinas descontrolado, como manos de bebé, tratando de fijarse nuevamente a una piedra mientras los peces de colores se acercan a disfrutar de un banquete fácil.

 

Pez vela

Algo tiene, que la gente quiere colgarlo en la pared de la marisquería o del club náutico. Imagino que es la elegancia de su perfil, la belleza de esa aleta dorsal azul metálico que aguza su figura en una boca de florete, por la que, como bien se sabe, muere. Más que un bergantín, parece un torpedo que embiste a treinta metros por segundo, récord que lo vuelve un medallista indiscutible de los podios y nos revela su vocación de trofeo. Sin que el pez vela lo sepa, su destino está hermando al del alce, cuya cabeza cornada ornamenta la cabaña del cazador septentrional. En ocasiones ambas presas coinciden y se miran a los ojos en el taller de un taxidermista.

 

Caballito de mar

México tiene la forma de un caballito de mar. Baja California es la trompa y la cola prensil, Yucatán. El vientre, en el que el hipocampo macho, insólito varón gestante, incuba a sus hijos, está delineado por la costa del Pacífico sur. El cuidado y la ternura con que los cría acaso lo llamen a ser símbolo de algo, de una nueva “caballerosidad de mar”. El hipocampo en posición fetal semeja un signo de interrogación que se abre y nos responde enseguida, convertido en vírgula de la palabra sobre el códice azul del océano.

 

Nautilo

Si como nos enseña Fibonacci, belleza es igual a matemáticas, ¿qué nos revela la forma del nautilo? Su anatomía, al igual que la de la estrella y la caracola, supone un arquetipo que pervive en los fósiles de más de quinientos millones de años. Infinitos máximos que se expanden o infinitos mínimos que se contraen: su espiral nos devuelve al océano de una galaxia primigenia. ¿Cuál será́ su mensaje último? ¿Qué ocultan sus proporciones áureas? ¿Quisiéramos saberlo? ¿Acaso es posible desenrollar un caracol sin destrozarlo?

 

Langosta

Las hay de dos familias: las palinúridas tienen largas antenas, son anaranjadas y espinadas; las nefrópidas poseen tenazas amenazantes, son pardas y están moteadas de gris (primas lejanas de escorpiones y alacranes). Lord Byron las consideraba un manjar eminentemente femenino como el champán. La más famosa de todas, por supuesto, fue Teobaldo, la excéntrica mascota del poeta romántico Gerard de Nerval, quien solía pasearla por el Palais Royal de París atada a un listón azul. Semejante comportamiento terminaría de convencer a las autoridades parisinas de enviarlo al asilo del Dr. Dubois. La suya habría sido una palinúrida, a la que salvó de la sartén de un pescador durante un viaje a La Rochelle. Por su amigo el poeta y utopista Téophile Gautier, sabemos que Nerval las prefería a otros animales: “son criaturas serias y pacíficas”, le confesó una vez, “conocen los secretos del mar y no ladran”.

N. de la R.: Por un lamentable error, en la pasada entrega (núm. 1563), el crédito de algunas fotografías de “El zapatismo hace 30 años” fue adjudicado a Ángeles Torreón; debe ser Angeles Torrejón. Ofrecemos una disculpa a nuestra compañera y a los lectores.

 

 

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