Biblioteca Fantasma
- Evelina Gil - Monday, 24 Mar 2025 07:17



La Medea de la mitología griega era muchas cosas a la vez. Bruja que, para el caso que nos ocupa, sería la más destacable. También princesa, sacerdotisa de la diosa Hécate y, por lo que más se le conoce: filicida, es decir, asesina de sus propios hijos. En la vida real, tan impregnada de irrealidad, se despoja de humanidad a las madres asesinas, sin importar que la inmensa mayoría actuara bajo los efectos de la psicosis postparto, como el tristemente célebre caso de Andrea Yates, madre, mujer y empleada ejemplar y devota cristiana que visitaba el infierno con cada hijo parido y terminó por ahogarlos en una tina, incluido el recién nacido. No es, aclaramos, el caso de Medea: lo que ésta buscaba era vengarse de la traición de su amado Jasón que prácticamente los había abandonado, a ella y a sus hijos pequeños, para casarse con Creúsa. De más está decir que nadie arremete contra el padre abandonador.
Aunque Medea no es un personaje precisamente ejemplar, es, sin duda, una víctima. De Jasón en primer lugar, pero también de sus propias pasiones. La autora mexicana Dahlia de la Cerda, recientemente finalista del Booker Internacional gracias a su colección de cuentos Perras de reserva, toma los elementos más interesantes de este personaje y lo recrea en un contexto mexicano, bastante preciso, principalmente en su calidad de bruja (“la bruja” con su implicación feminista actual, cómplice y acompañante), pero también de princesa “perrona” y tumbada, al volante de una limusina alada, a través de otra colección de relatos que podrían conformar una novela oculta, Medea me cantó un corrido (Sexto Piso, México, 2024), que llega donde exista una mujer en apuros… apuros casi siempre relacionados con embarazos no deseados, aunque también con lo opuesto: potenciales madres empeñadas en conservar al producto. Y para ambos casos tiene la solución idónea e indolora. Lo que tienen en común las protagonistas de estos relatos, que pertenecen a una misma orbe y casi cohabitan, es que son jóvenes que, de una u otra forma, viven en los márgenes, sea porque son “las morras” de un narquillo o de un militar, o atrapadas en medio de un brote de violencia o rehenes de un entorno violento. Del mismo modo que Jesucristo eligió a lo “peorcito” para conformar su séquito de apóstoles y apóstolas, Medea aterriza (literalmente) entre quienes más la necesitan y menos la van a juzgar, aunque su simple apariencia, a ojos de sus socorridas, hace de ella una genuina diosa, con una figura curvilinea, experta en perrear al ritmo de las cumbias y los corridos tumbados, celebrando la misión cumplida con kittychelas. Aztlán (México) resulta el lugar mágico que Medea ha buscado desesperadamente para quedarse: “Fui a una casa de empeño a dejar mis joyas, me compré un vestido negro, me fui a poner bellaka a un centro de belleza, me trenzaron el cabello, me pusieron extensiones de pestañas y me tatuaron la línea de afuera de los labios. Compré unas arracadas enormes de serpientes. Compré un carrito que tenía autografiadas unas serpientes y me fui a la feria del Señor de las Aguas Ardientes” y ambienta su eterna melancolía por la traición de Jasón con rolas del Grupo Pesado.
Imposible no encariñarse con Medea. Imposible no empatizar con aquellas a las que brinda una mano amiga, incluida la más frívola, la que busca un aborto para no perder la figura lograda gracias a una liposucción. También está la chiquilla obligada a limpiar y hablarle bonito a una figura de Satanás, hasta el día en que le dice sus verdades con curiosos resultados; o aquella, embarazada, que huye incansablemente de la violencia con la idea fija de salvar a su hijo. Cada uno de los seis relatos está signado por ese humor irreverente que es ya un sello en el estilo de Dahlia de la Cerda, pero que, cuando se pone seria, nos obliga a reflexionar hasta las últimas consecuencias sobre la situación de las mujeres que casi no vemos y resultan prácticamente invisibles para el feminismo blanco y hegemónico.