El arte de la palabra escrita: Ignacio Trejo Fuentes en la UAM
- Alejandro Anaya Rosas - Sunday, 01 Jun 2025 09:42



Ignacio Trejo Fuentes llegó a la UAM-Azcapot-zalco invitado por un “viejo lobo de mar” en esto de la literatura, Vicente Francisco Torres, quien fuera el director de la primera generación de la maestría en Letras Mexicanas en dicha institución. Tiempo después, Vicente Torres me contaría que uno de los motivos de darle el curso de Ensayo Mexicano en la UAM, era ayudar a Nachito. Trejo Fuentes, no era secreto, bebía de forma olímpica: había que tenerlo ocupado en algo en lo que era, y esto es más que sabido, un experto: el arte de la palabra escrita.
Se dice que siempre llegaba un poco antes de la hora de su clase, que esperaba afuera del aula del postgrado con un cigarro prendido, tan derecho, tan taciturno, tan flaco. En su cátedra se hacía lo que es forzoso hacer en un curso de letras: se ana-lizaban textos literarios y se hablaba de autores; lo último con más frecuencia y con un ingenio fuera de serie, único. Platicaba, por ejemplo, de su paso por la redacción de alguno de los tantos diarios en los que laboró, de la germinación de ciertos poemas que aparecieron en el mítico suple-mento cultural Sábado –y de su recompensa, por supuesto–, de la gestación de obras como Hace un mes que no baila el muñeco, de las reuniones en céntricas cantinas de Ciudad de México, donde sólidos escritores practicaban, con una destreza envidiable, el arte del escancio y la conversación. Lo anterior nos aclara por qué Trejo Fuentes podía fácilmente aleccionar, tanto en materia de litera-tura clásica como en lo que solemos denominar cultura popular.
Nacho Trejo era osado, recorría senderos que iban de Cervantes a su paisano Gabriel Vargas, de Las mil y una noches a Agustín Lara, de Octavio Paz o Ricardo Garibay al cómico Margarito. Tal vez lo único desconocido para él era la pedantería, porque a personajes como Ignacio Trejo Fuentes les estorba la gravedad de ciertas instituciones, las biografías formales que dan cuenta de su paso por ellas. No, Ignacio Trejo contaba con otros recursos para sobresalir en un mundillo intelectual dedicado a imponer un canon. Los medios de los que se valía eran el ingenio, la sencillez y, lo más importante, la calidad de sus textos. Palabras más, palabras menos, así lo dijo como respuesta discreta a un cuestionamiento dentro del aula en la misma UAM: “Nunca suelo reunir las cosas que publico para luego hacer volúmenes o libros y que me den becas.” Otra pregunta que se le hizo en el curso de ensayo fue acerca de la parte creadora, la personal, sobre lo que a él le funcionaba para el desarrollo de sus ensayos y de su narrativa. Dos consejos fueron muy claros. El primero: “Cuando suceda algo divertido o extraordinario, siempre hay que pensar que eso se debe contar, eso tie-nes que contarlo”, decía. El segundo: “Si vas a escribir sobre alguien que no eres, por ejemplo sobre un gordo, intenta imaginar qué haría el gordo en determinada situación.” Teniendo este tipo de maestro en el centro del aula, menester era leer alguno que otro texto escrito por él. Y fue entonces que se llevó a cabo la lectura de uno de sus relatos más conocidos y mejor logrados: “El gordo sabio”, un cuento dividido en dos partes y con un narrador en segunda persona –estrategia que invita al lector a realizar una interpretación sugestiva–; un cuento dicotómico, donde a par-tir de la dialéctica de contrarios entre “La parte bonita” y “La otra parte”, y con la exposición de una relación sentimental un tanto extraordinaria, Ignacio Trejo, como el escritor de tragedias, pone al Sino como protagonista, para elucidar que, de un momento a otro, las cosas pueden dar un giro inesperado, como una rueda de la fortuna en la cual, cuando se está a ras del suelo, la única esca-patoria podría ser… Un día Javier Perucho, hombre entendido de las letras, me dijo de manera tajante que: “Nacho es un escritor subvalorado”; coincidí entonces y lo hago ahora.
A mitad del curso de Ensayo Mexicano, Ignacio Trejo Fuentes caminaba más lento que de cos-tumbre. Y una tarde, en pleno salón, se quejó de un dolor en la pierna, una molestia que poco a poco le complicaba los traslados a pie. Uno de sus alumnos le recomendó usar, temporalmente, bas-tón; una semana después llegó al aula apoyado en uno, sonriendo, como mofándose de los estragos que una vida bien vivida acumula en el fardo de la edad. Impartía su clase y se marchaba, ya leve-mente encorvado, con su bolsa de tela al hombro cargada de libros, de las bolsas que regalan algu-nas librerías… “Tengo una del Principito –platicó– y es la que más uso, pero el libro no me gusta, no me dice nada.” Algunas veces me pidió que le acompañara a tomar un taxi, y con el andar lento de quien aprende escuchando al sabio y de quien no le apremia nada, cruzamos la famosa Plaza Roja de la UAM, platicando de todo, de los libros y de la vida. Ahora, a un año de su muerte, recuerdo esas tardes en la UAM, y una voz en mi cabeza me pide seguir el consejo de “Nachito”: Esto tenía que contarlo.