Tomar la palabra

- Agustín Ramos - Monday, 24 Mar 2025 07:21 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Marco Morales, poeta (II de III)

 

Era un par de ojos claros y profundos amparado por cejas gruesas y por una inocencia tan solitaria que dolía. Era cristales blindados que permitían o forzaban, que obligaban a descubrir… Su mirada, rigurosa y exacta, generosa e implacable, de microscopio y telescopio, podía estrellarse o hacer que otros se estrellaran en su gama de silencios conforme se le antojara ver, traducir, subrayar, callar.

Nació en el callejón Madero de Tecate, Baja California, a unos metros de la avenida México que pavimenta nuestra frontera con el otro lado. Fue el menor de cuatro hijos y este 14 de abril habría cumplido setenta y tres años. Un mes antes de cumplir los veintiuno se desterró a la UNAM. En la Facultad de Filosofía y Letras militó en el Grupo Comunista Internacionalista. Vivía en Copilco, donde a veces recalaba la célula trotskista León Sedov.

Su hijo Pável era el alma de Judas. Pero acaso porque apenas balbuceaba agú dadá Marco nunca le dijo eso no se dice ni todavía menos le ordenaba no tocar esto o lo otro. Así que cuando a Pável le dio por alcanzar Una temporada en el infierno se vino abajo con todo y librero, y de no ser por Miguel Ángel Galván, de pseudónimo Lisandro, la célula completa habría pasado al olvido sin necesidad siquiera de un méndigo piolet. Lisandro, que además de vidente es de carne y hueso, en vez de atender la discusión sobre las urgentes tareas revolucionarias para mañana, se puso a leer el libro objeto de la casi catástrofe y dio con unas líneas subrayadas por Marco sobre el poder revelador de lo aparentemente nimio y trivial: la luz oculta en cada día en cada objeto (como poeta auténtico que es, Miguel Ángel Galván compartió ese hallazgo sin hablar).

Marco volvió a Tijuana y luego a Tecate. Ahí se reencontró con Ho, Hortensia Chávez, la novia de primaria, secundaria y prepa. Trabajó hasta jubilarse en la empresa Telnor, la Telmex del centro. Sus compañeros de chamba, testigos de anécdotas tanto o más divertidas que las de sus vivencias de estudiante y militante en el entonces Distrito Federal, se consuelan de su desaparición recordando su perseverante activismo sindical y su habilidad en el basquetbol.

En Tecate, el amor de Ho y de él germinó en dos hijos, Igor y Dante, y en una casa que pasó de cuarto, baño y media cocina en obra negra, a recámaras para todos, a estancia en desnivel, a entrepiso de libros y trebejos, a patio con canasta de básquet y a traspatio que habrían envidiado Zeus y Baco.

Leía mucho, muchísimo. Se desvivía compartiendo novelas venerables. Habría podido, por ejemplo, hacer un tratado (no un ensayo, no, un tratado) sobre William Faulkner. Sentía devoción por su hermano el poeta Francisco Morales y no dejaba pasar un poemario de éste sin compartirlo. Decía sentir sed de Dylan Tomas, Elliot, Keats, Pound y Yeats, pero bebía sin remilgos a algún beat y hasta a un par de “infrapoetas” del grupo autodenominado “los salvajes” (antagonistas políticos del trotskismo en la Facultad de Filosofía y Letras de los años setenta). Por esa fuerza crítica y por esa autocrítica más feroz aún, Marco Morales publicaba excesivamente poco, leía todo lo bueno, no perdonaba nada malo de absolutamente nadie y escribía muchas cartas como a la fuerza, con sencillez compleja, con la insondable transparencia del infinito.

Algo de la poesía de Marco Morales ‒ni toda ni tanta pero casi‒ se puede rastrear en Parvada, 1985. Tijuana Rifa C/Z, 1986. Y qué. Y otros poemas, 1986. …Y todos tiramos piedras, antología literaria de Tecate, Baja California, 1987. Baja California Piedra de Serpiente, II, 1993. Así como en varios suplementos y revistas. (Continuará.)

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